25. febbraio 2012 · Write a comment · Categories: Clarín · Tags:

Don Robustiano Somoza, en cuanto asomaba Marzo, atribuía las enfermedades de sus clientes a la Primavera médica, de la que no tenía muy claro concepto; pero como su misión principal era consolar a los afligidos y solía satisfacerles esta explicación climatológica, el médico buen mozo no pensaba en buscar otra. La Primavera médica fue la que postró en cama, según don Robustiano, a la Regenta, que se acostó una noche de fines de Marzo con los dientes apretados sin querer, y la cabeza llena de fuegos artificiales. Al despertar al día siguiente, saliendo de sueños poblados de larvas, comprendió que tenía fiebre.

Quintanar estaba de caza en las marismas de Palomares; no volvería hasta las diez de la noche. Anselmo fue a llamar al médico y Petra se instaló a la cabecera de la cama, como un perro fiel. La cocinera, Servanda, iba y venía con tazas de tila, silenciosa, sin disimular su indiferencia; era nueva en la casa y venía del monte. Mucho tiempo hacía que Anita no había tenido uno de aquellos impulsos cariñosos de que solía ser objeto don Víctor, pero aquel día, a la tarde, sobre todo al obscurecer, lloró ocultando el rostro, pensando en el esposo ausente. «¡Cuánto deseaba su presencia! sólo él podría acompañarla en la soledad de enfermo que empezaba aquel día». En vano la Marquesa, Paco, Visitación y Ripamilán acudieron presurosos al tener noticia del mal; a todos los recibió afablemente, sonrió a todos, pero contaba los minutos que faltaban para las diez de la noche. «¡Su Quintanar! Aquél era el verdadero amigo, el padre, la madre, todo». La Marquesa estuvo poco tiempo junto a su amiga enferma; le tocó la frente y dijo que no era nada, que tenía razón Somoza, la primavera médica… y habló de zarzaparrilla y se despidió pronto. Paco admiraba en silencio la hermosura de Ana, cuya cabeza hundida en la blancura blanda de las almohadas le parecía «una joya en su estuche». Observó Visita que más que nunca se parecía entonces Ana a la Virgen de la Silla. La fiebre daba luz y lumbre a los ojos de la Regenta, y a su rostro rosas encarnadas; y en el sonreír parecía una santa. Paco pensó sin querer, «que estaba apetitosa». Se ofreció mucho, como su madre, y salió. En el pasillo dio un pellizco a Petra que traía un vaso de agua azucarada. Visita dejó la mantilla sobre el lecho de su amiga y se preparó a meterse en todo, sin hacer caso del gesto impertinente de Petra. «¿Quién se fiaba de criados? Afortunadamente estaba ella allí para todo lo que hiciera falta».

«Por lo demás, tu Quintanar del alma hemos de confesar que tiene sus cosas; ¿a quién se le ocurre irse de caza dejándote así?».

—Pero qué sabía él….

—¿Pues no te quejabas ya anoche?

—Ese Frígilis tiene la culpa de todo….

—Y quien anda con Frígilis se vuelve loco ni más ni menos que él. ¿No es ese Frígilis el que injertaba gallos ingleses?

—Sí, sí, él era.

—¿Y el que dice que nuestros abuelos eran monos? Valiente mono mal educado está él… pero, mujer, si ni siquiera viste de persona decente…. Yo nunca le he visto el cuello de la camisa… ni chistera

Somoza volvió a las ocho de la noche; a pesar de la primavera médica, no estaba tranquilo; miró la lengua a la enferma, le tomó el pulso, le mandó aplicar al sobaco un termómetro que sacó él del bolsillo, y contó los grados. Se puso el doctor como una cereza…. Miró a Visita con torvo ceño y echándose a adivinar exclamó con enojo:

—¡Estamos mal!… Aquí se ha hablado mucho…. Me la han aturdido, ¿verdad? ¡Como si lo viera… mucha gente, de fijo… mucha conversación!…

Entonces fue Visita quien sintió encendido el rostro. Somoza había adivinado. No sabía medicina, pero sabía con quién trataba. Recetó; censuró también a don Víctor por su intempestiva ausencia; dijo que un loco hacía ciento; que Frígilis sabía tanto de darwinismo como él de herrar moscas; dio dos palmaditas en la cara a la Regenta, complaciéndose en el contacto; y cerrando puertas con estrépito salió, no sin despedirse hasta mañana temprano, desde lejos.

Visitación, mientras sentada a los pies de la cama devoraba una buena ración de dulce de conserva, aseguraba con la boca llena que Somoza y la carabina de Ambrosio todo uno. La del Banco creía en la medicina casera y renegaba de los médicos. Dos veces la había sacado a ella de peligros puerperales una famosa matrona sin matrícula ni Dios que lo fundó: «Di tú que todo es farsa en este mundo. ¡Cómo decir que estás peor porque se ha procurado distraerte! ¡animal! ¡qué sabrá él lo que es una mujer nerviosa, de imaginación viva! De fijo que si no estoy yo aquí, te consumes todo el día pensando tristezas, y dándole vueltas a la idea de tu Quintanar ausente; ‘que por qué no estará aquí, que si es buen marido, que ya no es un niño para no reflexionar’… y qué sé yo; las cosas que se le ocurren a una en la soledad, estando mala y con motivo para quejarse de alguno».

Ana estudiaba el modo de oír a Visita sin enterarse de lo que decía, pensando en otra cosa, única manera de hacer soportable el tormento de su palique. A las diez y cuarto entró en la alcoba don Víctor, chorreando pájaros y arreos de caza, con grandes polainas y cinturón de cuero; detrás venía don Tomás Crespo, Frígilis, con sombrero gris arrugado, tapabocas de cuadros y zapatos blancos de triple suela. Quintanar dejó caer al suelo un impermeable, como Manrique arroja la capa en el primer acto del Trovador; y en cuanto tal hizo, saltó a los brazos de su mujer, llenándole de besos la frente, sin acordarse de que había testigos.

«¡Ay, sí! aquello era el padre, la madre, el hermano, la fortaleza dulce de la caricia conocida, el amparo espiritual del amor casero; no, no estaba sola en el mundo, su Quintanar era suyo». Eterna fidelidad le juró callando, en el beso largo, intenso con que pagó los del marido. El bigote de don Víctor parecía una escoba mojada; con la humedad que traía de las marismas roció la frente de su esposa; pero ella no sintió repugnancia, y vio oro y plata en aquellos pelos tiesos que parecían un cepillo de yerbas hechas ceniza por la raíz y tostadas por las puntas. También don Víctor opinó que «aquello no sería nada», pero de todos modos, lamentó en el alma no haber venido en el tren de las cuatro y media.

—Ya lo ves, Crespo, si hubiera obedecido a aquella corazonada. Sí, señora—añadió dirigiéndose a Visita—que lo diga este, no sé por qué se me figuró que debía volver más temprano a casa….

—Oh, sí, de eso esté usted seguro. Hay presentimientos—gritó la del Banco, que se disponía a narrar tres o cuatro adivinaciones suyas.

—Pero este tuvo la culpa…. Frígilis encogió los hombros y tomó el pulso a la enferma, que le apretó la mano, perdonándoselo todo. La verdad era que don Víctor había querido volver temprano… para no perder el teatro. Pero esto no se podía decir. Frígilis, en silencio, tuvo una vez más ocasión de negar la existencia de los avisos sobrenaturales.—Se había destocado y su cabello espeso, de color montaraz, cortado por igual, parecía una mata, una muestra de las breñas. Cerraba los ojos grises y arrugaba el entrecejo; le enojaba la luz, tropezaba con los muebles, olía al monte; traía pegada al cuerpo la niebla de las marismas y parecía rodeado de la obscuridad y la frescura del campo. Tenía algo de la fiera que cae en la trampa, del murciélago que entra por su mal en vivienda humana llamado por la luz…. Y cerca de Ana nerviosa, aprensiva, febril, semejaba el símbolo de la salud queriendo contagiar con sus emanaciones a la enferma.

Cuando quedaron solos marido y mujer, después de conseguir, no sin trabajo, que Visita renunciara a sacrificarse quedándose a velar a su amiga, Ana volvió a solicitar los brazos del esposo y le dijo con voz en que temblaba el llanto:

—No te acuestes todavía, estoy muy asustadiza, te necesito, estáte aquí, por Dios, Quintanar….

—Sí, hija, sí, pues no faltaba más…—Y solícito, cariñoso le ceñía el embozo de las sábanas a la espalda sonrosada, de raso, que él no miraba siquiera. Pero la Regenta notó luego que su marido estaba preocupado.

—¿Qué tienes? ¿Tienes aprensión? Crees que estoy peor de lo que dicen… y quieres disimular….

—No, hija, no… por amor de Dios… no es eso….

—Sí, sí; te lo conozco yo; pues no temas, no; yo te aseguro que esto pasará; lo conozco yo; ya sabes cómo soy, parece que me amaga una enfermedad… y después no es nada…. Ahora, sí, estoy muy nerviosa, se me figura a lo mejor que me abandona el mundo, que me quedo sola, sola… y te necesito a ti… pero esto pasa, esto es nervioso….

—Sí, hija, claro, nervioso. Y sin poder contenerse se levantó diciendo:

—Vida mía, soy contigo. Y salió por la puerta de escape.

—A ver—gritó en el pasillo—; Petra, Servanda, Anselmo, cualquiera… ¿se llevó la perdiz don Tomás?

Anselmo registró las aves muertas, depositadas en la cocina, y contestó desde lejos:

—¡Sí, señor; aquí no hay perdices!

—¡Ira de Dios! ¡Pardiez! ¡Malhaya! ¡Siempre el mismo! Si es mía, si la maté yo… si estoy seguro de que fue mi tiro…. ¡Es lo más vanidoso!… ¡Anselmo! oye esto que digo: mañana al ser de día, ¿entiendes? te personas en casa de don Tomás, y le pides de mi parte, con la mayor energía y seriedad, la perdiz, esté como esté, ¿entiendes? y que no es broma, y aunque esté pelada, que quiero que me la restituya… Suum cuique. Ana oyó los gritos y se apresuró a perdonar aquella debilidad inocente de su esposo. «Todos los cazadores son así», pensó con la benevolencia de la fiebre incipiente.

Volvió don Víctor y la sonrisa dulce, cristiana de su esposa, le restituyó la calma, ya que la perdiz no podía.

Hasta la una y media no concilió el sueño su mujer, y entonces y sólo entonces, pudo don Víctor disponerse a dormir.

Una vez en mangas de camisa ante su lecho, consideró que era un contratiempo serio la enfermedad de su queridísima Ana. «Él no estaba alarmado, bien lo sabía Dios; no había peligro; si lo hubiese lo conocería en el susto, en el dolor que le estaría atormentando; no había susto, no había dolor, luego no había peligro. Pero había contratiempo; por de pronto, adiós teatro para muchos días, y aunque se trataba ahora de una compañía de zarzuela, que era un género híbrido, sin embargo, él confesaba que empezaba a saborear las bellezas suaves y sencillas de la zarzuela seria, y había encontrado noches pasadas cierto color local en Marina, y sabor de época en El Dominó Azul, sin contar con los amores contrarios del Juramento, que eran cosa delicada. Pero ¿y la expedición con el Gobernador de la provincia, para inaugurar el ferrocarril económico de Occidente? ¿Y las partidas de dominó con el Ingeniero jefe en el Casino? ¿Y los paseos largos que necesitaba para hacer bien la digestión?». La idea de no salir de casa en muchos días, le aterraba…. Se acostó de muy mal humor. Apagó la luz. La obscuridad le sugirió un remordimiento. «Era un egoísta, no pensaba en su pobrecita mujer, sino en su comodidad, en sus caprichos». Y, como en desagravio, para engañarse a sí propio, suspiró con fuerza y exclamó en voz alta:

—¡Pobrecita de mi alma! Y se durmió satisfecho. Despertó con la cabeza llena de proyectos, como solía; pero de repente pensó en Ana, en la fiebre y se llenó su alma de tristeza cobarde…. «¡Sabe Dios lo que sería aquello!». La botica, los jaropes que él aborrecía, el miedo a equivocar las dosis, el pavor que le inspiraban las medicinas verdosas, creyendo que podían ser veneno (para don Víctor el veneno, a pesar de sus estudios físico-químicos, siempre era verde o amarillo), las equivocaciones y torpezas de las criadas, las horas de hastío y silencio al pie del lecho de la enferma, las inquietudes naturales, el estar pendiente de las palabras de Somoza, el hablar con todos los que quisieran enterarse de la misma cosa, de los grados de la enfermedad… todas estas incomodidades se aglomeraron en la imaginación de don Víctor, que escupió bilis repetidas veces, y se levantó lleno de lástima de sí mismo. Fue a la alcoba de su mujer y se olvidó de repente de todo aquello: Ana estaba mal, había delirado; no habían querido despertarle, pero la señora había pasado una noche terrible según Petra, que había velado.

Somoza llegó a las ocho.—¿Qué es? ¿qué tiene? ¿hay gravedad?

Don Víctor con las manos cruzadas, apretadas, convulso, preguntaba estas cosas delante de la enferma, que aunque aletargada, oía.

El médico no contestó. Recetó y salió al gabinete.

—¿Qué hay? ¿qué hay?—repetía allí Quintanar con voz trémula y muy bajo—… ¿Qué hay?

Don Robustiano le miró con desprecio, con odio y con indignación…

«¡Qué hay! ¡qué hay! eso pronto se pregunta»; don Robustiano no sabía lo que iba a hacer, pero parecía algo gordo por las señas; esto pensó, pero dijo:

—Hay… que andar en un pie, tener mucho cuidado, no dejarla en poder de criadas, ni de Visitación, que la aturde con su cháchara…; eso hay.

—Pero ¿es cosa grave, es cosa grave?

—Ps… es y no es. No, no es grave; la ciencia no puede decir que es grave… ni puede negarlo. Pero hijo, usted no entiende de esto…. ¿Se trata de una hepatitis? puede… tal vez hay gastroenteritis… tal vez… pero hay fenómenos reflejos que engañan….

—¿De modo que no son los nervios? ¿Ni la primavera médica?…

—Hombre, los nervios siempre andan en el ajo… y la primavera… la sangre… la savia nueva… es claro… todo influye… pero usted no puede entender esto….

—No, señor, no puedo. En mis ratos de ocio he leído libros de medicina, conozco el Jaccoud… pero semejante lectura me daba ganas de… vamos, sentía náuseas y se me figuraba oír la sangre circular, y creía que era así… una cosa como el depósito del Lozoya, con canales, compuertas en el corazón….

—Bueno, bueno; por mí no disparate usted más. Hasta la tarde; si hay novedad, avisar. Ah, y no echarle encima demasiada ropa, ni dejar… que entre Visitación… que la aturde. ¡La ciencia prohíbe terminantemente que esa señora protectora de comadronas parteras meta aquí la pata!…

Cuatro días después, don Robustiano mandaba en su lugar a un médico joven, su protegido; creía llegado el caso de inhibirse; ya se sabía, él no podía asistir a las personas muy queridas cuando llegaban a cierto estado….

El sustituto era un muchacho inteligente, muy estudioso. Declaró que la enfermedad no era grave, pero sí larga, y de convalecencia penosa. No le gustaba usar los nombres vulgares y poco exactos de las enfermedades, y empleaba los técnicos si le apuraban, no por ridícula pedantería, sino por salir con su gusto de no enterar a los profanos de lo que no importa que sepan, y en rigor no pueden saber. Ello fue que Anita creyó que se moría, y padeció aún más que en el tiempo del mayor peligro, cuando empezaron a decirle que estaba mejor. Al saber que había pasado seis días en aquella torpeza con intervalos de exaltación y delirio, extrañó mucho que se le hubiese hecho tan corto aquel largo martirio.

La debilidad la tenía aún más que rendida, exaltada y vidriosa. Todo lo veía de un color amarillento pálido; entre los objetos y ella, flotaban infinitos puntos y circulillos de aire, como burbujas a veces, como polvo y como telarañas muy sutiles otras: si dejaba los brazos tendidos sobre el embozo de su lecho y miraba las manos flacas, surcadas por haces de azul sobre fondo blanco mate, creía de repente que aquellos dedos no eran suyos, que el moverlos no dependía de su voluntad, y el decidirse a querer ocultar las manos, le costaba gran esfuerzo. Sus mayores congojas eran el tomar el primer alimento: unos caldos insípidos, desabridos, que don Víctor enfriaba a soplos, soplando con fe y perseverancia, dando a entender su celo y su cariño en aquel modo de soplar. El ideal del caldo, según Quintanar, nunca lo realizaban las criadas de Vetusta. De esto hablaba él, mientras Ana sentía sudores mortales que parecían sacarle de la piel la última fuerza, y hasta el ánimo de vivir. Cerraba los ojos, y dejaba de sentirse por fuera y por dentro; a veces se le escapaba la conciencia de su unidad, empezaba a verse repartida en mil, y el horror dominándola producía una reacción de energía suficiente a volverla a su yo, como a un puerto seguro; al recobrar esta conciencia de sí, se sentía padeciendo mucho, pero casi gozaba con tal dolor, que al fin era la vida, prueba de que ella era quien era. Si don Víctor hablaba a su lado, sin querer Ana seguía entonces el pensamiento de su esposo, y contra su deseo, la atención se fijaba en los juicios de Quintanar, y la inteligencia les aplicaba rigorosa crítica, un análisis sutil y doloroso para la enferma, que al pulverizar a pesar suyo las sinrazones del marido, padecía tormento indescriptible, en el cerebro según ella.

Veía al médico muy preocupado con el tronco y sin pensar en los dolores inefables que ella sentía en lo más suyo, en algo que sería cuerpo, pero que parecía alma, según era íntimo. Todos los días había que palpar el vientre y hacer preguntas relativas a las funciones más humildes de la vida animal; don Víctor, que no se fiaba de su memoria, siempre reloj en mano, llevaba en un cuaderno un registro en que asentaba con pulcras abreviaturas y con estilo gongorino, lo que al médico importaba saber de estos pormenores.

Mientras duró el temor de la gravedad, el amante esposo no pensó más que en la enferma y cumplió como bueno; si era a veces importuno, descuidado, o poco hábil, era sin conciencia. Después empezó a aburrirse, a echar de menos la vida ordinaria, y exageraba al decir las horas que pasaba en vela. Para resistir mejor su cruz, decidió tomarle afición al oficio de enfermero y lo consiguió: llegó a ser para él tan divertido como hacer pórticos ojivales de marquetería, el preparar menjurjes y pintarle el cuerpo a su mujer con yodo; soplar y limpiar caldos y consultar el reloj para contar los minutos y hasta los segundos; operación en que llegó a poner una exactitud que impacientaba a Petra y a Servanda. Esperaba con afán la visita del médico, primero para hacerse decir veinte veces que Ana iba mejor, mucho mejor, y además, para gozar con la conversación alegre, ajena a todas las enfermedades del mundo, que seguía a la parte facultativa de la visita. El sustituto de Somoza no era hablador, pero se divertía oyendo a Quintanar, y este llegó a profesar gran cariño a Benítez, que así se llamaba. El contraste de los cuidados vulgares, insignificantes; de la alcoba estrecha y llena de una atmósfera pesada; de la vida monótona de casa, con los grandes intereses de la Europa, la guerra de Rusia, el aire libre, la última zarzuela, encantaba a don Víctor, que llevaba la conversación a cosas frescas, grandes y de muchos accidentes. También le gustaba discutir con Benítez y sondearle, como él decía. Uno de los problemas que más preocupaban al amo de la casa, era el de la pluralidad de los mundos habitados. Él creía que sí, que había habitantes en todos los astros, la generosidad de Dios lo exigía; y citaba a Flammarión, y las cartas de Feijóo y la opinión de un obispo inglés, cuyo nombre no recordaba «Mister no sé cuántos», porque para él todos los ingleses eran Mister.

Desde que el médico declaró que la mejoría, aunque lenta, sería continua probablemente, Quintanar, muy contento, no permitió que se dudase de aquella no interrumpida marcha en busca de la salud. Su egoísmo candoroso, pero fuerte, estaba cansado de pensar en los demás, de olvidarse a sí mismo, no quería más tiempo de servidumbre, y si Ana se quejaba, su marido torcía el gesto, y hasta llegó a hablar con voz agridulce de la paciencia y de la formalidad.

—No seamos niños, Ana; tú estás mejor, eso que tienes es efecto de la debilidad… no pienses en ello… es aprensión; la aprensión hace más víctimas que el mal. Y repetía infaliblemente la parábola del cólera y la aprensión.

La idea de una recaída, de un estancamiento siquiera, le parecía subversiva, una maquinación contra su reposo. «Él no era de piedra. No podría resistir…».

Ya no tenía compasión de la enferma; ya no había allí más que nervios… y empezó a pensar en sí mismo exclusivamente. Entraba y salía a cada momento en la alcoba de Ana; casi nunca se sentaba, y hasta llegó a fastidiarle el registro de medicinas y demás pormenores íntimos. El médico tuvo que entenderse con Petra. Quintanar inventaba sofismas y hasta mentiras para estar fuera, en su despacho, en el Parque. «¡Qué gran cosa eran el Arte y la Naturaleza! En rigor todo era uno, Dios el autor de todo». Y respiraba don Víctor las auras de abril con placer voluptuoso, tragando aire a dos carrillos. Volvió a componer sus maquinillas, soñó con nuevos inventos, y envidió a Frígilis la aclimatación del Eucaliptus globulus en Vetusta.

La Regenta notó la ausencia de su marido; la dejaba sola horas y horas que a él le parecían minutos. Cuando las congojas la anegaban en mares de tristeza, que parecían sin orillas, cuando se sentía como aislada del mundo, abandonada sin remedio, ya no llamaba a Quintanar, aunque era el único ser vivo de quien entonces se acordaba; prefería dejarle tranquilo allá fuera, porque si venía le hacía daño con aquel desdén gárrulo y absurdo de los padecimientos nerviosos.

Una tarde de color de plomo, más triste por ser de primavera y parecer de invierno, la Regenta, incorporada en el lecho, entre murallas de almohadas, sola, obscuro ya el fondo de la alcoba, donde tomaban posturas trágicas abrigos de ella y unos pantalones que don Víctor dejara allí; sin fe en el médico creyendo en no sabía qué mal incurable que no comprendían los doctores de Vetusta, tuvo de repente, como un amargor del cerebro, esta idea: «Estoy sola en el mundo». Y el mundo era plomizo, amarillento o negro según las horas, según los días; el mundo era un rumor triste, lejano, apagado, donde había canciones de niñas, monótonas, sin sentido; estrépito de ruedas que hacen temblar los cristales, rechinar las piedras y que se pierde a lo lejos como el gruñir de las olas rencorosas; el mundo era una contradanza del sol dando vueltas muy rápidas alrededor de la tierra, y esto eran los días; nada. Las gentes entraban y salían en su alcoba como en el escenario de un teatro, hablaban allí con afectado interés y pensaban en lo de fuera: su realidad era otra, aquello la máscara. «Nadie amaba a nadie. Así era el mundo y ella estaba sola». Miró a su cuerpo y le pareció tierra. «Era cómplice de los otros, también se escapaba en cuanto podía; se parecía más al mundo que a ella, era más del mundo que de ella». «Yo soy mi alma», dijo entre dientes, y soltando las sábanas que sus manos oprimían, resbaló en el lecho, y quedó supina mientras el muro de almohadas se desmoronaba. Lloró con los ojos cerrados. La vida volvía entre aquellas olas de lágrimas. Oyó la campana de un reloj de la casa. Era la hora de una medicina. Era aquella tarde el encargado de dársela Quintanar y no aparecía. Ana esperó. No quiso llamar y se inclinó hacia la mesilla de noche. Sobre un libro de pasta verde estaba un vaso. Lo tomó y bebió. Entonces leyó distraída en el lomo del libro voluminoso: Obras de Santa Teresa. I.

Se estremeció, tuvo un terror vago; acudió de repente a su memoria aquella tarde de la lectura de San Agustín en la glorieta de su huerto, en Loreto, cuando era niña, y creyó oír voces sobrenaturales que estallaban en su cerebro; ahora no tenía la cándida fe de entonces. «Era una casualidad, pura casualidad la presencia de aquel libro místico coincidiendo con los pensamientos de abandono que la entristecían, y despertando ideas de piedad, con fuerte impulso, con calor del alma, serias, profundas, no impuestas, sino como reveladas y acogidas al punto con abrazos del deseo…. Pero no importaba, fuera o no aviso del cielo, ella tomaba la lección, aprovechaba la coincidencia, entendía el sentido profundo del azar. ¿No se quejaba de que estaba sola, no había caído como desvanecida por la idea del abandono?… Pues allí estaban aquellas letras doradas: Obras de Santa Teresa. I. ¡Cuánta elocuencia en un letrero! «¡Estás sola! pues ¿y Dios?».

El pensamiento de Dios fue entonces como una brasa metida en el corazón; todo ardió allí dentro en piedad; y Ana, con irresistible ímpetu de fe ostensible, viva, material, fortísima, se puso de rodillas sobre el lecho, toda blanca; y ciega por el llanto, las manos juntas temblando sobre la cabeza, balbuciente, exclamó con voz de niña enferma y amorosa:

—¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Señor! ¡Señor! ¡Dios de mi alma!

Sintió escalofríos y ondas de mareo que subían al cerebro; se apoyó en el frío estuco, y cayó sin sentido sobre la colcha de damasco rojo.

A pesar de la prohibición de don Víctor, vino el retroceso, recayó la enferma, y se volvió a los sustos, a los apuros, a las noches en vela; el médico volvió a ser un oráculo, los pormenores de alcoba negocios arduos, el reloj un dictador lacónico.

Ana tuvo aquellas noches sueños horribles. Al amanecer, cuando la luz pálida y cobarde se arrastraba por el suelo, después de entrar laminada por los intersticios del balcón, despertaba sofocada por aquellas visiones, como náufrago que sale a la orilla…. Parecíale sentir todavía el roce de los fantasmas groseros y cínicos, cubiertos de peste; oler hediondas emanaciones de sus podredumbres, respirar en la atmósfera fría, casi viscosa, de los subterráneos en que el delirio la aprisionaba. Andrajosos vestiglos amenazándola con el contacto de sus llagas purulentas, la obligaban, entre carcajadas, a pasar una y cien veces por angosto agujero abierto en el suelo, donde su cuerpo no cabía sin darle tormento. Entonces creía morir. Una noche la Regenta reconoció en aquel subterráneo las catacumbas, según las descripciones románticas de Chateaubriand y Wisseman; pero en vez de vírgenes de blanca túnica, vagaban por las galerías húmedas, angostas y aplastadas, larvas, asquerosas, descarnadas, cubiertas de casullas de oro, capas pluviales y manteos que al tocarlos eran como alas de murciélago. Ana corría, corría sin poder avanzar cuanto anhelaba, buscando el agujero angosto, queriendo antes destrozar en él sus carnes que sufrir el olor y el contacto de las asquerosas carátulas; pero al llegar a la salida, unos la pedían besos, otros oro, y ella ocultaba el rostro y repartía monedas de plata y cobre, mientras oía cantar responsos a carcajadas y le salpicaba el rostro el agua sucia de los hisopos que bebían en los charcos.

Cuando despertó se sintió anegada en sudor frío y tuvo asco de su propio cuerpo y aprensión de que su lecho olía como el fétido humor de los hisopos de la pesadilla…

«¿Iría a morir? ¿Eran aquellos sueños repugnantes emanaciones de la sepultura, el sabor anticipado de la tierra? ¿Y aquellos subterráneos y sus larvas eran imitación del infierno? ¡El infierno! Nunca había pensado en él despacio; era una de tantas creencias irreflexivas en ella como en los más de los fieles; creía en el Infierno como en todo lo que mandaba creer la Iglesia, porque siempre que su pensamiento se había revelado, ella lo había sometido con acto de pretendida fe, había dicho «creo a ciegas», tomando las palabras y la resolución de creer por la creencia. Pero otra cosa era en esta ocasión: el Infierno ya no era un dogma englobado en otros: ella había sentido su olor, su sabor… y comprendía que antes, en rigor, no creía en el Infierno. Sí, sí, era material o lo parecía, ¿por qué no? ¡Qué vana se le antojaba ahora a la Regenta la filosofía superficial del optimismo bullanguero, del espiritualismo abstracto, bonachón, sin sentido de la realidad triste del mundo! ¡Había infierno! Era así… la podredumbre de la materia para los espíritus podridos…. Y ella había pecado, sí, sí, había pecado. ¡Qué diferentes criterios el que ahora aplicaba a sus culpas, y el que el mundo solía tener y con el cual ella se había absuelto de ciertas ligerezas que ya le pesaban como plomo!». Y recordaba máximas y aforismos religiosos que había oído al Magistral, sin penetrar su terrible severidad, aquel sentido lúgubre y hondo que no parecían tener en los labios finos, suaves, llenos de silbantes sonidos del pulquérrimo canónigo.

Ya había subido el sol gran trecho del cielo, ya calentaba la mañana con tibias caricias de un Abril de Vetusta; en la casa creían postrada o dormida a la Regenta y no abrían las maderas del balcón, ni interrumpían el descanso de la enferma. Ana sentía el día en el melancólico regalo que su mismo lecho, tantas veces aborrecido, le prestaba en aquellas horas de la mañana de primavera; otra vez volvía la vida a moverse en aquel cuerpo mustio, asolado, como campo de batalla; la vida iba avanzando por aquel terreno de su victoria, dudosa de ella todavía. El cerebro recobraba los dominios de la lógica, su salud; la memoria, firme, no era ya un tormento ni se mezclaba con visiones y disparates.

Ana, contenta de que la dejasen sola, de que la creyesen dormida o en sopor, repasaba en su conciencia aquellos pecados de que quería acusarse; era relator la memoria, fiscal la imaginación, y poco a poco, según las olas de salud subían en su marea, la enferma, perdido el terror con que despertara, oía la acusación con dulce curiosidad creciente; la idea del infierno se desvanecía, como mueren las vibraciones de una placa, lejos ya de las sensaciones de asco y terror; aquellas culpas recordadas, que eran la vida, la realidad ordinaria, pasaban por el cerebro de Ana como un alimento, daban calor, fuerza al ánimo, y, sin que el remordimiento se extinguiera, el relato adquiría más y más interés.

Pasaron entonces por el recuerdo todos los días que siguieron al entumecimiento del rigoroso temporal, cuando el espíritu de Ana había dejado aquella especie de vida de culebra invernante. Recordó la romería de San Blas, en la carretera de la Fábrica Vieja; aquella tarde de sol que era una fiesta del cielo; la torre de la catedral allá arriba, como en la cúspide de un monumento, encaje de piedra obscura sobre fondo de naranja y de violeta de un cielo suave, listado, de nubes largas, estrechas, ondeadas, quietas sobre el abismo, como esperando a que se acostara el sol para cerrar el horizonte…. Sin saber cómo, San Blas anunciaba la primavera; Ana esperaba ya aquellos días en que, con largos intervalos de mal tiempo, aparece un poco de luz que arranca vibraciones de alegría y resplandor al verde dormido de los campos vetustenses; aquellos días que son algo mejor que Abril y Mayo; su esperanza. Las ideas tristes habían volado como pájaros de invierno, Ana se había visto en el paseo de San Blas rodeada del mundo, agasajada, y a su lado iba don Álvaro Mesía, enamorado, triste de tanto amor, resignado, cariñoso sin interés, suave y tierno, sin esperanza. Algo así como el mismo encanto del día; en rigor, el invierno, nada, pero en la tranquilidad y tibia y vaga alegría del ambiente, una delicia que saboreaba con inefable gozo la Regenta.

Así don Álvaro; no sería jamás suya, eso no; ese verano ardiente no vendría, ni siquiera le consentiría hablarle claro, insistir en sus pretensiones; pero tenerle a su lado, sentirle quererla, adorarla, eso sí: era dulce, era suave, era un placer tranquilo, profundo…. Ella le miraba con llamaradas que apagaba al brotar de los ojos, le sonreía como una diosa que admite el holocausto, pero una diosa humilde, maternal, llena de caridad y de gracia, sino de amor de fuego. Tal había sido el paseo de San Blas.

Desde aquella tarde Mesía había recobrado parte de sus esperanzas; creyó otra vez en la influencia del físico y se propuso estar al lado de Ana la mayor cantidad de tiempo posible. Era una villanía, pero recurrió a la ciega amistad de don Víctor. En el Casino se sentaba a su lado, tenía la paciencia de verle jugar al dominó o al ajedrez, y terminada la partida le cogía del brazo, y, como solía llover, paseaban por el salón largo, el de baile, obscuro, triste, resonante bajo las pisadas de las cinco o seis parejas que lo medían de arriba abajo a grandes pasos, que tenían por el furor de los tacones, algo de protesta contra el mal tiempo. Veterano del Casino había que llevaba andado en aquel salón camino suficiente para llegar a la luna. Paseaban los dos amigos, y Mesía iba entrando, entrando por el alma del jubilado regente y tomando posesión de todos sus rincones.

Don Víctor llegó a creer que a Mesía ya no le importaban en el mundo más negocios que los de él, los de Quintanar, y sin miedo de aburrirle, tardes enteras le tenía amarrado a su brazo, dando vueltas por las tablas temblonas del salón, parándose a cada pasaje interesante del relato o siempre que había una duda que consultar con el amigo. Don Álvaro sufría el tormento pensando en la venganza. Mucho tiempo se había resistido su delicadeza, o lo que fuese, a emprender aquel camino subterráneo y traidor, pero ya no podía menos. Además «¡qué diablo! mayores bellaquerías había en la historia de sus aventuras».

Don Víctor se paraba, soltaba el brazo del confidente, levantaba la cabeza para mirarle cara a cara, y decía, por ejemplo:

—Mire usted, aquí en el secreto de la… pues… contando con el sigilo de usted…. Frígilis tiene también sus defectos. Yo le quiero más que un hermano, eso sí, pero él… él me tiene en poco… créalo usted…. No me lo niegue usted, es inútil, yo le conozco mejor: me tiene en poco, se cree muy superior. Yo no le niego ciertas ventajas. Sabe más arboricultura, conoce mejor los cazaderos, es más constante que yo en el trabajo… pero ¡tirar mejor que yo! ¡hombre por Dios! ¿Y el talento mecánico? Él es torpe de dedos y tardo de ingenio.—Y don Víctor, parándose otra vez, casi al oído de don Álvaro añadía—: Diré la palabra: ¡un rutinario!

Quintanar era inagotable en el capítulo de las quejas y de la envidia pequeña, al pormenor, cuando se trataba de su amigo íntimo, de su Frígilis; se sentía dominado por él y desahogaba la colerilla sorda, cobarde, bonachona en el fondo, en estas confidencias; Mesía era una especie de rival de Frígilis que asomaba; don Víctor encontraba cierta satisfacción maligna en la infidelidad incipiente.

Don Álvaro callaba y oía. Sólo cuando trataba don Víctor de su buena puntería se quedaba un poco preocupado. Le parecía imposible que se pudiera hablar tanto de un hombre tan insignificante como don Tomás Crespo, a quien él creía loco de nacimiento.

Anochecía, seguía lloviendo, los mozos de servicio encendían dos o tres luces de gas en el salón, y Quintanar conocía por esta seña y por el cansancio, que le arrancaba sudor copioso, que había hablado mucho; sentía entonces remordimientos, se apiadaba de Mesía, le agradecía en el alma su silencio y atención, y le invitaba muchas veces a tomar un vaso de cerveza alemana en su casa.

La frase era:—¿Vamos a la Rinconada? Mesía, callando, seguía a don Víctor.

Una intuición singular le decía al ex-regente que pagaba bien al amigo su atención llevándoselo a casa. ¿Por qué don Álvaro había de tener gusto en seguirle? Si se lo hubieran preguntado a Quintanar, no hubiese podido responder. Pero se lo daba el corazón; lo había observado, sin fijarse en la observación: a Mesía le gustaba entrar en la casa de la Rinconada.

Solía llevarle al despacho, a su museo como él decía; allí le explicaba el mecanismo de aquellos intrincados maderos y resortes y, convencido de la ignorancia de su amigo, le engañaba sin conciencia. Lo que no consentía don Álvaro era que se pasase revista a las colecciones de yerbas y de insectos: le mareaba el fijar sucesiva y rápidamente la atención en tantas cosas inútiles.—El único bicho que le era simpático a don Álvaro era un pavo real disecado por Frígilis y su amigo.—Solía acariciarle la pechuga, mientras Quintanar disertaba:

—Bueno—decía don Víctor—pues pasaremos a mi gabinete, ya que usted desprecia mis colecciones.—Anselmo, la cerveza al gabinete.

El gabinete era otro museo: estaban allí las armas y la indumentaria. Una panoplia antigua completa, otras dos modernas muy brillantes y bordadas; escopetas, pistolas y trabucos de todas épocas y tamaños llenaban las paredes y los rincones. En arcas y armarios guardaba don Víctor con el cariño de un coleccionador los trajes de aficionado que había lucido en mejores tiempos. Si se entusiasmaba hablando de sus marchitos laureles, abría las arcas, abría los armarios, y seda, galones y plumas, abalorios y cintajos en mezcla de colores chillones saltaban a la alfombra, y en aquel mar de recuerdos de trapo perdía la cabeza Quintanar. En una caja de latón, entre yerba, guardaba como oro en paño, un objeto, que a primera vista se le antojó a Mesía una serpiente; en efecto, yacía enroscado y era verdinegro el bulto…. No había que temer… don Víctor domaba fieras; aquello era la cadena que él había arrastrado representando el Segismundo de La vida es sueño, en el primer acto.

—Mire usted, amigo mío, a usted puedo decírselo; no es inmodestia; reconozco, ¿cómo no? la superioridad de Perales en el teatro antiguo, su Segismundo es una revelación, concedo, revela mejor que el mío la filosofía del drama, pero… no me gustaba su modo de arrastrar la cadena; parecía un perro con maza; yo la manejaba con mucha mayor verosimilitud y naturalidad; arrastraba la cadena, créame usted, como si no hubiese arrastrado otra cosa en mi vida. Tanto, que una noche, en Calatayud, me arrojaron todo ese hierro al escenario, como símbolo de mi habilidad. Por poco se hunde el tablado. Guardo esa cadena como el mejor recuerdo de mi efímera vida artística.

Mesía esperaba la presencia de Ana y así podía resistir la conversación de su amigo, pero muchas veces la Regenta no parecía por el gabinete de su marido, y el galán tenía que contentarse con el bock de cerveza y el teatro de Calderón y Lope.

Pero ya estaba en casa. Poco a poco fue atreviéndose a ir a cualquier hora y Ana, sin sentirlo, se lo encontró a su lado como un objeto familiar. Iba siendo Mesía al caserón lo que Frígilis a la huerta.

Aquel procedimiento rastrero, de villano, debió irritarla, pero no la irritó; tuvo que confesar que no despreciaba ni aborrecía a don Álvaro, a pesar de que sus intenciones eran torcidas, miserables; quería abusar de la confianza de don Víctor. «Pero ¿y si no quería? ¿Si se contentaba con estar cerca de ella, con verla y hablarla a menudo y tenerla por amiga? Veríamos. Si él se propasaba, estaba segura de resistir y hasta valor sentía para echarle en cara su crimen, su bajeza y arrojarle de casa».

Pasaron días y Ana cada vez estaba más tranquila. «No, no se propasaba; no hacía más que admirarla, amarla en silencio. Ni una palabra peligrosa, ni gesto atrevido; nada de acechar ocasiones, nada de buscar escenas; una honradez cabal; el amor que respeta la honra, la pasión que se alimenta de ver y respirar el ambiente que rodea al ser amado. El placer que ella sentía, también tenía que confesárselo, era el más intenso que había saboreado en su vida. Poco decir era por que ¡había gozado tan poco!». Al sentir cerca de sí a don Álvaro, segura de que no había peligro, respiraba con delicia, dejaba el espíritu en una somnolencia moral que la tenía bajo los efectos del opio. Comparaba ella la situación a la aventura de flotar sobre mansa corriente perezosa, sombría, a la hora de la siesta; el agua va al abismo, el cuerpo flota… pero hay la seguridad de salir de la corriente cuando el peligro se acerque; basta con un esfuerzo, dos golpes de los brazos y se está fuera, en la orilla…. Ya sabía Ana en sus adentros que aquello no estaba bien, por que ella no podía responder de la prudencia de don Álvaro. «Pero, ¿no estaba segura de sí misma? sí ¡pues entonces! ¿por qué no dejarle venir a casa, contemplarla, mostrar los cuidados de una madre, la fidelidad de un perro?». «Además, quien mandaba en casa era su marido, no era ella. ¿Buscaba ella a Mesía? No. ¿Mandaba ella a Quintanar que le trajese? No. Pues bastaba. Obrar de otro modo hubiera sido alarmar al esposo sin motivo, infundir sospechas sin fundamento, tal vez robar a don Víctor para siempre la paz del alma. Lo mejor era callar, estar alerta, y… gozar la tibia llama de la pasión de soslayo; que con ser poco tal calor era la más viva hoguera a que ella se había arrimado en su vida».

«Y al Magistral no se le decía nada de esto. ¿Para qué? No había pecado. Había ocasión, pero no se buscaba». Además, Ana, puesto que defendía su virtud, creía prudente ocultar todo lo que fueran personalidades al confesor. «Si crecía el peligro, hablaría. Mientras tanto, no».

Entonces fue cuando el Provisor vio con su catalejo, desde el campanario de la catedral, los preparativos de una expedición al campo en la que acompañaban a la Regenta Mesía, Frígilis y Quintanar. No fue aquella sola; muchas veces, en cuanto veía un rayo de sol, a don Víctor se le antojaba aprovechar el buen tiempo y echar una cana al aire en los ventorrillos de la carretera de Castilla o en los de Vistalegre, en compañía de las personas que más quería en Vetusta, a saber: su cara esposa, Frígilis… y don Álvaro. El pobre Ripamilán era invitado, pero decía que si no le llevaban en coche…. «El espíritu no faltaba, pero los huesos no tienen espíritu».

Se comía, allá arriba, lo que salía al paso, lo que daban los pasmados venteros: chorizos tostados, chorreando sangre, unas migas, huevos fritos, cualquier cosa; el pan era duro, ¡mejor! el vino malo, sabía a la pez, ¡mejor! esto le gustaba a Quintanar: y en tal gusto coincidía con su esposa, amiga también de estas meriendas aventuradas, en las que encontraba un condimento picante que despertaba el hambre y la alegría infantil. En aquellos altozanos se respiraba el aire como cosa nueva; se calentaban a los rayos del sol con voluptuosa pereza, como si el sol de Vetusta, de allá abajo, fuera menos benéfico. Notaba Ana que en aquella altura, en aquel escenario, mitad pastoril, mitad de novela picaresca, entre arrieros, maritornes y señores de castillos, a lo don Quijote, se despertaba en ella el instinto del arte plástico y el sentido de la observación; reparaba las siluetas de árboles, gallinas, patos, cerdos, y se fijaba en las líneas que pedían el lápiz, veía más matices en los colores, descubría grupos artísticos, combinaciones de composición sabia y armónica, y, en suma, se le revelaba la naturaleza como poeta y pintor en todo lo que veía y oía, en la respuesta aguda de una aldeana o de un zafio gañán, en los episodios de la vida del corral, en los grupos de las nubes, en la melancolía de una mula cansada y cubierta de polvo, en la sombra de un árbol, en los reflejos de un charco, y sobre todo en el ritmo recóndito de los fenómenos, divisibles a lo infinito, sucediéndose, coincidiendo, formando la trama dramática del tiempo con una armonía superior a nuestras facultades perceptivas, que más se adivina que de ella se da testimonio. Este nuevo sentido de que tenía conciencia Ana en estas expediciones a los ventorrillos altos de Vistalegre, camino de Corfín, le inundaba de visiones el cerebro y la sumía en dulce inercia en que hasta el imaginar acababa por ser una fatiga. Entonces la sacaban de sus éxtasis naturalistas una atención delicada de Mesía o una salida de buen humor intempestivo de Quintanar. Don Víctor creía que en el campo, sobre todo si se merienda, no se debe hacer más que locuras; y, por supuesto, era según él indispensable que alguien se disfrazase cambiando, por lo menos, de sombrero. Él solía en tales ocasiones buscar un aldeano que usara la antigua montera del país; se la pedía en préstamo y se presentaba cubierto con aquel trapo de pana negra al respetable concurso. Se reían por complacerle. Se merendaba casi siempre al aire libre, contemplando allá abajo el caserío parduzco de Vetusta; la catedral parecía desde allí hundida en un pozo, y muy chiquita; esbelta, pero como un juguete; detrás el humo de las fábricas en la barriada de los obreros en el campo del Sol, y más allá los campos de maíz, ahora verdes con el alcacer, los prados, los bosques de castaños y robles… las colinas de un verde obscuro y la niebla, por fin, confundiéndose con los picachos de los puertos lejanos. Se filosofaba mientras se comía, tal vez con los dedos, salchichón o chorizos mal tostados, queso duro, o tortillas de jamón, lo que fuese; se hablaba al descuido, lentamente, pensando en cosas más hondas que las que se decía, con los ojos clavados en la lontananza, detrás de la cual se vela el recuerdo, lo desconocido, la vaguedad del sueño; se hablaba de lo que era el mundo, de lo que era la sociedad, de lo que era el tiempo, de la muerte, de la otra vida, del cielo, de Dios; se evocaba la infancia, las fechas lejanas en que había una memoria común; y un sentimentalismo, como desprendido de la niebla que bajaba de Corfín, se extendía sobre los comensales bucólicos y su filosofía de sobremesa.

Comenzaba la brisa; picaba un poco y tenía sus peligros, pero halagaba la piel; salía una estrella; el cuarto de luna (que a don Víctor le parecía la plegadera de oro que le habían regalado en Granada), tomaba color, es decir, luz. La conversación, ya perezosa, daba entonces en la astronomía y se paraba en el concepto de lo infinito; se acababa por tener un deseo vago de oír música. Entonces Quintanar recordaba que se cantaba aquella noche El Relámpago o Los Magyares; levantaba el campo, y paso a paso, volvían a la soñolienta Vetusta dejándose resbalar por la pendiente suave de la carretera. Frígilis dejaba el brazo a la Regenta, que indefectiblemente lo buscaba; y Mesía resignado, firme en su propósito de ser prudente mientras fuera necesario, se emparejaba con don Víctor, que tal vez se permitía cantar a su modo el spirto gentil o la casta diva; aunque prefería recitar versos, sin que jamás se le olvidase decir con Góngora:

A su cabaña los guía
que el sol deja el horizonte,
y el humo de su cabaña
les va sirviendo de Norte.

Los sapos cantaban en los prados, el viento cuchicheaba en las ramas desnudas, que chocaban alegres, inclinándose, preñadas ya de las nuevas hojas; y Ana, apoyándose tranquila en el brazo fuerte del mejor amigo, olfateaba en el ambiente los anuncios inefables de la primavera. De esto hablaban ella y Frígilis. Crespo, satisfecho, tranquilo, apacible, en voz baja, como respetando el primer sueño del campo, su ídolo, dejaba caer sus palabras como un rocío en el alma de Ana, que entonces comprendía aquella adoración tranquila, aquel culto poético, nada romántico, que consagraba Frígilis a la naturaleza, sin llamarla así, por supuesto. Nada de grandes síntesis, de cuadros disolventes, de filosofía panteística; pormenores, historia de los pájaros, de las plantas, de las nubes, de los astros; la experiencia de la vida natural llena de lecciones de una observación riquísima. El amor de Frígilis a la naturaleza era más de marido que de amante, y más de madre que de otra cosa. En aquellos momentos, al volver a Vetusta con Ana del brazo, se hacía elocuente, hablaba largo y sin miedo, aunque siempre pausadamente; en su voz había arrullos amorosos para el campo que describía, y temblaba en sus labios el agradecimiento con que oía a otra persona palabras de cariño y de interés por árboles, pájaros y flores. Ana envidiaba en tales horas aquella existencia de árbol inteligente, y se apoyaba y casi recostaba en Frígilis como en una encina venerable. Y detrás venía el otro, ella lo sentía. A veces hablaba con Ana don Álvaro y Ana contestaba con voz afable, como en pago de su prudencia, de su paciencia y de su martirio…. «Porque, sin duda, sufrir tanto tiempo a Quintanar era un martirio».

Don Álvaro sudaba de congoja. Don Víctor se le colgaba del brazo, levantaba los ojos al cielo y se divertía en encontrar parecidos entre los nubarrones de la noche y las formas más vulgares de la tierra.

—«Mire usted, mire usted, aquel cúmulus es lo mismo que Ripamilán; figúreselo usted con la teja en la mano….

—»Aquel cirrus negro parece la moña de un torero…».

Don Álvaro, al llegar a la Rinconada, mientras dejaba pasar delante a don Víctor, que traía llavín, levantaba el puño cerrado sobre la cabeza del insoportable amigo…. No descargaba el golpe… no… pero…. «¡Ya lo descargaría!».

«¡Oh! pensaba, lo que es ahora estoy en mi derecho. Ojo por ojo».

Así vivía Ana, menos aburrida si no contenta, sin grandes remordimientos, aunque no satisfecha de sí misma. Ni permitía a don Álvaro acercarse, alentar esperanzas que ella sustentase, ni le rechazaba con el categórico desdén que la virtud, lo que se llama la virtud, exigía. Estas medias tintas de la moralidad le parecían entonces a ella las más conformes a la flaca naturaleza humana. «¿Por qué he de creerme más fuerte de lo que soy?».

También volvió a frecuentar la casa de Vegallana. Fue muy bien recibida; la del Banco se la comía a besos, le hablaba de modas, le mandaba patrones a casa, y le recordaba visitas que tenía que pagar y a que ella la acompañaba, porque don Víctor se negaba a perder el tiempo en estos cumplidos.

—Señor—gritaba él—yo no sirvo para eso; no se me haga a mi hablar del tiempo, del mal servicio de criadas, de la carestía de los comestibles. ¡Exíjase de mí cualquier cosa menos hacer visitas de cumplido!

—Yo soy artista, no sirvo para esas nimiedades—decía para sus adentros.

Visitación procuraba meterle a Ana, a manos llenas, por los ojos, por la boca, por todos los sentidos, el demonio, el mundo y la carne; el buen tiempo la ayudaba.

La Regenta no tomaba con gran calor aquellas diversiones, pero las prefería a su estéril soledad, en que buscando ideas piadosas encontraba tristezas, un hastío hondo y el rencoroso espíritu de protesta de la carne pisoteada, que bramaba en cuanto podía. «Era mejor vivir como todos, dejarse ir, ocupar el ánimo con los pasatiempos vulgares, sosos, pero que, al fin, llenan las horas…».

En esta situación estaba cuando el Magistral le dijo en el confesonario que se perdía; que él la había visto arrojar con desdén sobre un banco de césped la historia de Santa Juana Francisca…. Aquella tarde De Pas estuvo más elocuente que nunca; ella comprendió que estaba siendo una ingrata, no sólo con Dios, sino con su apóstol, aquel apóstol todo fuego, razón luminosa, lengua de oro, de oro líquido…. La voz del sacerdote vibraba, su aliento quemaba, y Ana creyó oír sollozos comprimidos. «Era preciso seguirle o abandonarle; él no era el capellán complaciente que sirve a los grandes como lacayo espiritual; él era el padre del alma, el padre, ya que no se le quería oír como hermano. Había que seguirle o dejarle». Y después había hablado de lo que él mismo sentía, de sus ilusiones respecto de ella. «Sí, Ana (Ana la había llamado, estaba ella segura), yo había soñado lo que parecía anunciarse desde nuestra primer entrevista, un espíritu compañero, un hermano menor, de sexo diferente para juntar facultades opuestas en armónica unión; yo había soñado que ya no era Vetusta para mí cárcel fría, ni semillero de envidias que se convierten en culebras, sino el lugar en que habitaba un espíritu noble, puro y delicado, que al buscarme para caminar en la vía santa de salvación, sin saberlo, me guiaba también por esa vía; yo esperaba que usted fuese lo que aquella historia que llorando me contaba, prometía… lo que usted me prometió cien veces después…. Pero no, usted desconfía de mí, no me cree digno de su dirección espiritual, y para satisfacer esas ansias de amor ideal que siente, tal vez ya busca en el mundo quien la comprenda y pueda ser su confidente».

—No, no—repetía Ana llorando; pero él había seguido hablando de su despecho, cada vez más triste, cada vez con más ardor en las palabras y en el aliento…. Y habían concluido por reconciliarse, por prometerse nueva vida, verdadera reforma, eficaz cambio de costumbres; y ella exaltada le había dicho: «¿Quiere usted que hoy mismo le acompañe a casa de doña Petronila?». «Sí, sí; eso, lo mejor es eso», había contestado él. Y habían ido juntos sin pensar ni uno ni otro lo que hacían.

Desde aquella tarde había empezado para la Regenta la vida de la devota práctica; pero duró poco la eficacia de aquel impulso en que no había piedad acendrada sino gratitud, el deseo de complacer al hombre que tanto trabajaba por salvarla, y que era tan elocuente y que tanto valía. Ana a veces, no pudiendo elevar su atención a las cosas invisibles, a la contemplación piadosa, procuraba preparar este viaje místico pensando en el Magistral. «¡Oh, qué grande hombre! ¡Y qué bien penetraba en el espíritu, y qué bien hablaba de lo que parece inefable, de los subterráneos de las intenciones, de las delicadezas del sentimiento! ¡Y cuánto le debía ella! ¿Por qué tanto interés si aquella pecadora no lo merecía?». Las lágrimas se agolpaban a los ojos de Ana. Lloraba de gratitud y de admiración. Y no pudiendo meditar sobre cosas santas, piadosas, poníase la mantilla y corría a la conferencia de San Vicente, o a la Junta del Corazón o al Catecismo, o a misa… donde correspondiera. Pero la fe era tibia; por allí no se iba a donde ella había deseado. Además, se conocía; sabía que ella, de entregarse a Dios, se entregaría de veras; que mientras su devoción fuese callejera, ostentosa y distraída, ella misma la tendría en poco, y cualquier pasión mala, pero fuerte, la haría polvo.

Mas resuelta a huir de los extremos, a ser como todo el mundo, insistió en seguir a las demás beatas en todos sus pasos, y aunque sin gusto, entró en todas las cofradías, fue hija y hermana, según se quiso, de cuantas juntas piadosas lo solicitaron.

Dividía el tiempo entre el mundo y la iglesia: ni más ni menos que doña Petronila, Olvido Páez, Obdulia y en cierto modo la Marquesa. Se la vio en casa de Vegallana y en las Paulinas, en el Vivero y en el Catecismo, en el teatro y en el sermón. Casi todos los días tenían ocasión de hablar con ella, en sus respectivos círculos, el Magistral y don Álvaro, y a veces uno y otro en el mundo y uno y otro en el templo; lugares había en que Ana ignoraba si estaba allí en cuanto mujer devota o en cuanto mujer de sociedad.

Pero ni De Pas ni Mesía estaban satisfechos. Los dos esperaban vencer, pero a ninguno se le acercaba la hora del triunfo.

—Esta mujer—decía don Álvaro—es peor que Troya.

—El remedio ha sido peor que la enfermedad—pensaba don Fermín.

Ana veía en los pormenores de la vida de beata mil motivos de repugnancia; pero prefería apartar de ellos la atención: no dejaba que el espíritu de contradicción buscase las debilidades, las groserías, las miserias de aquella devoción exterior y bullanguera. No quería censurar, no quería ver.

Pero a sí misma se comparaba al cadáver del Cid venciendo moros. No era ella, era su cuerpo el que llevaban de iglesia en iglesia.

Y volvió la inquietud honda y sorda a minar su alma. Esperaba ya otra época de luchas interiores, de aridez y rebelión.

Una noche, después de oír un sermón soporífero, entró en su tocador casi avergonzada de haber estado dos horas en la iglesia como una piedra; oyendo, sin piedad y sin indignación, sin lástima siquiera, necedades monótonas, tristes; viendo ceremonias que nada le decían al alma….

—Oh, no, no—se dijo, mientras se desnudaba—yo no puedo seguir así…

Y luego, sacudiendo la cabeza, y extendiendo los brazos hacia el techo, había añadido en voz alta, para dar más solemnidad a su protesta:

—¡Salvarme o perderme! pero no aniquilarme en esta vida de idiota…. ¡Cualquier cosa… menos ser como todas esas!

Y a los pocos días cayó enferma.

Cuando esta historia de su tibieza y de sus cobardes y perezosas transacciones con el mundo pasaba por la memoria de Ana, con formas plásticas, teatrales—gracias a la salud que volvía a rodar con la sangre—, sentía la débil convaleciente remordimientos que ella se complacía en creer intensos, punzantes. «¡Oh! ¡qué diferencia entre aquel sopor moral en que vivía pocas semanas antes, y la agudeza de su conciencia ahora, allí postrada, sin poder levantar el embozo de la colcha con la mano, pero con fuerza en la voluntad para levantar el plomo del pecado, que la abrumaba con su pesadumbre!».

«¡Esta sí que era resolución firme! Iba a ser buena, buena, de Dios, sólo de Dios; ya lo vería el Magistral. Y él, don Fermín, sería su maestro vivo, de carne y hueso; pero además tendría otro; la santa doctora, la divina Teresa de Jesús… que estaba allí, junto a su cabecera esperándola amorosa, para entregarle los tesoros de su espíritu».

Ana, burlando los decretos del médico, probó en los primeros días de aquella segunda convalecencia a leer en el libro querido: iba a él como un niño a una golosina. Pero no podía. Las letras saltaban, estallaban, se escondían, daban la vuelta… cambiaban de color… y la cabeza se iba…. «Esperaría, esperaría». Y dejaba el libro sobre la mesilla de noche, y con delicia que tenía mucho de voluptuosidad, se entretenía en imaginar que pasaban los días, que recobraba la energía corporal; se contemplaba en el Parque, en el cenador, o en lo más espeso de la arboleda leyendo, devorando a su Santa Teresa. «¡Qué de cosas la diría ahora que ella no había sabido comprender cuando la leyera distraída, por máquina y sin gusto!».

La impaciencia pudo más que las órdenes del médico, y antes de dejar el lecho, cuando empezaron a permitirle otra vez incorporarse entre almohadones, algo más fuerte ya, Ana hizo nuevo ensayo y entonces encontró las letras firmes, quietas, compactas; el papel blanco no era un abismo sin fondo, sino tersa y consistente superficie. Leyó; leyó siempre que pudo. En cuanto la dejaban sola, y eran largas sus soledades, los ojos se agarraban a las páginas místicas de la Santa de Ávila, y a no ser lágrimas de ternura ya nada turbaba aquel coloquio de dos almas a través de tres siglos.

24. febbraio 2012 · Write a comment · Categories: Clarín · Tags:

Las nubes pardas, opacas, anchas como estepas, venían del Oeste, tropezaban con las crestas de Corfín, se desgarraban y deshechas en agua, caían sobre Vetusta, unas en diagonales vertiginosas, como latigazos furibundos, como castigo bíblico; otras cachazudas, tranquilas, en delgados hilos verticales. Pasaban y venían otras, y después otras que parecían las de antes, que habían dado la vuelta al mundo para desgarrarse en Corfín otra vez. La tierra fungosa se descarnaba como los huesos de Job; sobre la sierra se dejaba arrastrar por el viento perezoso, la niebla lenta y desmayada, semejante a un penacho de pluma gris; y toda la campiña entumecida, desnuda, se extendía a lo lejos, inmóvil como el cadáver de un náufrago que chorrea el agua de las olas que le arrojaron a la orilla. La tristeza resignada, fatal de la piedra que la gota eterna horada, era la expresión muda del valle y del monte; la naturaleza muerta parecía esperar que el agua disolviera su cuerpo inerte, inútil. La torre de la catedral aparecía a lo lejos, entre la cerrazón, como un mástil sumergido. La desolación del campo era resignada, poética en su dolor silencioso; pero la tristeza de la ciudad negruzca; donde la humedad sucia rezumaba por tejados y paredes agrietadas, parecía mezquina, repugnante, chillona, como canturia de pobre de solemnidad. Molestaba; no inspiraba melancolía sino un tedio desesperado. Frígilis prefería mojarse a campo raso, y arrastraba consigo a Quintanar lejos de Vetusta, cerca del mar, a las praderas y marismas solitarias de Palomares y Roca Tajada, donde fatigaban el monte y la llanura, persiguiendo perdices y chochas en lo espeso de los altozanos nemorosos; y en las planicies escuetas, melancólicos y quejumbrosos alcaravanes, nubes de estorninos, tordos de agua, patos marinos, y bandadas obscuras de peguetas diligentes. Para estas excursiones lejanas, don Víctor contaba con el beneplácito de su esposa. Se salía al ser de día, en el tren correo, se llegaba a Roca Tajada una hora después, y a las diez de la noche entraban en Vetusta silenciosos, cargados de ramilletes de pluma y como sopa en vino. Allá en las marismas de Palomares, don Víctor solía echar de menos el teatro. «¡Si el tren saliese dos horas antes, menos mal!». Frígilis no echaba de menos nada. Su devoción a la caza, a la vida al aire libre, en el campo, en la soledad triste y dulce, era profunda, sin rival: Quintanar compartía aquella afición con su amor a las farsas del escenario. Frígilis en el teatro se aburría y se constipaba. Tenía horror a las corrientes de aire, y no se creía seguro más que en medio de la campiña, que no tiene puertas.

Crespo tenía bien definida y arraigada su vocación: la naturaleza; Quintanar había llegado a viejo sin saber «cuál era su destino en la tierra», como él decía, usando el lenguaje del tiempo romántico, del que le quedaban algunos resabios. Era el espíritu del ex-regente, de blanda cera; fácilmente tomaba todas las formas y fácilmente las cambiaba por otras nuevas. Creíase hombre de energía, porque a veces usaba en casa un lenguaje imperativo, de bando municipal; pero no era, en rigor, más que una pasta para que otros hiciesen de él lo que quisieran. Así se explicaba que, siendo valiente, jamás hubiese tenido ocasión de mostrar su valor luchando contra una voluntad contraria. Él sostenía que en su casa no se hacía más que lo que él quería, y no echaba de ver que siempre acababa por querer lo que determinaban los demás. Si Ana Ozores hubiera tenido un carácter dominante, don Víctor se hubiese visto en la triste condición de esclavo: por fortuna, la Regenta dejaba al buen esposo entregado a las veleidades de sus caprichos y se contentaba con negarle toda influencia sobre los propios gustos y aficiones. Aquel programa de diversiones, alegría, actividad bulliciosa, que había publicado a son de trompeta Quintanar, se cumplía sólo en las partes y por el tiempo que a su esposa le parecían bien; si ella prefería quedar en casa, volver a sus ensueños, don Víctor que había prometido y hasta jurado no ceder, poco a poco cedía; procuraba que la retirada fuese honrosa, fingía transigir y creía a salvo su honor de hombre enérgico y amo de su casa, permitiéndose la audacia de gruñir un poco, entre dientes, cuando ya nadie le oía. Los criados le imponían su voluntad, sin que él lo sospechara. Hasta en el comedor se le había derrotado. Amante, como buen aragonés, de los platos fuertes, del vino espeso, de la clásica abundancia, había ido cediendo poco a poco, sin conocerlo, y comía ya mucho menos, y pasaba por los manjares más fantásticos que suculentos, que agradaban a su mujer. No era que Anita se los impusiese, sino que las cocineras preferían agradar al ama, porque allí veían una voluntad seria, y en el señor sólo encontraban un predicador que les aburría con sermones que no entendían. Hasta en el estilo se notaba que Quintanar carecía de carácter. Hablaba como el periódico o el libro que acababa de leer, y algunos giros, inflexiones de voz y otras cualidades de su oratoria, que parecían señales de una manera original, no eran más que vestigios de aficiones y ocupaciones pasadas. Así hablaba a veces como una sentencia del Tribunal Supremo, usaba en la conversación familiar el tecnicismo jurídico, y esto era lo único que en él quedaba del antiguo magistrado. No poco había contribuido en Quintanar a privarle de originalidad y resolución, el contraste de su oficio y de sus aficiones. Si para algo había nacido, era, sin duda, para cómico de la legua, o mejor, para aficionado de teatro casero. Si la sociedad estuviera constituida de modo que fuese una carrera suficiente para ganarse la vida, la de cómico aficionado, Quintanar lo hubiera sido hasta la muerte y hubiera llegado a trabajar, frase suya, tan bien como cualquiera de esos otros primeros galanes que recorren las capitales de provincia, a guisa de buhoneros.

Pero don Víctor comprendió que el cómico en España no vive de su honrado trabajo si no se entrega a la vergüenza de servir al público el arte en las compañías de comediantes de oficio; comprendió además que él necesitaba con el tiempo crear una familia, y entró en la carrera judicial a regañadientes. Quiso la suerte, y quisieron las buenas relaciones de los suyos, que Quintanar fuera ascendiendo con rapidez, y se vio magistrado y se vio regente de la Audiencia de Granada, a una edad en que todavía se sentía capaz de representar el Alcalde de Zalamea con toda la energía que el papel exige. Pero la espina la llevaba en el corazón; reconocía que el cargo de magistrado es delicadísimo, grande su responsabilidad, pero él… «era ante todo un artista». ¡Aborrecía los pleitos, amaba las tablas y no podía pisarlas dignamente! Este era el torcedor de su espíritu. Si le hubiese sido lícito representar comedias, quizás no hubiera hecho otra cosa en la vida, pero como le estaba prohibido por el decoro y otra porción de serias consideraciones, procuraba buscar otros caminos a la comezón de ser algo más que una rueda del poder judicial, complicada máquina; y era cazador, botánico, inventor, ebanista, filósofo, todo lo que querían hacer de él su amigo Frígilis y los vientos del azar y del capricho.

Frígilis había formado a su querido Víctor, al cabo de tantos años de trato íntimo a su imagen y semejanza, en cuanto era posible. Salía Quintanar de la servidumbre ignorada de su domicilio para entrar en el poder dictatorial, aunque ilustrado, de Tomás Crespo, aquel pedazo de su corazón, a quien no sabía si quería tanto como a su Anita del alma. La simpatía había nacido de una pasión común: la caza. Pero la caza antes no era más que un ejercicio de hombre primitivo para el aragonés; cazaba sin saber lo que eran las perdices, ni las liebres y conejos, por dentro; Frígilis estudiaba la fauna y la flora del país de camino que cazaba, y además meditaba como filósofo de la naturaleza. Crespo hablaba poco, y menos en el campo; no solía discutir, prefería sentar su opinión lacónicamente, sin cuidarse de convencer a quien le oía. Así la influencia de la filosofía naturalista de Frígilis llegó al alma de Quintanar por aluvión: insensiblemente se le fueron pegando al cerebro las ideas de aquel buen hombre, de quien los vetustenses decían que era un chiflado, un tontiloco.

Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería. Visitaba pocas casas y muchas huertas; sus grandes conocimientos y práctica hábil en arboricultura y floricultura, le hacían árbitro de todos los parques y jardines del pueblo; conocía hoja por hoja la huerta del marqués de Corujedo, había plantado árboles en la de Vegallana, visitaba de tarde en tarde el jardín inglés de doña Petronila; pero ni conocía de vista al Gran Constantino, al obispo madre, ni había entrado jamás en el gabinete de doña Rufina, ni tenía con el marqués de Corujedo más trato que el del Casino. Se entendía con los jardineros.—En cuanto las lluvias de invierno se inauguraban, después del irónico verano de San Martín, a Frígilis se le caía encima Vetusta y sólo pasaba en su recinto los días en que le reclamaban sus árboles y sus flores.

Quintanar le seguía muerto de sueño, encerrado en su uniforme de cazador, de que se reía no poco Frígilis, quien usaba la misma ropa en el monte y en la ciudad, y los mismos zapatos blancos de suela fuerte, claveteada. Se metían en un coche de tercera clase, entre aldeanos alegres, frescos, colorados; Quintanar dormitaba dando cabezadas contra la tabla dura; Frígilis repartía o tomaba cigarros de papel, gordos; y más decidor que en Vetusta, hablaba, jovial, expansivo, con los hijos del campo, de las cosechas de ogaño y de las nubes de antaño; si la conversación degeneraba y caía en los pleitos, torcía el gesto y dejaba de atender, para abismarse en la contemplación de aquella campiña triste ahora, siempre querida para él que la conocía palmo a palmo.

Ana envidiaba a su marido la dicha de huir de Vetusta, de ir a mojarse a los montes y a las marismas, en la soledad, lejos de aquellos tejados de un rojo negruzco que el agua que les caía del cielo hacía una inmundicia.

«¡Ah, sí! ella estaba dispuesta a procurar la salvación de su alma, a buscar el camino seguro de la virtud; pero ¡cuánto mejor se hubiera abierto su espíritu a estas grandezas religiosas en un escenario más digno de tan sublime poesía! ¡Cuán difícil era admirar la creación para elevarse a la idea del Creador, en aquella Encimada taciturna, calada de humedad hasta los huesos de piedra y madera carcomida; de calles estrechas, cubiertas de hierba-hierba alegre en el campo, allí símbolo de abandono—, lamidas sin cesar por las goteras de los tejados, de monótono y eterno ruido acompasado al salpicar los guijarros puntiagudos!…».

No se explicaba la Regenta cómo Visitación iba y venía de casa en casa, alegre como siempre, risueña, sin miedo al agua ni menos al fango del arroyo… sin pensar siquiera en que llovía, sin acordarse de que el cielo era un sudario en vez de un manto azul, como debiera. Para Visita era el tiempo siempre el mismo, no pensaba en él, y sólo le servía de tópico de conversación en las visitas de cumplido.

La del Banco, como pajarita de las nieves, saltaba de piedra en piedra, esquivaba los charcos, y de paso, dejaba ver el pie no mal calzado, las enaguas no muy limpias, y a veces algo de una pantorrilla digna de mejor media.—Tampoco a Obdulia el agua la encerraba en casa, ni la entumecía: también alegre y bulliciosa corría de portal en portal, desafiando los más recios chaparrones, riendo a carcajadas si una gota indiscreta mojaba la garganta que palpitaba tibia; era de ver el arte con que sus bajos, con instintos de armiño, cruzaban todo aquel peligro del cieno, inmaculados, copos de nieve calada, dibujos y hojarasca sonante de espuma de Holanda; tentación de Bermúdez el arqueólogo espiritualista.

Notaba Ana con tristeza y casi envidia que en general los vetustenses se resignaban sin gran esfuerzo con aquella vida submarina, que duraba gran parte del otoño, lo más del invierno y casi toda la primavera. Cada cual buscaba su rincón y parecían no menos contentos que Frígilis huyendo a las llanuras vecinas del mar a mojarse a sus anchas.

La Marquesa de Vegallana se levantaba más tarde si llovía más; en su lecho blindado contra los más recios ataques del frío, disfrutaba deleites que ella no sabía explicar, leyendo, bien arropada, novelas de viajes al polo, de cazas de osos, y otras que tenían su acción en Rusia o en la Alemania del Norte por lo menos. El contraste del calorcillo y la inmovilidad que ella gozaba con los grandes fríos que habían de sufrir los héroes de sus libros, y con los largos paseos que se daban por el globo, era el mayor placer que gozaba al cabo del año doña Rufina. Oír el agua que azota los cristales allá fuera, y estar compadeciéndose de un pobre niño perdido en los hielos… ¡qué delicia para un alma tierna, a su modo, como la de la señora Marquesa!

—Yo no soy sentimental—decía ella a D. Saturnino Bermúdez, que la oía con la cabeza torcida y la sonrisa estirada con clavijas de oreja a oreja—yo no soy sentimental, es decir, no me gusta la sensiblería… pero leyendo ciertas cosas, me siento bondadosa… me enternezco… lloro… pero no hago alarde de ello.

—Es el don de lágrimas, de que habla Santa Teresa, señora,—respondía el arqueólogo; y suspiraba como echando la llave al cajón de los secretos sentimentales.

El Marqués hacía lo que los gatos en enero. Desaparecía por temporadas de Vetusta. Decía que iba a preparar las elecciones. Pero sus íntimos le habían oído, en el secreto de la confianza, después de comer bien, a la hora de las confesiones, que para él no había afrodisíaco mejor que el frío. «Ni los mariscos producen en mí el efecto del agua y la nieve». Y como sus aventuras eran todas rurales, salía el buen Vegallana a desafiar los elementos, recorriendo las aldeas, entre lodo, hielo y nieve en su coche de camino. Y así preparaba las elecciones, buscando votos para un porvenir lejano, según frase picaresca de D. Cayetano Ripamilán, siempre dispuesto a perdonar esta clase de extravíos.

La tertulia de la Marquesa veía el cielo abierto en cuanto el tiempo se metía en agua. Los que tenían el privilegio envidiable y envidiado de penetrar en aquella estufa perfumada, bendecían los chubascos que daban pretexto para asistir todas las noches al gabinete de doña Rufina. ¿Qué habían de hacer si no? ¿A dónde habían de ir?—En la chimenea ardían los bosques seculares de los dominios del Marqués; aquellas encinas feudales se carbonizaban con majestuosos chirridos. A su calor no se contaban antiguas consejas, como presumía Trifón Cármenes que había de suceder por fuerza en todo hogar señorial, pero se murmuraba del mundo entero, se inventaban calumnias nuevas y se amaba con toda la franqueza prosaica y sensual que, según Bermúdez, «era la característica del presente momento histórico, desnudo de toda presea ideal y poética».—El gabinete no era grande, eran muchos los muebles, y los contertulios se tocaban, se rozaban, se oprimían, si no había otro remedio. ¿Quién pensaba en los aguaceros?

En las reuniones de segundo orden, que abundaban en Vetusta, la humedad excitaba la alegría; cada cual se iba al agujero de costumbre y era de oír, por ejemplo, la algazara con que entraban en el portal de la casa de Visita «los que la favorecían una vez por semana honrando sus salones», que eran sala y gabinete; eran de oír las carcajadas, las bromas de los tertulios guarecidos bajo los paraguas que recibían con estrépito las duchas de los tremendos serpentones de hojalata…. Todos despreciaban el agua, pensando en los placeres esotéricos de la lotería y de las charadas representadas.

—En cuanto al «elemento devoto de Vetusta», (frase del Lábaro) se metían en novenas así que el tiempo se metía en agua. El elemento devoto era todo el pueblo en llegando el mal tiempo, y hasta los socios de Viernes santo, unos perdidos que se juntaban durante la Semana de Pasión a comer de carne en la fonda, hasta esos acudían al templo, si bien a criticar a los predicadores y mirar a las muchachas. Este fervor religioso de Vetusta comenzaba con la Novena de las Ánimas, poco popular, y la muy concurrida del Corazón de Jesús, no cesando hasta que se celebraba la más famosa de todas, la de los Dolores, y la poco menos favorecida de la Madre del Amor Hermoso, en el florido Mayo, esta última. Pero además de las Novenas tenían las almas piadosas otras muchas ocasiones de alabar a Dios y sus santos, en solemnidades tan notables como las fiestas de Pascua y las de Cuaresma, especialmente en los Sermones de la Audiencia, pagados por la Territorial todos los viernes de aquel tiempo santo y de meditación, según Cármenes.

El temporal retrasó no poco el cumplimiento de aquel plan de higiene moral, impuesto suavemente por don Fermín a su querida amiga. Ana aborrecía el lodo y la humedad; le crispaba los nervios la frialdad de la calle húmeda y sucia, y apenas salía del sombrío caserón de los Ozores. Había confesado otras dos veces antes de terminar Noviembre, pero no se había decidido a ir a casa de doña Petronila, ni el Magistral se atrevió a recordarle aquella cita. El Gran Constantino sabía ya por su querido y admirado señor De Pas, quien la visitaba más a menudo ahora, que doña Ana deseaba ayudarla en sus santas labores y en la administración de tantas obras piadosas como ella dirigía y pagaba sabiamente.

—«¿Cuándo viene por acá ese ángel hermosísimo?»—preguntaba el Obispo madre, en estilo de novena, cargado de superlativos abstractos.

Las beatas que servían de cuestores de palacio en el del Gran Constantino, las del cónclave, como las llamaba Ripamilán, esperaban con ansiedad mística y con una curiosidad maligna a la nueva compañera, que tanto prestigio traería con su juventud y su hermosura a la piadosa y complicada empresa de salvar el mundo en Jesús y por Jesús; pues nada menos que esto se proponían aquellas devotas de armas tomar, militantes como coraceros.

Pero Ana, sin saber por qué, sentía una vaga repugnancia cuando pensaba en ir a casa de doña Petronila; le parecía mejor ver al Magistral en la iglesia, allí encontraba ella el fervor religioso necesario para confesar sus ideas malas, sus deseos peligrosos. El Magistral comenzó a impacientarse; la Regenta no subía la cuesta, persistía en sus peligrosos anhelos panteísticos, que así los calificaba él, se empeñaba en que era piedad aquella ternura que sentía con motivo de espectáculos profanos, y declaraba francamente que las lecturas devotas le sugerían reflexiones probablemente heréticas, o por lo menos, poco a propósito para llegar a la profunda fe que el Magistral exigía como preparación absolutamente indispensable para dar un paso en firme. Otras veces los libros piadosos la hacían caer en somnolencia melancólica o en una especie de marasmo intelectual que parecía estupidez. En cuanto a la oración, Ana decía que recitar de memoria plegarias era un ejercicio inútil, soporífero, que irritaba los nervios; las repetía cien veces, para fijar en ellas la atención, y llegaba a sentir náuseas antes de conseguir un poco de fervor…. «Nada, nada de eso; no hay cosa peor que rezar así, respondía el Magistral; a la oración ya llegaremos; por ahora en este punto basta con sus antiguas devociones». Y, aunque temiendo los peligros de la fantasía de Ana, por no perder terreno, tenía que dejarla abandonarse a los espontáneos arranques de ternura piadosa que venían sin saber cómo, a lo mejor, provocados por cualquier accidente que ninguna relación parecía tener con las ideas religiosas. El miedo a las expansiones naturales de aquel espíritu ardiente le había hecho cambiar el plan suave de los primeros días por aquel otro expuesto en el cenador del Parque, más parecido a la ordinaria disciplina a que él sometía a los penitentes; pero ya veía don Fermín que era preciso volver a la blandura y dejar al instinto de su amiga más parte en la ardua tarea de ganar para el bien aquellos tesoros de sentimiento y de grandeza ideal. Este sistema de la cuerda floja retrasaba el triunfo, pero le permitía a él presentarse a los ojos de Ana más simpático, hablando el lenguaje de aquella vaguedad romántica que ella creía religiosidad sincera, y no pasaba de ser una idolatría disimulada, según don Fermín. No, él no se dejaba seducir por panteísmos, aunque fuesen tan bien parecidos como el de su amiga.

De lo que él estaba seguro era del efecto profundo y saludable que en semejante mujer tenían que producir las bellezas del culto el día en que ella las presenciara con atención y dispuesto el ánimo a las sensaciones místicas por aquella excitación nerviosa, de cuyos accesos tantas noticias tenía ya el confesor diligente.

Cuando ella volvía a hablarle de aburrimiento, del dolor del hastío, de la estupidez del agua cayendo sin cesar, él repetía: «A la iglesia, hija mía, a la iglesia; no a rezar; a estarse allí, a soñar allí, a pensar allí oyendo la música del órgano y de nuestra excelente capilla, oliendo el incienso del altar mayor, sintiendo el calor de los cirios, viendo cuanto allí brilla y se mueve, contemplando las altas bóvedas, los pilares esbeltos, las pinturas suaves y misteriosamente poéticas de los cristales de colores…». Poca gracia le hacía a don Fermín esta retórica a lo Chateaubriand; siempre había creído que recomendar la religión por su hermosura exterior, era ofender la santidad del dogma, pero sabía hacer de tripas corazón y amoldarse a las circunstancias. Además, sin que él quisiera pensar en ello, le halagaba la esperanza de encontrar a menudo en la catedral, en las Conferencias de San Vicente, en el Catecismo, a su amiga, que allí le vería triunfante luciendo su talento, su ciencia y su elegancia natural y sencilla.

Pero cada día era mayor la repugnancia de Anita a pisar la calle; la humedad le daba horror, la tenía encogida, envuelta en un mantón, al lado de la chimenea monumental del comedor tétrico, horas y horas, de día y de noche. Don Víctor no paraba en casa. Si no estaba de caza, entraba y salía, pero sin detenerse; apenas se detenía en su despacho. Le había tomado cierto miedo. Varias máquinas de las que estaban inventando o perfeccionando se le habían sublevado, erizándose de inesperadas dificultades de mecánica racional. Allí estaban cubiertos de glorioso polvo sobre la mesa del despacho diabólicos artefactos de acero y madera, esperando en posturas interinas a que don Víctor emprendiese el estudio serio de las matemáticas, de todas las matemáticas, que tenía aplazado por culpa de la compañía dramática de Perales. En tanto Quintanar, un poco avergonzado en presencia de aquellos juguetes irónicos que se le reían en las barbas, esquivaba su despacho siempre que podía; y ni cartas escribía allí. Además; las colecciones botánicas, mineralógicas y entomológicas yacían en un desorden caótico, y la pereza de emprender la tarea penosa de volver a clasificar tantas yerbas y mosquitos también le alejaba de su casa. Iba al Casino a disputar y a jugar al ajedrez; hacía muchas visitas y buscaba modo de no aburrirse metido en casa. «Mejor», pensaba Ana sin querer. Su don Víctor, a quien en principio ella estimaba, respetaba y hasta quería todo lo que era menester, a su juicio, le iba pareciendo más insustancial cada día: y cada vez que se le ponía delante echaba a rodar los proyectos de vida piadosa que Ana poco a poco iba acumulando en su cerebro, dispuesta a ser, en cuanto mejorase el tiempo, una beata en el sentido en que el Magistral lo había solicitado. Mientras pensaba en el marido abstracto todo iba bien; sabía ella que su deber era amarle, cuidarle, obedecerle; pero se presentaba el señor Quintanar con el lazo de la corbata de seda negra torcido, junto a una oreja; vivaracho, inquieto, lleno de pensamientos insignificantes, ocupado en cualquier cosa baladí, tomando con todo el calor natural lo más mezquino y digno de olvido, y ella sin poder remediarlo, y con más fuerza por causa del disimulo, sentía un rencor sordo, irracional, pero invencible por el momento, y culpaba al universo entero del absurdo de estar unida para siempre con semejante hombre. Salía don Víctor dejando tras sí las puertas abiertas, dando órdenes caprichosas para que se cumplieran en su ausencia; y cuando Ana ya sola, pegada a la chimenea taciturna, de figuras de yeso ahumado, quería volver a su propedéutica piadosa, a los preparativos de vida virtuosa, encontraba anegada en vinagre toda aquella sentimental fábrica de su religiosidad, y calificaba de hipocresía toda su resignación. «¡Oh no, no! ¡yo no puedo ser buena! yo no sé ser buena; no puedo perdonar las flaquezas del prójimo, o si las perdono, no puedo tolerarlas. Ese hombre y este pueblo me llenan la vida de prosa miserable; diga lo que quiera don Fermín, para volar hacen falta alas, aire…». Estos pensamientos la llevaban a veces tan lejos que la imagen de don Álvaro volvía a presentarse brindando con la protesta, con aquella amable, brillante, dulcísima protesta de los sentidos poetizados, que había clavado en su corazón con puñaladas de los ojos el elegante dandy la tarde memorable de Todos los Santos. Entonces Ana se ponía en pie, recorría el comedor a grandes pasos, hundida la cabeza en el embozo del chal apretado al cuerpo, daba vuelta alrededor de la mesa oval, y acababa por acercarse a los vidrios del balcón y apretar contra ellos la frente. Salía, cruzando el estrado triste, pasillos y galerías; llegaba a su gabinete y también allí se apretaba contra los vidrios y miraba con ojos distraídos, muy abiertos y fijos, las ramas desnudas de los castaños de Indias, y los soberbios eucaliptos, cubiertos de hojas largas, metálicas, de un verde mate, temblorosas y resonantes. Si no llovía mucho, Frígilis solía andar por allí; más tiempo faltaba Quintanar de casa que Frígilis de la huerta. Ana acababa por verle. «Aquel había sido su único amigo en la triste juventud, en el tiempo de la servidumbre miserable; y ahora casi le odiaba; él la había casado; y sin remordimiento alguno, sin pensar en aquella torpeza, se dedicaba ahora a sus árboles, que podaba sin compasión, que injertaba a su gusto, sin consultar con ellos, sin saber si ellos querían aquellos tajos y aquellos injertos…». «¡Y pensar que aquel hombre había sido inteligente, amable! Y ahora… no era más que una máquina agrícola, unas tijeras, una segadora mecánica, ¡a quién no embrutecía la vida de Vetusta!».

Frígilis, si veía a su querida Ana detrás de los cristales, la saludaba con una sonrisa y volvía a inclinarse sobre la tierra; aplastaba un caracol, cortaba un vástago importuno, afirmaba un rodrigón y seguía adelante, arrastrando los zapatos blancos sobre la arena húmeda de los senderos…. Y Ana veía desaparecer entre las ramas aquel sombrero redondo, flexible, siempre gris, aquel tapabocas de cuadros de pana eternamente colgado al cuello, aquella cazadora parda y aquellos pantalones ni anchos ni estrechos, ni nuevos ni viejos, de ramitos borrosos de lana verde y roja alternando sobre fondo negro.

A menudo visitaban a la Regenta la del Banco y el Marquesito.—Paco estaba admirado de la heroica resistencia de la de Ozores; no comprendía él que su ídolo, su don Álvaro tardase tanto en conquistar una voluntad, en rendir una virtud, si la voluntad estaba ya conquistada.

—«Ella está enamorada de ti, de eso estoy seguro»—decía Paco a Mesía en el Casino, a última hora, cuando sólo quedaban allí los trasnochadores de oficio.

Estaban los dos sentados junto a un velador cubierto con fina y blanca servilleta; cenaban con sendas medias botellas de Burdeos al lado, y llegaban al momento necesario de la expansión y las confidencias; Mesía melancólico, pasando a tragos la nostalgia de lo infinito, que también tienen los descreídos a su modo, inclinaba mustia la gallarda y fina cabeza de un rubio pálido, y parecía un poco más viejo que de ordinario. Callaba, y comía y bebía. Paco, con la boca llena, pero no por modo grosero, sino casi elegante, hablaba, brillante la pupila, rojas las mejillas, con el sombrero echado hacia el cogote.

—Ella está enamorada, de eso estoy seguro… pero tú… tú no eres el de otras veces… parece que la temes. Nunca quieres venir conmigo a su casa… y eso que don Víctor nunca está, siempre anda con el espiritista de Frígilis por esos montes.

Paco creía que Frígilis era espiritista, opinión muy generalizada en Vetusta.

—En su casa no se puede adelantar nada. Es una mujer rara… histérica… hay que estudiarla bien. Dejadme a mí.

No quería confesar que se tenía por derrotado: creía firmemente que Ana estaba entregada al Magistral. No quería aquella conversación; se sentía ahora humillado con la protección de Paco, solicitada meses antes por él. Sin saberlo, el Marquesito le hacía daño cada vez que le hablaba de tal asunto y le proponía planes de ataque y medios para entrar en la plaza por sorpresa. «¿Cuándo había necesitado él, Mesía, socorros por el estilo? ¿Cuándo había permitido a nadie saber el cómo y a qué hora vencía a una mujer?… ¡Y esta señora le humillaba así! ¡Cómo se reiría de él Visita, aunque lo disimulaba; y el mismo Paco! ¿qué pensaría? ¡Ah Regenta, Regenta, si venzo al fin!… ¡ya me las pagarás!». Pero ya no esperaba vencer; lidiaba desesperado. En vano, siempre que el tiempo lo permitía, montaba en su hermoso caballo blanco de pura raza española; pasaba y repasaba la Plaza Nueva, y algunas veces veía detrás de los cristales, en la Rinconada, a la de Quintanar, que le saludaba amable y tranquila; pero no era el caballo talismán como él había creído, porque la escena de la tarde aquélla no se repitió nunca. «Sí, lo que yo temía, no fue más que un cuarto de hora que no pude aprovechar». Creía con fe inquebrantable que ya su único recurso sería la ocasión dificilísima, casi imposible, de un ataque brusco, bárbaro, coincidiendo con otro cuarto de hora. Pero esto no colmaba su deseo, no satisfacía su amor propio, sería un placer efímero y una venganza… ¡y además era casi imposible! Pocas veces se había atrevido a visitar a la Regenta, que no le recibía si no estaba don Víctor en casa. Quintanar, en cambio, le abría los brazos y le estrechaba con efusión, cada día más enamorado, como él decía, de aquel hermoso figurín: ¡qué arrogante primer galán en comedia de costumbres haría el dignísimo don Álvaro! Pero ya que las tablas no le llamasen ¿por qué no se hacía diputado a Cortes? Mesía había nacido para algo más que cabeza de ratón; era poco ser jefe de un partido, que nunca era poder, en una capital de segundo orden. ¿Por qué no se iba a Madrid con un acta en el bolsillo?

Cuando le dirigía estas preguntas lisonjeras, don Álvaro inclinaba la cabeza y miraba con gesto compungido a la Regenta como diciendo:

—«¡Por usted, por el amor que la tengo estoy yo en este miserable rincón!».

—Usted es de la madera de los ministros….

—Oh… don Víctor… no crea usted que eso me halaga…. ¡Ministro! ¿Para qué? Yo no tengo ambición política…. Si milito en un partido es por servir a mi país, pero la política me es antipática… tanta farsa… tanta mentira….

—Efectivamente, en los Estados Unidos sólo son políticos los perdidos… pero en España… es otra cosa… un hombre como usted…. Subiría mi don Álvaro como la espuma.

Pero don Álvaro suspiraba y volvía los ojos a la Regenta…. Por lo demás, él seguía considerando que ante todo era un hombre político. Lo de ir a Madrid lo dejaba para más adelante. Ahora hacía diputados desde Vetusta y se quedaba allí; pero en cuanto tuviera más blanda a la señora del ministro, él volaría, él volaría… seguro de no dar un batacazo. Estos eran sus planes. Pero además aquella resistencia de Ana, que había creído vencer si no en pocas semanas en pocos meses, era un nuevo motivo para retrasar el cambio de vecindad.

¿Cómo ir a Madrid sin vencer a aquella mujer? Y aquella mujer parecía ya invencible.

Desde la noche de Todos los Santos, Mesía, vergüenza le daba confesárselo a sí mismo, no había adelantado un paso. Ocho días había estado sin conseguir hablar a solas un momento con Ana, y cuando logró tal intento fue para convencerse de que aquella exaltación de la tarde dichosa había pasado acaso para siempre.

Visitación se volvía loca. Su marido, el señor Cuervo, y sus hijos comían los garbanzos duros, se lavaban sin toalla porque ella había salido con las llaves, como siempre, y no acababa de volver. «¿Cómo había de volver si aquella empecatada de Regenta no se daba a partido, y resistía al hombre irresistible con heroicidad de roca?». El mísero empleado del Banco retorcía el bigotillo engomado y con voz de tiple decía a la muchedumbre de sus hijos que lloraban por la sopa:

—Silencio, niños, que mamá riñe si se come sin ella.

Y la sopa se enfriaba, y al fin aparecía Visitación, sofocada, distraída, de mal humor. Venía de casa de Vegallana donde había conseguido que Ana y Álvaro se hablaran a solas un momento, por casualidad… que había preparado ella. ¡Pero buena conversación te dé Dios! Él había salido mordiéndose el bigote y le había dicho a ella, a Visita: «¡Déjame en paz! al querer darle una broma. ¡Déjame en paz!» señal de que no daba un paso. Visitación sentía ahora una vergüenza retrospectiva; recordaba el tiempo que había ella tardado en ceder, lo comparaba con la resistencia de Ana y… se le encendían las mejillas de cólera, de envidia, de pudor malo, falso. Algo le decía en la conciencia que el oficio que había tomado era miserable… pero buena estaba ella para oír consejos de comedia moral y gritos interiores; aquel anhelo villano era una pasión cada día más fuerte, era de un saborcillo agridulce y picante que prefería ya a todas las dulzuras de la confitería. Era una pasión, una cosa que recordaba la juventud, aunque al mismo tiempo parecía síntoma de la vejez. En fin, ella no trataba de resistir, y había llegado a creer que sería capaz de arrojar a su amiga a la fuerza en brazos del antiguo amante. De todos modos, en casa de Visita faltaba la limpieza de suelo y muebles, de sala y cocina, y no era su hogar una taza de plata, y día hubo que el marido no encontró camisa en el armario y se fue al Banco… con un camisolín de su mujer, que simulaba bien o mal un cuello marinero.

Pero tanto afán era inútil; ni Visita, ni Paco, ni los paseos a caballo de Mesía, conseguían rendir a la Regenta. ¡Y si al menos se viera que era indiferencia aquella fortaleza! Pero, no; a leguas se veía, según los tres, que Ana estaba interesada. Esto era lo que les irritaba más, sobre todo a Visita. Don Álvaro no hablaba de este mal negocio con la del Banco, por más que ella le hurgaba. Con Paco únicamente desahogaba, y pocas veces.—Pero Ana creía en un complot y esto la ayudaba no poco en su defensa. Iba de tarde en tarde a casa de Vegallana, a pesar de protestas pesadas, insufribles de Quintanar, que repetía:

—¡Qué dirán esos señores, Anita, qué dirán los Marqueses!

Si don Álvaro perdía la esperanza, el Magistral tampoco estaba satisfecho. Veía muy lejos el día de la victoria; la inercia de Ana le presentaba cada vez nuevos obstáculos con que él no había contado. Además, su amor propio estaba herido. Si alguna vez había ensayado interesar a su amiga descubriéndole, o por vía de ejemplo o por alarde de confianza, algo de la propia historia íntima, ella había escuchado distraída, como absorta en el egoísmo de sus penas y cuidados. Más había; aquella señora que hablaba de grandes sacrificios, que pretendía vivir consagrada a la felicidad ajena, se negaba a violentar sus costumbres, saliendo de casa a menudo, pisando lodo, desafiando la lluvia; se negaba a madrugar mucho, y alegando como si se tratase de cosa santa, las exigencias de la salud, los caprichos de sus nervios. «El madrugar mucho me mata; la humedad me pone como una máquina eléctrica». Esto era humillante para la religión y depresivo para don Fermín; era, de otro modo, un jarro de agua que le enfriaba el alma al Provisor y le quitaba el sueño.

Una tarde entró De Pas en el confesonario con tan mal humor, que Celedonio el monaguillo le vio cerrar la celosía con un golpe violento. Don Fermín bajaba del campanario, donde, según solía de vez en cuando, había estado registrando con su catalejo los rincones de las casas y de las huertas. Había visto a la Regenta en el parque pasear, leyendo un libro que debía de ser la historia de Santa Juana Francisca, que él mismo le había regalado. Pues bien, Ana, después de leer cinco minutos, había arrojado el libro con desdén sobre un banco.

—¡Oh! ¡oh! ¡estamos mal!—había exclamado el clérigo desde la torre: conteniendo en seguida la ira, como si Ana pudiera oír sus quejas. Después habían aparecido en el parque dos hombres, Mesía y Quintanar. Don Álvaro había estrechado la mano de la Regenta que no la había retirado tan pronto como debiera; «¡aunque no fuese más que por estar viéndolos él!». Don Víctor había desaparecido y el seductor de oficio y la dama se habían ocultado poco a poco entre los árboles, en un recodo de un sendero. El Magistral sintió entonces impulsos de arrojarse de la torre. Lo hubiera hecho a estar seguro de volar sin inconveniente. Poco después había vuelto a presentarse don Víctor, el tonto de don Víctor, con sombrero bajo y sin gabán, de cazadora clara, acompañado de don Tomás Crespo, el del tapabocas; los dos se habían ido en busca de los otros y los cuatro juntos se presentaron de nuevo, ante el objetivo del catalejo que temblaba en las manos finas y blancas del canónigo. Don Víctor levantaba la cabeza, extendía el brazo, señalaba a las nubes y daba pataditas en el suelo. Ana había desaparecido otra vez, había entrado en la casa, olvidando a Santa Juana Francisca sobre el banco, y a los dos minutos estaba otra vez allí con chal y sombrero; y los cuatro habían salido por la puerta del parque, que abrió Frígilis con su llave. ¡Iban al campo!

Cuando don Fermín se vio encerrado entre las cuatro tablas de su confesonario, se comparó al criminal metido en el cepo.

Aquel día las hijas de confesión del Magistral le encontraron distraído, impaciente; le sentían dar vueltas en el banco, la madera del armatoste crujía, las penitencias eran desproporcionadas, enormes.

En vano esperó, con loca esperanza, ver a la Regenta presentarse en la capilla, por casualidad, por impulso repentino, como quiera que fuese, presentarse, que era lo que él quería, lo que él necesitaba. Verdad era que no habían quedado en tal cosa; ocho días faltaban para la próxima confesión, ¿por qué había de venir? «Por que sí, por que él lo necesitaba, porque quería hablarla, decirle que aquello no estaba bien, que él no era un saco para dejarlo arrimado a una pared, que la piedad no era cosa de juego y que los libros edificantes no se tiran con desdén sobre los bancos de la huerta; ni se pierde uno entre los árboles de Frígilis sin más ni más, en compañía de un buen mozo materialista y corrompido». Pero, no, no pareció por la capilla Ana. «Sabe Dios dónde estarían. ¿Qué expedición era aquella? Necedades de don Víctor; había levantado el brazo señalando a las nubes; aquello parecía como responder del buen tiempo; en efecto, la tarde estaba hermosa, podía asegurarse que no llovería… pero ¿y qué? ¿Era esa razón suficiente para salir con el enemigo al campo? Porque aquel era el enemigo, sí, don Fermín volvía a sospecharlo. La Regenta, sin embargo, jamás se había acusado de una afición singular; hablaba de tentaciones en general y de ensueños lascivos, pero no confesaba amar a un hombre determinado. Y Ana, su dulce amiga, no mentía jamás y menos en el tribunal santo. Pero entonces ¿con quién soñaba? El Magistral recordó la dulcísima hipótesis que había acariciado algún día… y ahora se oponía esta otra que le hacía saltar dentro del cajón de celosías: supongamos que sueña con… ese caballero». Salió de la capilla furioso, sin disimularlo apenas. Encontró en el trascoro a don Custodio y no le contestó al saludo; entró en la sacristía y amenazó al Palomo con la cesantía, porque el gato había vuelto a ensuciar los cajones de la ropa. Pasó después al palacio y el Obispo sufrió una fuerte reprensión de las que en tono casi irrespetuoso, avinagrado, espinoso, solía enderezarle su Provisor. El buen Fortunato estaba en un apuro, no tenía dinero para pagar una cuenta de un sastre que había hecho sotanas nuevas a los familiares de S. I. Y el sastre, con las mejores maneras del mundo, pedía los cuartos en un papel sobado, lleno de letras gordas, que el Obispo tenía entre los dedos. El alfayate llamaba serenísimo señor al prelado, pero pedía lo suyo.

Fortunato, temblorosa la voz, solicitaba un préstamo. El Magistral se hizo rogar, y ofreció anticipar el dinero después de humillar cien veces al buen pastor que tomaba al pie de la letra las metáforas religiosas.

«¿A qué habían venido las sotanas nuevas? Y sobre todo, ¿por qué las pagaba él, Fortunato, de su bolsillo? Si sabía que no tenía un cuarto, porque toda la paga repartía antes de cobrarla, ¿por qué se comprometía?». Fortunato confesó que parecía un subteniente de los sometidos a descuento; dijo que quería salir de aquella vida de trampas.

—«Yo no sé lo que debo ya a tu madre, Fermín, ¿debe de ser un dineral?».

—«Sí, señor, un dineral, pero lo peor no es que usted nos arruine, sino que se arruina también, y lo sabe el mundo y esto es en desprestigio de la Iglesia…. Empeñarse por los pobres…. Ser un tramposo de la caridad. Hombre, por Dios, ¿dónde vamos a parar? Cristo ha dicho: reparte tus bienes y sígueme, pero no ha dicho: reparte los bienes de los demás…».

—Hablas como un sabio, hijo mío, hablas como un sabio, y si no fuera indecoroso, pedía al ministro que me pusiera a descuento, a ver si me corregía.

Después entró en las oficinas De Pas y allí tuvieron motivo para acordarse mucho tiempo de la visita. Todo lo encontró mal; revolvió expedientes, descubrió abusos, sacudió polvo, amenazó con suspender sueldos, negó todo lo que pudo, preparó dos o tres castigos, para varios párrocos de aldea y por fin dijo, ya en la puerta, que «no daba un cuarto» para una suscripción de los marineros náufragos de Palomares.

—Señor—le dijo llorando un pobre pescador de barba blanca, con un gorro catalán en la mano—¡señor, que este año nos morimos de hambre! ¡que no da para borona la costera del besugo!…

Pero el Magistral salió sin responder siquiera, pensando en Ana y en Mesía; y a la media hora, cuando paseaba por el Espolón solo y a paso largo, olvidando el compás de su marcha ordinaria, le repetía en los sesos, no sabía qué voz: ¡besugo, besugo!

«¿Por qué se acordaba él del besugo?». Y encogió los hombros irritado también con aquella obsesión de estúpido.

—No faltaba más que ahora me volviera loco.

Pasaron ocho días y a la hora señalada Anita se presentó de rodillas ante la celosía del confesonario.

Después de la absolución enjugó una lágrima que caía por su mejilla, se levantó y salió al pórtico. Allí esperó al Magistral y juntos, cerca ya del obscurecer, llegaron a casa de doña Petronila.

Estaba sola el Gran Constantino; repasaba las cuentas de la Madre del Amor Hermoso, con sus ojazos de color de avellana asomados a los cristales de unas gafas de oro. Era muy morena, la frente muy huesuda, los párpados salientes, ceja gris espesa, como la gran mata de pelo áspero que ceñía su cabeza; barba redonda y carnosa, nariz de corrección insignificante, boca grande, labios pálidos y gruesos. Era alta, ancha de hombros, y su larga viudez casta parecía haber echado sobre su cuerpo algo como matorral de pureza que le daba cierto aspecto de virgen vetusta. El vestido era negro, hábito de los Dolores, con una correa de charol muy ancha y escudo de plata chillón, ostentoso, en la manga, ceñida a la muñeca de gañán con presillas de abalorios.

Estaba sentada delante de un escritorio de armario con figuras chinescas, doradas, incrustadas en la madera negra. Se levantó, abrazó a la Regenta y besó la mano del Magistral. Les suplicó, después de agradecer la sorpresa de la visita, que la dejasen terminar aquel embrollo de números; y dama y clérigo se vieron solos en el salón sombrío, de damasco verde obscuro y de papel gris y oro. Ana se sentó en el sofá, el Magistral a su lado en un sillón. Las maderas de los balcones entornados dejaban pasar rayos estrechos de la luz del día moribundo; apenas se veían Ana y De Pas. Del gabinete de la derecha salió un gato blanco, gordo, de cola opulenta y de curvas elegantes; se acercó al sofá paso a paso, levantó la cabeza perezoso, mirando a la Regenta, dejó oír un leve y mimoso quejido gutural, y después de frotar el lomo familiarmente contra la sotana del Provisor, salió al pasillo con lentitud, sin ruido, como si anduviera entre algodones. Ana tuvo aprensión de que olía a incienso el blanquísimo gato; de todas maneras, parecía un símbolo de la devoción doméstica de doña Petronila. En toda la casa reinaba el silencio de una caja almohadillada; el ambiente era tibio y estaba ligeramente perfumado por algo que olía a cera y a estoraque y acaso a espliego…. Ana sentía una somnolencia dulce pero algo alarmante; se estaba allí bien, pero se temía vagamente la asfixia.

Doña Petronila tardaba. Una criada, de hábito negro también, entró con una lámpara antigua de bronce, que dejó sobre un velador después de decir con voz de monja acatarrada: «¡Buenas noches!» sin levantar los ojos de la alfombra de fieltro, a cuadros verdes y grises.

Volvieron a quedar solos Ana y su confesor.

Interrumpiendo un silencio de algunos minutos dijo el Magistral con una voz que se parecía a la del gato blanco:

—No puede usted imaginar, amiguita mía, cuánto le agradezco esta resolución….

—Hubiera usted hablado antes…—Bastante he hablado, picarilla… —Pero no como hoy, nunca me dijo usted que era un desaire que yo le hacía y que ya sabían estas señoras el negarme a venir…. ¡Llovía tanto!… Ya sabe usted que a mí la humedad me mata, la calle mojada me horroriza…. Yo estoy enferma… sí, señor, a pesar de estos colores y de esta carne, como dice don Robustiano, estoy enferma; a veces se me figura que soy por dentro un montón de arena que se desmorona…. No sé cómo explicarlo… siento grietas en la vida… me divido dentro de mí… me achico, me anulo…. Si usted me viera por dentro me tendría lástima…. Pero, a pesar de todo eso, si usted me hubiese hablado como hoy antes, hubiese venido aunque fuera a nado. Sí, don Fermín, yo seré cualquier cosa, pero no desagradecida. Yo sé lo que debo a usted, y que nunca podré pagárselo. Una voz, una voz en el desierto solitario en que yo vivía, no puede usted figurarse lo que valía para mí… y la voz de usted vino tan a tiempo…. Yo no he tenido madre, viví como usted sabe… no sé ser buena; tiene usted razón, no quiero la virtud sino es pura poesía, y la poesía de la virtud parece prosa al que no es virtuoso… ya lo sé… Por eso quiero que usted me guíe…. Vendré a esta casa, imitaré a estas señoras, me ocuparé con la tarea que ellas me impongan…. Haré todo lo que usted manda; no ya por sumisión, por egoísmo, porque está visto que no sé disponer de mí; prefiero que me mande usted…. Yo quiero volver a ser una niña, empezar mi educación, ser algo de una vez, seguir siempre un impulso, no ir y venir como ahora…. Y además necesito curarme; a veces temo volverme loca…. Ya se lo he dicho a usted; hay noches que, desvelada en la cama, procuro alejar las ideas tristes pensando en Dios, en su presencia. «Si Él está aquí, ¿qué importa todo?». Esto me digo, pero no vale, porque, ya se lo he dicho, me saltan de repente en la cabeza, ideas antiguas, como dolores de llagas manoseadas, ideas de rebelión, argumentos impíos, preocupaciones necias, tercas, que no sé cuándo aprendí, que vagamente recuerdo haber oído en mi casa, cuando vivía mi padre. Y a veces se me antoja preguntarme, ¿si será Dios esta idea mía y nada más, este peso doloroso que me parece sentir en el cerebro cada vez que me esfuerzo por probarme a mí misma la presencia de Dios?…

—¡Anita, Anita… calle usted… calle usted, que se exalta! Sí, sí, hay peligro, ya lo veo, gran peligro… pero nos salvaremos, estoy seguro de ello; usted es buena, el Señor está con usted… y yo daría mi vida por sacarla de esas aprensiones…. Todo ello es enfermedad, es flato, nervios… ¿qué sé yo? Pero es material, no tiene nada que ver con el alma… pero el contacto es un peligro, sí, Anita; no ya por mí, por usted es necesario entrar en la vida devota práctica…. ¡Las obras, las obras, amiga mía! Esto es serio, necesitamos remedios enérgicos. Si a usted le repugnan a veces ciertas palabras, ciertas acciones de estas buenas señoras, no se deje llevar por la imaginación, no las condene ligeramente; perdone las flaquezas ajenas y piense bien, y no se cuide de apariencias…. Y ahora, hablando un poco de mí, ¡si usted pudiera penetrar en mi alma, Anita! yo sí que jamás podré pagarle esta hermosa resolución de esta tarde….

—¡Habló usted de un modo!

—Hablé con el alma…—Yo estaba siendo una ingrata sin saberlo….

—Pero al fin… vida nueva; ¿no es verdad, hija mía?

—Sí, sí, padre mío, vida nueva….

Callaron y se miraron. Don Fermín, sin pensar en contenerse, cogió una mano de la Regenta que estaba apoyada en un almohadón de crochet, y la oprimió entre las suyas sacudiéndola. Ana sintió fuego en el rostro, pero le pareció absurdo alarmarse. Los dos se habían levantado, y entonces entró doña Petronila, a quien dijo De Pas sin soltar la mano de la Regenta….

—Señora mía, llega usted a tiempo; usted será testigo de que la oveja ofrece solemnemente al pastor no separarse jamás del redil que escoge….

El Gran Constantino besó la frente de Ana.

Fue un beso solemne, apretado, pero frío…. Parecía poner allí el sello de una cofradía mojado en hielo.

23. febbraio 2012 · Write a comment · Categories: Clarín · Tags:

Al obscurecer de aquel mismo día, que era el de Difuntos, Petra anunció a la Regenta, que paseaba en el Parque, entre los eucaliptus de Frígilis, la visita del Sr. Magistral.

—Enciende la lámpara del gabinete y antes hazle pasar a la huerta…—dijo Ana sorprendida y algo asustada.

El Magistral pasó por el patio al

Parque. Ana le esperaba sentada dentro del cenador. «Estaba hermosa la tarde, parecía de septiembre; no duraría mucho el buen tiempo, luego se caería el cielo hecho agua sobre Vetusta…».

Todo esto se dijo al principio. Ana se turbó cuando el Magistral se atrevió a preguntarle por la jaqueca.

«¡Se había olvidado de su mentira!». Explicó lo mejor que pudo su presencia en el Parque a pesar de la jaqueca.

El Magistral confirmó su sospecha. Le había engañado su dulce amiga.

Estaba el clérigo pálido, le temblaba un poco la voz, y se movía sin cesar en la mecedora en que se le había invitado a sentarse.

Seguían hablando de cosas indiferentes y Ana esperaba con temor que don Fermín abordase el motivo de su extraordinaria visita.

El caso era que el motivo… no podía explicarse. Había sido un arranque de mal humor; una salida de tono que ya casi sentía, y cuya causa de ningún modo podía él explicar a aquella señora.

El Chato, el clérigo que servía de esbirro a doña Paula, tenía el vicio de ir al teatro disfrazado. Había cogido esta afición en sus tiempos de espionaje en el seminario; entonces el Rector le mandaba al paraíso para delatar a los seminaristas que allí viera; ahora el Chato iba por cuenta propia. Había estado en el teatro la noche anterior y había visto a la Regenta. Al día siguiente, por la mañana, lo supo doña Paula, y al comer, en un incidente de la conversación, tuvo habilidad para darle la noticia a su hijo.

—No creo que esa señora haya ido ayer al teatro.

—Pues yo lo sé por quien la ha visto.

El Magistral se sintió herido, le dolió el amor propio al verse en ridículo por culpa de su amiga. Era el caso que en Vetusta los beatos y todo el mundo devoto consideraban el teatro como recreo prohibido en toda la Cuaresma y algunos otros días del año; entre ellos el de Todos los Santos. Muchas señoras abonadas habían dejado su palco desierto la noche anterior, sin permitir la entrada en él a nadie para señalar así mejor su protesta. La de Páez no había ido, doña Petronila o sea El Gran Constantino, que no iba nunca, pero tenía abonadas a cuatro sobrinas, tampoco les había consentido asistir.

«Y Ana, que pasaba por hija predilecta de confesión del Magistral, por devota en ejercicio, se había presentado en el teatro en noche prohibida, rompiendo por todo, haciendo alarde de no respetar piadosos escrúpulos, pues precisamente ella no frecuentaba semejante sitio…. Y precisamente aquella noche…».

El Magistral había salido de su casa disgustado. «A él no le importaba que fuese o no al teatro por ahora, tiempo llegaría en que sería otra cosa; pero la gente murmuraría; don Custodio, el Arcediano, todos sus enemigos se burlarían, hablarían de la escasa fuerza que el Magistral ejercía sobre sus penitentes…. Temía el ridículo. La culpa la tenía él que tardaba demasiado en ir apretando los tornillos de la devoción a doña Ana».

Llegó a la sacristía y encontró al Arcipreste, al ilustre Ripamilán, disputando como si se tratara de un asalto de esgrima, con aspavientos y manotadas al aire; su contendiente era el Arcediano, el señor Mourelo, que con más calma y sonriendo, sostenía que la Regenta o no era devota de buena ley, o no debía haber ido al teatro en noche de Todos los Santos.

Ripamilán gritaba:—Señor mío, los deberes sociales están por encima de todo….

El Deán se escandalizó.

—¡Oh! ¡oh!—dijo—eso no, señor Arcipreste… los deberes religiosos… los religiosos… eso es….

Y tomó un polvo de rapé extraído con mal pulso de una caja de nácar. Así solía él terminar los períodos complicados.

—Los deberes sociales… son muy respetables en efecto—dijo el canónigo pariente del Ministro, a quien la proposición había parecido regalista, y por consiguiente digna de aprobación por parte de un primo del Notario mayor del reino.

—Los deberes sociales—replicó Glocester tranquilo, con almíbar en las palabras, pausadas y subrayadas—los deberes sociales, con permiso de usted, son respetabilísimos, pero quiere Dios, consiente su infinita bondad que estén siempre en armonía con los deberes religiosos….

—¡Absurdo!—exclamó Ripamilán dando un salto.

—¡Absurdo!—dijo el Deán, cerrando de un bofetón la caja de nácar.

—¡Absurdo!—afirmó el canónigo regalista.

—Señores, los deberes no pueden contradecirse; el deber social, por ser tal deber, no puede oponerse al deber religioso… lo dice el respetable Taparelli….

—¿Tapa qué?—preguntó el Deán—. No me venga usted con autores alemanes…. Este Mourelo siempre ha sido un hereje….

—Señores, estamos fuera de la cuestión—gritó Ripamilán—el caso es….

—No estamos tal—insistió Glocester, que no quería en presencia de don Fermín sostener su tesis de la escasa religiosidad de la Regenta.

Tuvo habilidad para llevar la disputa al terreno filosófico, y de allí al teológico, que fue como echarle agua al fuego. Aquellas venerables dignidades profesaban a la sagrada ciencia un respeto singular, que consistía en no querer hablar nunca de cosas altas.

A don Fermín le bastó lo que oyó al entrar en la sacristía para comprender que se había comentado lo del teatro. Su mal humor fue en aumento. «Lo sabía toda Vetusta, su influencia moral había perdido crédito… y la autora de todo aquello, tenía la crueldad de negarse a una cita». Él se la había dado para decirle que no debía confesar por las mañanas, sino de tarde, porque así no se fijaba en ellos el público de las beatas con atención exclusiva…. «Debe usted confesar entre todas, y además algunos días en que no se sabe que me siento; yo le avisaré a usted y entonces… podremos hablar más por largo». Todo esto había pensado decirle aquella tarde, y ella respondía que…. «¡estaba con jaqueca!».—En casa de Páez también le hablaron del escándalo del teatro. «Habían ido varias damas que habían prometido no ir; y había ido Ana Ozores que nunca asistía».

El Magistral salió de casa de Páez bufando; la sonrisa burlona de Olvido, que se celaba ya, le había puesto furioso….

Y sin pensar lo que hacía, se había ido derecho a la plaza Nueva, se había metido en la Rinconada y había llamado a la puerta de la Regenta…. Por eso estaba allí.

¿Quién iba a explicar semejante motivo de una visita?

Al ver que Ana había mentido, que estaba buena y había buscado un embuste para no acudir a su cita, el mal humor de D. Fermín rayó en ira y necesitó toda la fuerza de la costumbre para contenerse y seguir sonriente.

«¿Qué derechos tenía él sobre aquella mujer? Ninguno. ¿Cómo dominarla si quería sublevarse? No había modo. ¿Por el terror de la religión? Patarata. La religión para aquella señora nunca podría ser el terror. ¿Por la persuasión, por el interés, por el cariño? Él no podía jactarse de tenerla persuadida, interesada y menos enamorada de la manera espiritual a que aspiraba».

No había más remedio que la diplomacia. «Humíllate y ya te ensalzarás», era su máxima, que no tenía nada que ver con la promesa evangélica.

En vista de que los asuntos vulgares de conversación llevaban trazas de sucederse hasta lo infinito, el Magistral, que no quería marcharse sin hacer algo, puso término a las palabras insignificantes con una pausa larga y una mirada profunda y triste a la bóveda estrellada.—Estaba sentado a la entrada del cenador.

Ya había comenzado la noche, pero no hacía frío allí, o por lo menos no lo sentían. Ana había contestado a Petra, al anunciar esta que había luz en el gabinete:

—Bien; allá vamos. El Magistral había dicho que si doña Ana se sentía ya bien, no era malo estar al aire libre.

El silencio de don Fermín y su mirada a las estrellas indicaron a la dama que se iba a tratar de algo grave.

Así fue. El Magistral dijo:—Todavía no he explicado a usted por qué pretendía yo que fuese a la catedral esta tarde. Quería decirle, y por eso he venido, además de que me interesaba saber cómo seguía, quería decirle que no creo conveniente que usted confiese por la mañana.

Ana preguntó el motivo con los ojos.

—Hay varias razones: don Víctor, que, según usted me ha dicho, no gusta de que usted frecuente la iglesia y menos de que madrugue para ello, se alarmará menos si usted va de tarde… y hasta puede no saberlo siquiera muchas veces. No hay en esto engaño. Si pregunta, se le dice la verdad, pero si calla… se calla. Como se trata de una cosa inocente, no hay engaño ni asomo de disimulo.

—Eso es verdad.—Otra razón. Por la mañana yo confieso pocas veces, y esta excepción hecha ahora en favor de usted hace murmurar a mis enemigos, que son muchos y de infinitas clases.

—¿Usted tiene enemigos?—¡Oh, amiga mía! cuenta las estrellas si puedes—y señaló al cielo—el número de mis enemigos es infinito como las estrellas.

El Magistral sonrió como un mártir entre llamas.

Doña Ana sintió terribles remordimientos por haber engañado y olvidado a aquel santo varón, que era perseguido por sus virtudes y ni siquiera se quejaba. Aquella sonrisa, y la comparación de las estrellas le llegaron al alma a la Regenta. «¡Tenía enemigos!» pensó, y le entraron vehementes deseos de defenderle contra todos.

—Además—prosiguió don Fermín—hay señoras que se tienen por muy devotas, y caballeros, que se estiman muy religiosos, que se divierten en observar quién entra y quién sale en las capillas de la catedral; quién confiesa a menudo, quién se descuida, cuánto duran las confesiones… y también de esta murmuración se aprovechan los enemigos.

La Regenta se puso colorada sin saber a punto fijo por qué.

—De modo, amiga mía—continuó De Pas que no creía oportuno insistir en el último punto—de modo, que será mejor que usted acuda a la hora ordinaria, entre las demás. Y algunas veces, cuando usted tenga muchas cosas que decir, me avisa con tiempo y le señalo hora en un día de los que no me toca confesar. Esto no lo sabrá nadie, porque no han de ser tan miserables que nos sigan los pasos….

A la Regenta aquello de los días excepcionales le parecía más arriesgado que todo, pero no quiso oponerse al bendito don Fermín en nada.

—Señor, yo haré todo lo que usted diga, iré cuando usted me indique; mi confianza absoluta está puesta en usted. A usted solo en el mundo he abierto mi corazón, usted sabe cuanto pienso y siento… de usted espero luz en la obscuridad que tantas veces me rodea….

Ana al llegar aquí notó que su lenguaje se hacía entonado, impropio de ella, y se detuvo; aquellas metáforas parecían mal, pero no sabía decir de otro modo sus afanes, a no hablar con una claridad excesiva.

El Magistral, que no pensaba en la retórica, sintió un consuelo oyendo a su amiga hablar así.

Se animó… y habló de lo que le mortificaba.

—Pues, hija mía, usando o tal vez abusando de ese poder discrecional (sonrisa e inclinación de cabeza) voy a permitirme reñir a usted un poco….

Nueva sonrisa y una mirada sostenida, de las pocas que se toleraba.

Ana tuvo un miedo pueril que la embelleció mucho, como pudo notar y notó De Pas.

—Ayer ha estado usted en el teatro. La Regenta abrió los ojos mucho, como diciendo irreflexivamente:—¿Y eso qué?

—Ya sabe usted que yo, en general, soy enemigo de las preocupaciones que toman por religión muchos espíritus apocados…. A usted no sólo le es lícito ir a los espectáculos, sino que le conviene; necesita usted distracciones; su señor marido pide como un santo; pero ayer… era día prohibido.

—Ya no me acordaba…. Ni creía que…. La verdad… no me pareció…

—Es natural, Anita, es naturalísimo. Pero no es eso. Ayer el teatro era espectáculo tan inocente, para usted, como el resto del año. El caso es que la Vetusta devota, que después de todo es la nuestra, la que exagerando o no ciertas ideas, se acerca más a nuestro modo de ver las cosas… esa respetable parte del pueblo mira como un escándalo la infracción de ciertas costumbres piadosas….

Ana encogió los hombros. «No entendía aquello…. ¡Escándalo! ¡Ella que en el teatro había llegado, de idea grande en idea grande, a sentir un entusiasmo artístico religioso que la había edificado!».

El Magistral, con una mirada sola, comprendió que su cliente («él era un médico del espíritu») se resistía a tomar la medicina; y pensó, recordando la alegoría de la cuesta:—«No quiere tanta pendiente, hagámosela parecida a lo llano».

—Hija mía, el mal no está en que usted haya perdido nada; su virtud de usted no peligra ni mucho menos con lo hecho… pero… (vuelta al tono festivo) ¿y mi orgullito de médico? Un enfermo que se me rebela… ¡ahí es nada! Se ha murmurado, se ha dicho que las hijas de confesión del Magistral no deben de temer su manga estrecha cuando asisten al Don Juan Tenorio, en vez de rezar por los difuntos.

—¿Se ha hablado de eso?—¡Bah! En San Vicente, en casa de doña Petronila—que ha defendido a usted—y hasta en la catedral. El señor Mourelo dudaba de la piedad de doña Ana Ozores de Quintanar….

—¿De modo… que he sido imprudente… que he puesto a usted en ridículo?…

—¡Por Dios, hija mía! ¡dónde vamos a parar! ¡Esa imaginación, Anita, esa imaginación! ¿cuándo mandaremos en ella? ¡Ridículo! ¡Imprudente!… A mí no pueden ponerme en ridículo más actos que aquellos de que soy responsable, no entiendo el ridículo de otro modo… usted no ha sido imprudente, ha sido inocente, no ha pensado en las lenguas ociosas. Todo ello es nada, y figúrese usted el caso que yo haré de hablillas insustanciales…. Todo ha sido broma…; para llegar a un punto más importante, que atañe a lo que nos interesa, a la curación de su espíritu de usted… en lo que depende de la parte moral. Ya sabe que yo creo que un buen médico (no precisamente el señor Somoza, que es persona excelente y médico muy regular), podría ayudarme mucho.

Pausa. El Magistral deja de mirar a las estrellas, acerca un poco su mecedora a la Regenta y prosigue:

—Anita, aunque en el confesonario yo me atrevo a hablar a usted como un médico del alma, no sólo como sacerdote que ata y desata, por razones muy serias, que ya conoce usted; a pesar de que allí he llegado a conocer bastante aproximadamente a la realidad, lo que pasa por usted… sin embargo, creo…—le temblaba la voz; temía arriesgar demasiado—creo… que la eficacia de nuestras conferencias sería mayor, si algunas veces habláramos de nuestras cosas fuera de la Iglesia.

Anita, que estaba en la obscuridad, sintió fuego en las mejillas y por la primera vez, desde que le trataba, vio en el Magistral un hombre, un hombre hermoso, fuerte; que tenía fama entre ciertas gentes mal pensadas de enamorado y atrevido. En el silencio que siguió a las palabras del Provisor, se oyó la respiración agitada de su amiga.

D. Fermín continuó tranquilo:

—En la iglesia hay algo que impone reserva, que impide analizar muchos puntos muy interesantes; siempre tenemos prisa, y yo… no puedo prescindir de mi carácter de juez, sin faltar a mi deber en aquel sitio. Usted misma no habla allí con la libertad y extensión que son precisas para entender todo lo que quiere decir. Allí, además, parece ocioso hablar de lo que no es pecado o por lo menos camino de él; hacer la cuenta de las buenas cualidades, por ejemplo, es casi profanación, no se trata allí de eso; y, sin embargo, para nuestro objeto, eso es también indispensable. Usted que ha leído, sabe perfectamente que muchos clérigos que han escrito acerca de las costumbres y carácter de la mujer de su tiempo, han recargado las sombras, han llenado sus cuadros de negro… porque hablaban de la mujer del confesonario, la que cuenta sus extravíos y prefiere exagerarlos a ocultarlos, la que calla, como es allí natural, sus virtudes, sus grandezas. Ejemplo de esto pueden ser, sin salir de España, el célebre Arcipreste de Hita, Tirso de Molina y otros muchos….

Ana escuchaba con la boca un poco abierta. Aquel señor hablando con la suavidad de un arroyo que corre entre flores y arena fina, la encantaba. Ya no pensaba en las torpes calumnias de los enemigos del Magistral; ya no se acordaba de que aquel era hombre, y se hubiera sentado sin miedo, sobre sus rodillas, como había oído decir que hacen las señoras con los caballeros en los tranvías de Nueva—York.

—Pues bien—prosiguió don Fermín—nosotros necesitamos toda la verdad; no la verdad fea sólo, sino también la hermosa. ¿Para qué hemos de curar lo sano? ¿Para qué cortar el miembro útil? Muchas cosas, de las que he notado que usted no se atreve a hablar en la capilla, estoy seguro de que me las expondría aquí, por ejemplo, sin inconveniente… y esas confidencias amistosas, familiares, son las que yo echo de menos. Además, usted necesita no sólo que la censuren, que la corrijan, sino que la animen también, elogiando sincera y noblemente la mucha parte buena que hay en ciertas ideas y en los actos que usted cree completamente malos. Y en el confesonario no debe abusarse de ese análisis justo, pero en rigor, extraño al tribunal de la penitencia…. Y basta de argumentos; usted me ha entendido desde el primero perfectamente. Pero allá va el último, ahora que me acuerdo. De ese modo, hablando de nuestro pleito fuera de la catedral, no es preciso que usted vaya a confesar muy a menudo, y nadie podrá decir si frecuenta o no frecuenta el sacramento demasiado; y además, podemos despachar más pronto la cuenta de los pecados y pecadillos, los días de confesión.

El Magistral estaba pasmado de su audacia. Aquel plan, que no tenía preparado, que era sólo una idea vaga que había desechado mil veces por temeraria, había sido un atrevimiento de la pasión, que podía haber asustado a la Regenta y hacerla sospechar de la intención de su confesor. Después de su audacia el Magistral temblaba, esperando las palabras de Ana.

Ingenua, entusiasmada con el proyecto, convencida por las razones expuestas, habló la Regenta a borbotones; como solía de tarde en tarde, y dio a los motivos expuestos por su amigo, nueva fuerza con el calor de sus poéticas ideas.

Oh, sí, aquello era mejor; sin perjuicio de continuar en el templo la buena tarea comenzada, para dar a Dios lo que era de Dios, Ana aceptaba aquella amistad piadosa que se ofrecía a oír sus confidencias, a dar consejos, a consolarla en la aridez de alma que la atormentaba a menudo.

El Magistral oía ahora recogido en un silencio contemplativo; apoyaba la cabeza, oculta en la sombra, en una barra de hierro del armazón de la glorieta, en la que se enroscaban el jazmín y la madreselva; la locuacidad de Ana le sabía a gloria, las palabras expansivas, llenas de partículas del corazón de aquella mujer, exaltada al hablar de sus tristezas con la esperanza del consuelo, iban cayendo en el ánimo del Magistral como un riego de agua perfumada; la sequedad desaparecía, la tirantez se convertía en muelle flojedad. «¡Habla, habla así, se decía el clérigo, bendita sea tu boca!».

No se oía más que la voz dulce de Ana, y de tarde en tarde, el ruido de hojas que caían o que la brisa, apenas sensible aquella noche, removía sobre la arena de los senderos.

Ni el Magistral ni la Regenta se acordaban del tiempo.

—Sí, tiene usted cien veces razón—decía ella—yo necesito una palabra de amistad y de consejo muchos días que siento ese desabrimiento que me arranca todas las ideas buenas y sólo me deja la tristeza y la desesperación….

—Oh, no, eso no, Anita; ¡la desesperación! ¡qué palabra!

—Ayer tarde, no puede usted figurarse cómo estaba yo.

—Muy aburrida, ¿verdad? ¿Las campanas?…

El Magistral sonrió…—No se ría usted: serán los nervios, como dice Quintanar, o lo que se quiera, pero yo estaba llena de un tedio horroroso, que debía ser un gran pecado… si yo lo pudiera remediar.

—No debe decirse así—interrumpió el Magistral, poniendo en la voz la mayor suavidad que pudo—. No sería un pecado ese tedio si se pudiera remediar, sería un pecado si no se quisiera remediar; pero a Dios gracias se quiere y se puede curar… y de eso se trata, amiga mía.

Anita, a quien las confesiones emborrachaban, cuando sabía que entendía su confidente todo, o casi todo lo que ella quería dar a entender, se decidió a decir al Magistral lo demás, lo que había venido detrás del hastío de aquella tarde…. No ocultó sino lo que ella tenía por causa puramente ocasional; no habló de don Álvaro ni del caballo blanco.

—Otras veces—decía—aquella sequedad se convierte en llanto, en ansia de sacrificio, en propósitos de abnegación… usted lo sabe; pero ayer, la exaltación tomó otro rumbo… yo no sé… no sé explicarlo bien… si lo digo como yo puedo hablar… al pie de la letra es pecado, es una rebelión, es horrible… pero tal como yo lo sentía no….

El Magistral oyó entonces lo que pasó por el alma de su amiga durante aquellas horas de revolución, que Ana reputaba ya célebres en la historia de su solitario espíritu. Aunque ella no explicaba con exactitud lo que había sentido y pensado, él lo entendía perfectamente.

Más trabajo le costó adivinar cómo podía haber llegado Ana a pensar en Dios, a sentir tierna y profunda piedad con motivo de don Juan Tenorio.

«Ana decía que acaso estaba loca, pero que aquello no era nuevo en ella; que muchas veces le había sucedido en medio de espectáculos que nada tenían de religiosos, sentir poco a poco el influjo de una piedad consoladora, lágrimas de amor de Dios, esperanza infinita, caridad sin límites y una fe que era una evidencia…. Un día después de dar una peseta a un niño pobre para comprar un globo de goma, como otros que acababan de repartirse otros niños, había tenido que esconder el rostro para que no la viesen llorar; aquel llanto que era al principio muy amargo, después, por gracia de las ideas que habían ido surgiendo en su cerebro, había sido más dulce, y Dios había sido en su alma una voz potente, una mano que acariciaba las asperezas de dentro…. ¿Qué sabía ella? No podía explicarse». Y suplicaba al Magistral que la entendiese. «Pues la noche anterior había pasado algo por el estilo, al ver a la pobre novicia, a Sor Inés, caer en brazos de don Juan… ya veía el Magistral qué situación tan poco religiosa… pues bien, ella de una en otra, al sentir lástima de aquella inocente enamorada… había llegado a pensar en Dios, a amar a Dios, a sentir a Dios muy cerca… ni más ni menos que el día en que regaló a un niño pobre un globo de colores. ¿Qué era aquello? Demasiado sabía ella que no era piedad verdadera, que con semejantes arrebatos nada ganaba para con Dios… pero, ¿no serían tampoco más que nervios? ¿Serían indicios peligrosos de un espíritu aventurero, exaltado, torcido desde la infancia?».

«Había de todo». El Magistral, procurando vencer la exaltación que le había comunicado su amiga, quiso hablar con toda calma y prudencia. «Había de todo. Había un tesoro de sentimiento que se podía aprovechar para la virtud; pero había también un peligro. La noche anterior el peligro había sido grande (y esto lo decía sin saber palabra de la presencia de don Álvaro en el palco de Anita) y era necesario evitar la repetición de accesos por el estilo».

Había hablado la Regenta de ansiedades invencibles, del anhelo de volar más allá de las estrechas paredes de su caserón, de sentir más, con más fuerza, de vivir para algo más que para vegetar como otras; había hablado también de un amor universal, que no era ridículo por más que se burlasen de él los que no lo comprendían… había llegado a decir que sería hipócrita si aseguraba que bastaba para colmar los anhelos que sentía el cariño suave, frío, prosaico, distraído de Quintanar, entregado a sus comedias, a sus colecciones, a su amigo Frígilis y a su escopeta….

—Todo aquello—añadió el Magistral después de presentarlo en resumen—de puro peligroso rayaba en pecado.

—Sí, dicho así, como yo lo he dicho, sí… pero como lo siento, no; ¡oh! estoy segura de que, tal como lo siento, nada de lo que he dicho es pecado… sentirlo; ¡peligro habrá, no lo niego, pero pecado no! ¡Por lo demás (cambio de voz) dicho… hasta es ridículo, suena a romanticismo necio, vulgar, ya lo sé… pero no es eso, no es eso!

—Es que yo no lo entiendo como usted lo dice, sino como usted lo siente, amiga mía, es necesario que usted me crea; lo entiendo como es…. Pero así y todo, hay peligro que raya en pecado, por ser peligro…. Déjeme usted hablar a mí, Anita, y verá como nos entendemos. El peligro que hay, decía, raya en pecado… pero añado, será pecado claramente si no se aplica toda esa energía de su alma ardentísima a un objeto digno de ella, digno de una mujer honrada, Ana. Si dejamos que vuelvan esos accesos sin tenerles preparada tarea de virtud, ejercicio sano… ellos tomarán el camino de atajo, el del vicio; créalo usted, Anita. Es muy santo, muy bueno que usted, con motivo de dar a un niño un globo de colores, llegue a pensar en Dios, a sentir eso que llama usted la presencia de Dios; si algo de panteísmo puede haber en lo que usted dice, no es peligroso, por tratarse de usted, y yo me encargaría, en todo caso, de cortar ese mal de raíz; pero ahora no se trata de eso. No es santo, ni es bueno, amiga mía, que al ver a un libertino en la celda de una monja… o a la monja en casa del libertino y en sus brazos, usted se dedique a pensar en Dios, con ocasión del abrazo de aquellos sacrílegos amantes. Eso es malo, eso es despreciar los caminos naturales de la piedad, es despreciar con orgullo egoísta la sana moral, pretendiendo, por abismos y cieno y toda clase de podredumbre, llegar a donde los justos llegan por muy diferentes pasos. Dispénseme si hablo con esta severidad: en este momento es indispensable.

Hizo una pausa el Magistral para observar si Ana subía con dificultad aquella pendiente que le ponía en el camino.

Ana callaba, meditando las palabras del confesor, recogida, seria, abismada en sus reflexiones. Sin darse cuenta de ello, le agradaba aquella energía, complacíase en aquella oposición, estimaba más que halagos y elogios las frases fuertes, casi duras del Magistral.

El cual prosiguió, aflojando la cuerda:

—Es necesario, y urgente, muy urgente, aprovechar esas buenas tendencias, esa predisposición piadosa; que así la llamaré ahora, porque no es ocasión de explicar a usted los grados, caminos y descaminos de la gracia, materia delicadísima, peligrosa…. Decía que hay que aprovechar esas tendencias a la piedad y a la contemplación, que son en usted muy antiguas, pues ya vienen de la infancia, en beneficio de la virtud… y por medio de cosas santas. Aquí tiene usted el porqué de muchas ocupaciones del cristiano, el por qué del culto externo, más visible y hasta aparatoso en la religión verdadera que en las frías confesiones protestantes. Necesita usted objetos que le sugieran la idea santa de Dios, ocupaciones que le llenen el alma de energía piadosa, que satisfagan sus instintos, como usted dice, de amor universal…. Pues todo eso, hija mía, se puede lograr, satisfacer y cumplir en la vida, aparentemente prosaica y hasta cursi, como la llamaría doña Obdulia, de una mujer piadosa, de una… beata, para emplear la palabra fea, escandalosa. Sí, amiga mía—el Magistral reía al decir esto—lo que usted necesita, para calmar esa sed de amor infinito… es ser beata. Y ahora soy yo el que exige que usted me comprenda, y no me tome la letra y deje el espíritu. Hay que ser beata, es decir, no hay que contentarse con llamarse religiosa, cristiana, y vivir como un pagano, creyendo esas vulgaridades de que lo esencial es el fondo, que las menudencias del culto y de la disciplina quedan para los espíritus pequeños y comineros; no, hija mía, no, lo esencial es todo; la forma es fondo: y parece natural que Dios diga a una mujer que pretende amarle: «Hija, pues para acordarte de mí no debes necesitar que a Zorrilla se le haya ocurrido pintar los amores de una monja y un libertino; ven a mi templo, y allí encontrarán los sentidos incentivo del alma para la oración, para la meditación y para esos actos de fe, esperanza y caridad que son todo mi culto en resumen…».

Anita, al oír este familiar lenguaje, casi jocoso, del Magistral, con motivo de cosas tan grandes y sublimes, sintió lágrimas y risas mezcladas, y lloró riendo como Andrómaca.

La noche corría a todo correr. La torre de la catedral, que espiaba a los interlocutores de la glorieta desde lejos, entre la niebla que empezaba a subir por aquel lado, dejó oír tres campanadas como un aviso. Le parecía que ya habían hablado bastante. Pero ellos no oyeron la señal de la torre que vigilaba.

Petra fue la que dijo, para sí, desde la sombra del patio:

—¡Las ocho menos cuarto! Y no llevan traza de callarse….

La doncella ardía de curiosidad, aventuraba algunos pasos de puntillas hacia la glorieta, esquivando tropezar con las hojas secas para no hacer ruido; pero tenía miedo de ser vista y retrocedía hasta el patio, desde donde no podía oír más que un murmullo, no palabras. Sintió que Anselmo abría la puerta del zaguán y que el amo subía. Corrió Petra a su encuentro. Si le preguntaba por la señora, estaba dispuesta a mentir, a decir que había subido al segundo piso, a los desvanes, donde quiera, a tal o cual tarea doméstica; iba preparada a ocultar la visita del Magistral sin que nadie se lo hubiera mandado; pero creía llegado el caso de adelantarse a los deseos del ama y de su amigo don Fermín. «¿No le habían hecho llevar cartas sin necesidad de que lo supiera don Víctor? ¿Pues qué necesidad había de que supiera que llevaban más de una hora de palique en el cenador, y a obscuras?».

Quintanar no preguntó por su mujer; no era esto nuevo en él; solía olvidarla, sobre todo cuando tenía algo entre manos. Pidió luz para el despacho, se sentó a su mesa, y separando libros y papeles, dejó encima del pupitre un envoltorio que tenía debajo del brazo. Era una máquina de cargar cartuchos de fusil. Acababa de apostar con Frígilis que él hacía tantas docenas de cartuchos en una hora, y venía dispuesto a intentar la prueba. No pensaba en otra cosa. Llegó la luz. Quintanar miró con ojos penetrantes de puro distraídos a Petra. La doncella se turbó.

—Oye.—¿Señor?…—Nada…. Oye…—¿Señor?…—¿Anda ese reloj? —Sí, señor, le ha dado usted cuerda ayer….

—¿De modo que son las ocho menos diez?

—Sí, señor…. Petra temblaba, pero seguía dispuesta a mentir si le preguntaba por el ama.

—Bien; vete. Y don Víctor se puso a atacar con rapidez cartuchos y más cartuchos.

En tanto el Magistral había explicado latamente lo que quería dar a entender con lo de la vida beata.

«Era ya tiempo de que Ana procurase entrar en el camino de la perfección; los trabajos preparativos ya podían darse por hechos; si otras iban a la iglesia, a las cofradías y demás lugares ordinarios de la vida devota con un espíritu rutinario que hacía nulas respecto a la perfección moral aquellas prácticas piadosas; ella, Ana, podía sacar gran utilidad para la ocupación digna de su alma de aquellos mismos lugares y quehaceres. ¿Qué había sido Santa Teresa? Una monja, una fundadora de conventos; ¿cuántas monjas había habido que no habían pasado de ser mujeres vulgares? La vida de una monja puede caer en la rutina también, ser poco meritoria a los ojos de Dios, y nada útil para satisfacer las ansias de un alma ardiente. Y, sin embargo, a la Santa Doctora; ¿qué mundos tan grandes, qué Universo de soles no la había dado aquella vida del claustro? La gran actividad va en nosotros mismos, si somos capaces de ella. Pero hay que buscar la ocasión en las ocupaciones de la vida buena. Era necesario que Anita frecuentase en adelante las fiestas del culto; que oyese más sermones, más misas, que asistiera a las novenas, que fuese de la sociedad de San Vicente, pero socia activa, que visitara a los enfermos y los vigilara, que entrase en el Catecismo; al principio tales ocupaciones podrían parecerla pesadas, insustanciales, prosaicas, desviadas del camino que conduce a la vida de la piedad acendrada, pero poco a poco iría tomando el gusto a tan humildes menesteres; iría penetrando los misteriosos encantos de la oración, del culto público, que si parece hasta frívolo pasatiempo en las almas tibias, en el vulgo de los fieles, que están en el templo nada más con los sentidos, es edificante espectáculo para quien siente devoción profunda».

—Verá usted—decía el Magistral—como llega un día en que no necesita a Zorrilla ni poeta nacido para llorar de ternura y elevarse, de una en otra, como usted dice, hasta la idea santa de Dios. ¡Tiene la Iglesia, amiga mía, tal sagacidad para buscar el camino de las entrañas! Verá usted, verá usted cómo reconoce la sabiduría de Nuestra Madre en muchos ritos, en muchas ceremonias y pompas del culto que ahora pueden antojársele indiferentes, insignificantes. ¡Nuestras fiestas! ¡Qué cosa más hermosa, querida hija mía! Llegará, por ejemplo, la Noche-buena y usted empleará su imaginación poderosa en representarse las escenas de pura poesía del Nacimiento de Jesús…. Volverán a ser para usted las que ya parecían vulgaridades de villancicos, grandes poemas, manantial de ternura, y llorará pensando en el Niño Dios…. Y usted me dirá entonces si aquellas lágrimas son más dulces y frescas que las que anoche le arrancaba el bueno de don Juan Tenorio….

—A los sermones de cualquiera, no hay para qué ir—prosiguió De Pas—por más que a veces la palabra de un pobre cura de aldea encierra en su sencillez tosca tesoros de verdad, enseñanzas lacónicas admirables, rasgos de filosofía profunda y sincera, parábolas nuevas dignas de la Biblia; pero como esto es pocas veces, conviene acudir a los sermones de oradores acreditados. Oiga usted al señor Obispo en los días que él quiere lucirse…. Oiga usted… a otros buenos predicadores que hay…. Y si no fuera vanidad intolerable, añadiría óigame usted a mí algunos días de los que Dios quiere que no me explique mal del todo. Sí, porque así como hay cosas que no pueden decirse desde el púlpito, que exigen el confesonario o la conferencia familiar, hay otras que piden la cátedra, que sería ridículo decirlas de silla a silla… por ejemplo, algo de lo que yo tengo que advertir a usted respecto de esas vagas y aparentes visiones de Dios en idea… tocadas, hija mía, de panteísmo, sin que usted se dé cuenta de ello.

Más habló el Magistral para exponer el plan de vida devota a que había de entregarse en cuerpo y alma su amiga desde el día siguiente, y terminó tratando con detenimiento especial la cuestión de las lecturas.

Recomendó particularmente la vida de algunos santos y las obras de Santa Teresa y algunos místicos.

«Basta con leer la vida de la Santa Doctora y la de María de Chantal, Santa Juana Francisca, por supuesto, sabiendo leer entre líneas, para perfeccionarse, no al principio, sino más adelante. Al principio es un gran peligro el desaliento que produce la comparación entre la propia vida y la de los santos. ¡Ay de usted si desmaya porque ve que para Teresa son pecados muchos actos que usted creía dignos de elogio! Pasará usted la vergüenza de ver que era vanidad muy grande creerse buena mucho antes de serlo, tomar por voces de Dios voces que la Santa llama del diablo… pero en estos pasajes no hay que detenerse…. No hay que comparar… hay que seguir leyendo… y cuando se haya vivido algún tiempo dentro de la disciplina sana… vuelta a leer, y cada vez el libro sabrá mejor, y dará más frutos.

»Si nos proponemos llegar a ser una Santa Teresa, ¡adiós todo! se ve la infinita distancia y no emprendemos el camino. A dónde se ha de llegar, eso Dios lo dirá después; ahora andar, andar hacia adelante es lo que importa.

»Y a todo esto ¿hemos de vestir de estameña, y mostrar el rostro compungido, inclinado al suelo, y hemos de dar tormento al marido con la inquisición en casa, y con el huir los paseos, y negarse al trato del mundo? Dios nos libre, Anita, Dios nos libre…. La paz del hogar no es cosa de juego…. ¿Y la salud? la salud del cuerpo, ¿dónde la dejamos? ¿Pues no se trataba de ponernos en cura? ¿No estábamos ahora hablando del espíritu y su remedio? Pues el cuerpo quiere aire libre, distracciones honestas, y todo eso ha de continuar en el grado que se necesite y que indicarán las circunstancias.

Una ráfaga de aire frío hizo temblar a la Regenta y arremolinó hojas secas a la entrada del cenador. El Magistral se puso en pie, como si le hubieran pinchado, y dijo con voz de susto:

—¡Caramba! debe de ser muy tarde. Nos hemos entretenido aquí charlando… charlando…

«No le haría gracia que don Víctor los encontrase a tales horas en el parque, dentro del cenador solos y a la luz de las estrellas…». Pero esto que pensó se guardó de decirlo. Salió de la glorieta hablando en voz alta, pero no muy alta, aparentando no temer al ruido, pero temiéndolo.

Ana salió tras él, ensimismada, sin acordarse de que había en el mundo maridos, ni días, ni noches, ni horas, ni sitios inconvenientes para hablar a solas con un hombre joven, guapo, robusto, aunque sea clérigo.

El Magistral, como equivocando el camino, se dirigió hacia la puerta del patio, aunque parecía lo natural subir por la escalera de la galería y pasar por las habitaciones de Quintanar.

En el patio estaba Petra, como un centinela, en el mismo sitio en que había recibido al Provisor.

—¿Ha venido el señor?—preguntó la Regenta.

—Sí, señora—respondió en voz baja la doncella—; está en su despacho.

—¿Quiere usted verle?—dijo Ana volviéndose al Magistral.

Don Fermín contestó:—Con mucho gusto…—¡Disimulan, disimulan conmigo!—, pensó Petra con rabia.

—Con mucho gusto… si no fuera tan tarde… debía estar a las ocho en palacio… y van a dar las ocho y media… no puedo detenerme… salúdele usted de mi parte.

—Como usted quiera.—Además, estará abismado en sus trabajos… no quiero distraerle… saldré por aquí… Buenas noches, señora, muy buenas noches.

—Disimulan—volvió a pensar Petra, mientras abría la puerta que conducía al zaguán.

Entonces, el Magistral se acercó a la Regenta y deprisa y en voz baja dijo:

—Se me había olvidado advertirle que… el lugar más a propósito para… verse… es en casa de doña Petronila. Ya hablaremos.

—Bien—contestó la Regenta.—Lo he pensado, es el mejor.—Sí, sí, tiene usted razón.

Subió Ana por la escalera principal y salió al portal don Fermín. En la puerta se detuvo, miró a Petra mientras se embozaba, y la vio con los ojos fijos en el suelo, con una llave grande en la mano, esperando a que pasara él para cerrar. Parecía la estatua del sigilo. De Pas la acarició con una palmadita familiar en el hombro y dijo sonriendo:

—Ya hace fresco, muchacha. Petra le miró cara a cara y sonrió con la mayor gracia que supo y sin perder su actitud humilde.

—¿Estás contenta con los señores?

—Doña Ana es un ángel.

—Ya lo creo. Adiós, hija mía, adiós; sube, sube, que aquí hay corrientes… y estás muy coloradilla… debes de tener calor….

—Salga usted, salga usted, y por mí no tema.

—Cierra ya, hija mía, puedes cerrar.

—No señor, si cierro no verá usted bien hasta llegar a la esquina….

—Muchas gracias… adiós, adiós.

—Buenas noches, D. Fermín. Esto lo dijo Petra muy bajo, sacando la cabeza fuera del portal, y cerró con gran cuidado de no hacer cualquier ruido.

«¡D. Fermín!» pensó el Magistral. «¿Por qué me llama esta D. Fermín? ¿Qué se habrá figurado? Mejor, mejor…. Sí, mejor. Conviene tenerla propicia como a la otra».

La otra era Teresina, su criada. Petra subió y se presentó en el tocador de doña Ana sin ser llamada.

—¿Qué quieres?—preguntó el ama, que se estaba embozando en su chal porque sentía mucho frío.

—El señor no me ha preguntado por la señora. Yo no le he dicho… que estaba aquí D. Fermín.

—¿Quién?—Don Fermín.—¡Ah! Bien, bien… ¿para qué? ¿qué importa?

Petra se mordió los labios y dio media vuelta murmurando:

—¡Orgullosa! ¿si creerá que no tenemos ojos?… Pues si a una no le diera la gana… pero yo lo hago por el otro….

Sí, Petra lo hacía por el otro, por el Magistral, a quien quería agradar a toda costa. Tenía sus planes la rubia lúbrica.

Don Víctor Quintanar se presentó media hora después a su mujer con manchas de pólvora en la frente y en las mejillas.

No supo nada de la visita nocturna del Magistral. «No preguntó nada: ¿para qué decírselo?».

A la mañana siguiente, antes de salir el sol, Frígilis entró en el Parque de Ozores por la puerta de atrás, con la llave que él tenía para su uso particular. El amigo íntimo de Quintanar, era el dictador en aquel pueblo de árboles y arbustos. Los días que no iban de caza, el señor Crespo se los pasaba recorriendo sus dominios, que así llamaba al parque de Quintanar; podaba, injertaba, plantaba o trasplantaba, según las estaciones y otras circunstancias. Estaba prohibido a todo el mundo, incluso al dueño del bosque, tocar en una hoja. Allí mandaba Frígilis y nadie más. En cuanto entró, se dirigió al cenador. Recordaba haber dejado encima de la mesa de mármol o de un banco, en fin, allí dentro, unas semillas preparadas para mandar a cierta exposición de floricultura. Buscó, y sobre una mecedora encontró un guante de seda morada entre las semillas esparcidas y mezcladas sobre la paja y por el suelo.

Soltó un taco madrugador y cogió el guante con dos dedos, levantándolo hasta los ojos.

—¿Quién diablos ha andado aquí?—preguntó a las auras matutinas.

Guardó el guante en un bolsillo, recogió las semillas que no había llevado el viento, y con gran cuidado volvió a escoger y separar los granos. Se trataba de una singularísima especie de pensamientos monocromos, invención suya.

Cuando sintió ruido en la casa, llamó a gritos.

—¡Anselmo, Petra, Servanda, Petra!…

Apareció Petra con el cabello suelto, en chambra, y mal tapada con un mantón viejo del ama. Parecía la aurora de las doradas guedejas; pero Frígilis, mal humorado, se encaró con la aurora.

—Oye, tú, buena pécora, ¿qué demonio de obispo entra aquí por la noche a destrozarme las semillas?…

—¿Qué dice usted que no le entiendo?—contestó Petra desde el patio.

—Digo que ayer me retiré yo de la huerta cerca del obscurecer, que dejé allá dentro unas semillas envueltas en un papel… y ahora me encuentro la simiente revuelta con la tierra en el suelo, y sobre una butaca este guante de canónigo…. ¿Quién ha estado aquí de noche?

—¡De noche! Usted sueña, D. Tomás.

—¡Ira de Dios! De noche digo….

—A ver el guante…—Toma—contestó Frígilis, arrojando desde lejos la prenda….

—Pues… ¡está bueno! ja, ja, ja… buen canónigo te dé Dios…. Lo que entiende usted de modas, don Tomás…. ¿Pues no dice que es un guante de canónigo?…

—¿Pues de quién es?—De mi señora…. No ve usted la mano… qué chiquita… a no ser que haya canónigas también.

—¿Y se usan ahora guantes morados?

—Pues claro… con vestidos de cierto color….

Frígilis encogió los hombros.

—Pero mis semillas, mis semillas ¿quién me las ha echado a rodar?

—El gato, ¿qué duda tiene? el gatito pequeño, el moreno, el mismo que habrá llevado el guante a la glorieta… ¡es lo más urraca!…

En la pajarera de Quintanar cantó un jilguero.

—¡El gato! ¡El moreno!…—dijo Frígilis, moviendo la cabeza—qué gato… ni qué…

Una sonrisa seráfica iluminó su rostro de repente, y volviéndose a Petra, señaló a la galería:

—¡Es mi macho! ¡es mi macho! ¿oyes? estoy seguro… ¡es mi macho!… y tu amo que decía… que su canario… que iba a cantar primero… oyes… ¿oyes? es mi macho, se lo he prestado quince días para que lo viese vencer… ¡es mi macho!

Frígilis olvidó el guante y el gato, y quedó arrobado oyendo el repiqueteo estridente, fresco, alegre del jilguero de sus amores.

Petra escondió en el seno de nieve apretada el guante morado del Magistral.

22. febbraio 2012 · Write a comment · Categories: Clarín · Tags:

Con Octubre muere en Vetusta el buen tiempo. Al mediar Noviembre suele lucir el sol una semana, pero como si fuera ya otro sol, que tiene prisa y hace sus visitas de despedida preocupado con los preparativos del viaje del invierno. Puede decirse que es una ironía de buen tiempo lo que se llama el veranillo de San Martín. Los vetustenses no se fían de aquellos halagos de luz y calor y se abrigan y buscan su manera peculiar de pasar la vida a nado durante la estación odiosa que se prolonga hasta fines de Abril próximamente. Son anfibios que se preparan a vivir debajo del agua la temporada que su destino les condena a este elemento. Unos protestan todos los años haciéndose de nuevas y diciendo: «¡Pero ve usted qué tiempo!». Otros, más filósofos, se consuelan pensando que a las muchas lluvias se debe la fertilidad y hermosura del suelo. «O el cielo o el suelo, todo no puede ser».

Ana Ozores no era de los que se resignaban. Todos los años, al oír las campanas doblar tristemente el día de los Santos, por la tarde, sentía una angustia nerviosa que encontraba pábulo en los objetos exteriores, y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno, de otro invierno húmedo, monótono, interminable, que empezaba con el clamor de aquellos bronces.

Aquel año la tristeza había aparecido a la hora de siempre.

Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de estaño, la taza y la copa en que había tomado café y anís don Víctor, que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había servido para uno y que ya no podía servir para otro.

Todas estas locuras las pensaba, sin querer, con mucha formalidad. Las campanas comenzaron a sonar con la terrible promesa de no callarse en toda la tarde ni en toda la noche. Ana se estremeció. Aquellos martillazos estaban destinados a ella; aquella maldad impune, irresponsable, mecánica del bronce repercutiendo con tenacidad irritante, sin por qué ni para qué, sólo por la razón universal de molestar, creíala descargada sobre su cabeza. No eran fúnebres lamentos, las campanadas como decía Trifón Cármenes en aquellos versos del Lábaro del día, que la doncella acababa de poner sobre el regazo de su ama; no eran fúnebres lamentos, no hablaban de los muertos, sino de la tristeza de los vivos, del letargo de todo; ¡tan, tan, tan! ¡cuántos! ¡cuántos! ¡y los que faltaban! ¿qué contaban aquellos tañidos? tal vez las gotas de lluvia que iban a caer en aquel otro invierno.

La Regenta quiso distraerse, olvidar el ruido inexorable, y miró El Lábaro. Venía con orla de luto. El primer fondo, que, sin saber lo que hacía, comenzó a leer, hablaba de la brevedad de la existencia y de los acendrados sentimientos católicos de la redacción. «¿Qué eran los placeres de este mundo? ¿Qué la gloria, la riqueza, el amor?». En opinión del articulista, nada; palabras, palabras, palabras, como había dicho Shakespeare. Sólo la virtud era cosa sólida. En este mundo no había que buscar la felicidad, la tierra no era el centro de las almas decididamente. Por todo lo cual lo más acertado era morirse; y así, el redactor, que había comenzado lamentando lo solos que se quedaban los muertos, concluía por envidiar su buena suerte. Ellos ya sabían lo que había más allá, ya habían resuelto el gran problema de Hamlet: to be or not to be. ¿Qué era el más allá? Misterio. De todos modos el articulista deseaba a los difuntos el descanso y la gloria eterna. Y firmaba: «Trifón Cármenes». Todas aquellas necedades ensartadas en lugares comunes; aquella retórica fiambre, sin pizca de sinceridad, aumentó la tristeza de la Regenta; esto era peor que las campanas, más mecánico, más fatal; era la fatalidad de la estupidez; y también ¡qué triste era ver ideas grandes, tal vez ciertas, y frases, en su original sublimes, allí manoseadas, pisoteadas y por milagros de la necedad convertidas en materia liviana, en lodo de vulgaridad y manchadas por las inmundicias de los tontos!… «¡Aquello era también un símbolo del mundo; las cosas grandes, las ideas puras y bellas, andaban confundidas con la prosa y la falsedad y la maldad, y no había modo de separarlas!». Después Cármenes se presentaba en el cementerio y cantaba una elegía de tres columnas, en tercetos entreverados de silva. Ana veía los renglones desiguales como si estuvieran en chino; sin saber por qué, no podía leer; no entendía nada; aunque la inercia la obligaba a pasar por allí los ojos, la atención retrocedía, y tres veces leyó los cinco primeros versos, sin saber lo que querían decir…. Y de repente recordó que ella también había escrito versos, y pensó que podían ser muy malos también. «¿Si habría sido ella una Trifona? Probablemente; ¡y qué desconsolador era tener que echar sobre sí misma el desdén que mereciera todo! ¡Y con qué entusiasmo había escrito muchas de aquellas poesías religiosas, místicas, que ahora le aparecían amaneradas, rapsodias serviles de Fray Luis de León y San Juan de la Cruz! Y lo peor no era que los versos fueran malos, insignificantes, vulgares, vacíos… ¿y los sentimientos que los habían inspirado? ¿Aquella piedad lírica? ¿Había valido algo? No mucho cuando ahora, a pesar de los esfuerzos que hacía por volver a sentir una reacción de religiosidad…. ¿Si en el fondo no sería ella más que una literata vergonzante, a pesar de no escribir ya versos ni prosa? ¡Sí, sí, le había quedado el espíritu falso, torcido de la poetisa, que por algo el buen sentido vulgar desprecia!».

Como otras veces, Ana fue tan lejos en este vejamen de sí misma, que la exageración la obligó a retroceder y no paró hasta echar la culpa de todos sus males a Vetusta, a sus tías, a D. Víctor, a Frígilis, y concluyó por tenerse aquella lástima tierna y profunda que la hacía tan indulgente a ratos para con los propios defectos y culpas.

Se asomó al balcón. Por la plaza pasaba todo el vecindario de la Encimada camino del cementerio, que estaba hacia el Oeste, más allá del Espolón sobre un cerro. Llevaban los vetustenses los trajes de cristianar; criadas, nodrizas, soldados y enjambres de chiquillos eran la mayoría de los transeúntes; hablaban a gritos, gesticulaban alegres; de fijo no pensaban en los muertos. Niños y mujeres del pueblo pasaban también, cargados de coronas fúnebres baratas, de cirios flacos y otros adornos de sepultura. De vez en cuando un lacayo de librea, un mozo de cordel atravesaban la plaza abrumados por el peso de colosal corona de siemprevivas, de blandones como columnas, y catafalcos portátiles. Era el luto oficial de los ricos que sin ánimo o tiempo para visitar a sus muertos les mandaban aquella especie de besa-la-mano. Las personas decentes no llegaban al cementerio; las señoritas emperifolladas no tenían valor para entrar allí y se quedaban en el Espolón paseando, luciendo los trapos y dejándose ver, como los demás días del año. Tampoco se acordaban de los difuntos; pero lo disimulaban; los trajes eran obscuros, las conversaciones menos estrepitosas que de costumbre, el gesto algo más compuesto…. Se paseaba en el Espolón como se está en una visita de duelo en los momentos en que no está delante ningún pariente cercano del difunto. Reinaba una especie de discreta alegría contenida. Si en algo se pensaba alusivo a la solemnidad del día era en la ventaja positiva de no contarse entre los muertos. Al más filósofo vetustense se le ocurría que no somos nada, que muchos de sus conciudadanos que se paseaban tan tranquilos, estarían el año que viene con los otros; cualquiera menos él.

Ana aquella tarde aborrecía más que otros días a los vetustenses; aquellas costumbres tradicionales, respetadas sin conciencia de lo que se hacía, sin fe ni entusiasmo, repetidas con mecánica igualdad como el rítmico volver de las frases o los gestos de un loco; aquella tristeza ambiente que no tenía grandeza, que no se refería a la suerte incierta de los muertos, sino al aburrimiento seguro de los vivos, se le ponían a la Regenta sobre el corazón, y hasta creía sentir la atmósfera cargada de hastío, de un hastío sin remedio, eterno. Si ella contara lo que sentía a cualquier vetustense, la llamaría romántica; a su marido no había que mentarle semejantes penas; en seguida se alborotaba y hablaba de régimen, y de programa y de cambiar de vida. Todo menos apiadarse de los nervios o lo que fuera.

Aquel programa famoso de distracciones y placeres formado entre Quintanar y Visitación, había empezado a caer en desuso a los pocos días, y apenas se cumplía ya ninguna de sus partes. Al principio Ana se había dejado llevar a paseo, a todos los paseos, al teatro, a la tertulia de Vegallana, a las excursiones campestres; pero pronto se declaró cansada y opuso una resistencia pasiva que no pudieron vencer D. Víctor y la del Banco.

Visita encogía los hombros. «No se explicaba aquello. ¡Qué mujer era Ana! Ella estaba segura de que Álvaro le parecía retebién, Álvaro seguía su persecución con gran maña, lo había notado, ella le ayudaba, Paquito le ayudaba, el bendito D. Víctor ayudaba también sin querer… y nada. Mesía preocupado, triste, bilioso, daba a entender, a su pesar, que no adelantaba un paso. ¿Andaría el Magistral en el ajo?». Visita se impuso la obligación de espiar la capilla del Magistral; se enteró bien de las tardes que se sentaba en el confesonario, y se daba una vuelta por allí, mirando por entre las rejas con disimulo para ver si estaba la otra. Después averiguó que la habían visto confesando por la mañana a las siete. «¡Hola! allí había gato». No presumía la del Banco las atrocidades que se le habían pasado por la imaginación a Mesía; no pensaba, Dios la librara, que Ana fuera capaz de enamorarse de un cura como la escandalosa Obdulia o la de Páez, tonta y maniática que despreciaba las buenas proporciones y cuando chica comía tierra; Ana era también romántica (todo lo que no era parecerse a ella lo llamaba Visita romanticismo), pero de otro modo; no, no había que temer, sobre todo tan pronto, una pasión sacrílega; pero lo que ella temía era que el Provisor, por hacer guerra al otro—las razones de pura moralidad no se le ocurrían a la del Banco—empleara su grandísimo talento en convertir a la Regenta y hacerla beata. ¡Qué horror! Era preciso evitarlo. Ella, Visita, no quería renunciar al placer de ver a su amiga caer donde ella había caído; por lo menos verla padecer con la tentación. Nunca se le había ocurrido que aquel espectáculo era fuente de placeres secretos intensos, vivos como pasión fuerte; pero ya que lo había descubierto, quería gozar aquellos extraños sabores picantes de la nueva golosina. Cuando observaba a Mesía en acecho, cazando, o preparando las redes por lo menos, en el coto de Quintanar, Visitación sentía la garganta apretada, la boca seca, candelillas en los ojos, fuego en las mejillas, asperezas en los labios. «Él dirá lo que quiera, pero está chiflado», pensaba con un secreto dolor que tenía en el fondo una voluptuosidad como la produce una esencia muy fuerte; aquellos pinchazos que sentía en el orgullo, y en algo más guardado, más de las entrañas, los necesitaba ya, como el vicioso el vicio que le mata, que le lastima al gozarlo; era el único placer intenso que Visitación se permitía en aquella vida tan gastada, tan vulgar, de emociones repetidas. El dulce no la empalagaba, pero ya le sabía poco a dulce; aquella nueva pasioncilla era cosa más vehemente. Quería ver a la Regenta, a la impecable, en brazos de D. Álvaro; y también le gustaba ver a D. Álvaro humillado ahora, por más que deseara su victoria, no por él, sino por la caída de la otra. Inventó muchos medios para hacerles verse y hablarse sin que ellos lo buscasen, al menos sin que lo buscase Ana. Paco, sin la mala intención de Visita, la ayudaba mucho en tal empresa. Aunque en la primer ocasión oportuna D. Álvaro se había hecho ofrecer por el mismo Quintanar el caserón de los Ozores, y ya había aventurado algunas visitas, comprendió que por entonces no debía ser aquel el teatro de sus tentativas, y donde se insinuaba era en el Espolón, con miradas y otros artificios de poco resultado, o en casa de Vegallana y en las excursiones al Vivero con más audacia, aunque no mucha, pero con escasa fortuna. Ana ponía todas las fuerzas de su voluntad en demostrar a D. Álvaro que no le temía. Le esperaba siempre, desafiaba sus malas artes; sin jactancia le daba a entender que le tenía por inofensivo.

Las excursiones al Vivero se habían repetido con frecuencia durante todo Octubre. Ana veía a Edelmira y a Obdulia, que se había declarado maestra de la niña colorada y fuerte, correr como locas por el bosque de robles seculares perseguidas por Paco Vegallana, Joaquín Orgaz y otros íntimos; veíalas arrojarse intrépidas al pozo que estaba cegado y embutido con hierba seca, y en estas y otras escenas de bucólica picante llenas de alegría, misteriosos gritos, sorpresas, sustos, saltos, roces y contactos, no había encontrado más que una tentación grosera, fuerte al acercarse a ella, al tocarla, pero repugnante de lejos, vista a sangre fría. D. Álvaro había notado que por este camino poco se podría adelantar, por ahora, con la Regenta.—Nada más ridículo en Vetusta que el romanticismo. Y se llamaba romántico todo lo que no fuese vulgar, pedestre, prosaico, callejero. Visita era el papa de aquel dogma anti-romántico. Mirar a la luna medio minuto seguido era romanticismo puro; contemplar en silencio la puesta del sol… ídem; respirar con delicia el ambiente embalsamado del campo a la hora de la brisa… ídem; decir algo de las estrellas… ídem; encontrar expresión amorosa en las miradas, sin necesidad de ponerse al habla… ídem; tener lástima de los niños pobres… ídem; comer poco… ¡oh! esto era el colmo del romanticismo.

—La de Páez no come garbanzos—decía Visita—porque eso no es romántico.

La repugnancia que por los juegos locos del Vivero sentía Anita, era romanticismo refinado en opinión de la del Banco. Se lo decía ella a don Álvaro:

—Mira, chico, eso es hacer la tonta, la literata, la mujer superior, la platónica…. Que yo me escame y no deje acercarse a esos mocosos que luego se van dando pisto al Casino con sus demasías, no tiene nada de particular, porque… en fin, yo me entiendo; pero ella no tiene motivo para desconfiar, porque ni Paco ni Joaquín se van a atrever a tocarle el pelo de la ropa…. Todo eso es romanticismo, pero a mí no me la da; por aquello de «pulvisés».

En eso confiaba Mesía, en el pulvisés de Visita; pero se impacientaba ante aquel romanticismo de la Regenta. Él creía firmemente que «no había más amor que uno, el material, el de los sentidos; que a él había de venir a parar aquello, tarde o temprano, pero temía que iba a ser tarde; la Regenta tenía la cabeza a pájaros, y no había que aventurar ni un mal pisotón, so pena de exponerse a echarlo a rodar todo».

«Además pensaba don Álvaro, el día que yo me atreva, por tener ya preparado el terreno, a intentar un ataque franco, personal (era la palabra técnica en su arte de conquistador), no ha de ser en el campo, aunque parece que es el lugar más a propósito. He notado que esta mujer enfrente de la naturaleza, de la bóveda estrellada, de los montes lejanos, al aire libre, en suma, se pone seria como un colchón, calla, y se sublimiza, allá a sus solas. Está hermosísima así, pero no hay que tocar en ella». Más de una vez, en medio del bosque del Vivero, a solas con Ana, don Álvaro se había sentido en ridículo; se le había figurado que aquella señora, a quien estaba seguro de gustar en el salón del Marqués, allí le despreciaba. Veíala mirarle de hito en hito, levantar después los ojos a las copas de los añosos robles, y se había dicho: «Esta mujer me está midiendo; me está comparando con los árboles y me encuentra pequeño; ¡ya lo creo!».

Lo que no sabía don Álvaro, aunque por ciertos síntomas favorables lo presumiese a veces su vanidad, era que la Regenta soñaba casi todas las noches con él. Irritaba a la de Quintanar esta insistencia de sus ensueños. ¿De qué le servía resistir en vela, luchar con valor y fuerza todo el día, llegar a creerse superior a la obsesión pecaminosa, casi a despreciar la tentación, si la flaca naturaleza a sus solas, abandonada del espíritu, se rendía a discreción, y era masa inerte en poder del enemigo? Al despertar de sus pesadillas con el dejo amargo de las malas pasiones satisfechas, Ana se sublevaba contra leyes que no conocía, y pensaba desalentada y agriado el ánimo en la inutilidad de sus esfuerzos, en las contradicciones que llevaba dentro de sí misma. Parecíale entonces la humanidad compuesto casual que servía de juguete a una divinidad oculta, burlona como un diablo. Pronto volvía la fe, que se afanaba en conservar y hasta fortificar—con el terror de quedarse a obscuras y abandonada si la perdía—volvía a desmoronar aquella torrecilla del orgulloso racionalismo, retoño impuro que renacía mil veces en aquel espíritu educado lejos de una saludable disciplina religiosa. Se humillaba Ana a los designios de Dios, pero no por esto desaparecía el disgusto de sí misma, ni el valor para seguir la lucha se recobraba…. Contribuían estos desfallecimientos nocturnos a contener los progresos de la piedad, que el Magistral procuraba despertar con gran prudencia, temeroso de perder en un día todo el terreno adelantado, si daba un mal paso.

Ni en la mañana en que la Regenta reconcilió con don Fermín, antes de comulgar, ni ocho días más tarde, cuando volvió al confesonario, ni en las demás conferencias matutinas en que declaró al padre espiritual dudas, temores, escrúpulos, tristezas, dijo Ana aquello que al determinarse a rectificar su confesión general se había propuesto decir: no habló de la gran tentación que la empujaba al adulterio—así se llamaba—mucho tiempo hacía.

Buscó subterfugios para no confesar aquello, se engañó a sí misma, y el Magistral sólo supo que Ana vivía de hecho separada de su marido, quo ad thorum, por lo que toca al tálamo, no por reyerta, ni causa alguna vergonzosa, sino por falta de iniciativa en el esposo y de amor en ella. Sí, esto lo confesó Ana, ella no amaba a su don Víctor como una mujer debe amar al hombre que escogió, o le escogieron, por compañero; otra cosa había: ella sentía, más y más cada vez, gritos formidables de la naturaleza, que la arrastraban a no sabía qué abismos obscuros, donde no quería caer; sentía tristezas profundas, caprichosas; ternura sin objeto conocido; ansiedades inefables; sequedades del ánimo repentinas, agrias y espinosas, y todo ello la volvía loca, tenía miedo no sabía a qué, y buscaba el amparo de la religión para luchar con los peligros de aquel estado. Esto fue todo lo que pudo saber el Magistral sobre el particular; nada de acusaciones concretas. Él tampoco se atrevía a preguntar a la Regenta lo que tratándose de otra hubiera sido necesariamente parte de su hábil interrogatorio. Aunque la curiosidad le quemaba las entrañas, aguantaba la comezón y se contentaba con sus conjeturas: lo principal, lo primero no era querer saber a la fuerza más de lo que ella espontáneamente quería decir; lo principal, lo primero era mostrarse discreto, desapasionado, superior a los defectos vulgares de la humanidad.

«En estas primeras conferencias, se decía el Magistral no se trata aún de estudiarla bien a ella, sino de hacerme agradable, de imponerme por la grandeza de alma; debo hacerla mía por obra del espíritu y después… ella hablará… y sabré lo del Vivero, que me parece que no fue nada entre dos platos».

De lo que había pasado en la excursión del día de San Francisco de Asís y en otras sucesivas procuró De Pas enterarse en las conversaciones que tuvo con su amiga fuera de la Iglesia; dentro del cajón sagrado no había modo decoroso de preguntar ciertas menudencias a una mujer como Anita.

La Regenta agradecía al Magistral su prudencia, su discreción. Veía con placer que más se aplicaba el bendito varón a prepararle una vida virtuosa mediante la consabida higiene espiritual, que a escudriñar lo pasado y las turbaciones presentes con preguntas de microscopio, como él las había llamado hablando de estas cosas.

«Lo principal era no violentar el espíritu indisciplinado de la Regenta; había que hacerla subir la cuesta de la penitencia sin que ella lo notase al principio, por una pendiente imperceptible, que pareciese camino llano; para esto era necesario caminar en zig-zas, hacer muchas curvas, andar mucho y subir poco… pero no había remedio; después, más arriba, sería otra cosa; ya se le haría subir por la línea de máxima pendiente». Así, con estas metáforas geométricas pensaba el Magistral en tal asunto, para él muy importante, porque la idea de que se le escapase aquella penitente, aquella amiga, le daba miedo.

Una mañana ella le habló por fin de sus ensueños; cada palabra iba cubierta con un velo; pocas bastaron al Magistral para comprender; la interrumpió, le ahorró la molestia de rebuscar las pocas frases cultas con que cuenta nuestro rico idioma para expresar materias escabrosas; y aquel día pudo ser, merced a esto, la conferencia tan ideal y delicada en la forma como todas las anteriores. Pero él entró en el coro menos tranquilo que solía. Arrellanado en su sitial del coro alto, manoseando los relieves lúbricos de los brazos de su silla, De Pas, mientras los colegiales ponían el grito en el cielo, comentaba, como si rumiara, las revelaciones de la Regenta.

«¡Soñaba! la fortaleza de la vigilia desvanecíase por la noche, y sin que ella pudiese remediarlo, la mortificaban visiones y sensaciones importunas, que a tener responsabilidad de ellas serían pecado cierto…. «En plata, que doña Ana soñaba con un hombre…». Don Fermín se revolvía en la silla de coro, cuyo asiento duro se le antojaba lleno de brasas y de espinas. Y en tanto que el dedo índice de la mano derecha frotaba dos prominencias pequeñas y redondas del artístico bajo-relieve, que representaba a las hijas de Lot en un pasaje bíblico, él, sin pensar en esto, es claro, procuraba arrancar a las tinieblas de su ignorancia el secreto que tanto le importaba: ¿con quién soñaba la Regenta? ¿Era una persona determinada…? Y poniéndose colorado como una amapola en la penumbra de su asiento, que estaba en un rincón del coro alto, pensaba: ¿seré yo?

Entonces le zumbaban los oídos, y ya no oía las voces graves del sochantre y de los salmistas, ni el rum rum del hebdomadario, que allá abajo gruñía recitando de mala gana los latines de Prima.

«No, no caería en la tentación de convertir aquella dulcísima amistad naciente, que tantas sensaciones nuevas y exquisitas le prometía, en vulgar escándalo de las pasiones bajas de que sus enemigos le habían acusado otras veces. Verdad era que la idea de ser objeto de los ensueños que confesaba la Regenta, le halagaba; esto no podía negarlo, ¿cómo engañarse a sí mismo? ¡Si apenas podía mantenerse sentado sobre la tabla dura! Pero esta delicia de la vanidad satisfecha no tenía que ver con su propósito firme de buscar en Ana, en vez de grosero hartazgo de los sentidos, empleo digno de la gran actividad de su corazón, de su voluntad que se destruía ocupándose con asunto tan miserable como era aquella lucha con los vetustenses indómitos. Sí, lo que él quería era una afición poderosa, viva, ardiente, eficaz para vencer la ambición, que le parecía ahora ridícula, de verse amo indiscutible de la diócesis. Ya lo era, aunque discutido, y aquello debía bastarle.

»¿A qué aspirar a un dominio absoluto imposible? Además, quería que su interés por doña Ana ocupase en su alma el lugar privilegiado de aquellos otros anhelos de volar más alto, de ser obispo, jefe de la iglesia española, vicario de Cristo tal vez. Esta ambición de algunos momentos, descabellada, pueril, locura que pasaba, pero que volvía, quería vencerla, para no padecer tanto, para conformarse mejor con la vida, para no encontrar tan triste y desabrido el mundo…. Y sólo por medio de una pasión noble, ideal, que un alma grande sabría comprender, y que sólo un vetustense miserable, ruin y malicioso podía considerar pecaminosa, sólo por medio de esa pasión cabía lograr tan alto y tan loable intento.—Sí, sí—concluía el Magistral: yo la salvo a ella y ella, sin saberlo por ahora, me salva a mí».

Y cantaban los del coro bajo: Deus, in ajutorium meum intende.

La tarde de Todos los Santos Ana creyó perder el terreno adelantado en su curación moral; la aridez del alma de que ella se había quejado a D. Fermín, y que este, citando a San Alfonso Ligorio, le había demostrado ser debilidad común, y hasta de los santos, y general duelo de los místicos; esa aridez que parece inacabable al sentirla, la envolvía el espíritu como una cerrazón en el océano; no le dejaba ver ni un rayo de luz del cielo.

«¡Y las campanas toca que tocarás!». Ya pensaba que las tenía dentro del cerebro; que no eran golpes del metal sino aldabonazos de la neuralgia que quería enseñorearse de aquella mala cabeza, olla de grillos mal avenidos.

Sin que ella los provocase, acudían a su memoria recuerdos de la niñez, fragmentos de las conversaciones de su padre, el filósofo, sentencias de escéptico, paradojas de pesimista, que en los tiempos lejanos en que las había oído no tenían sentido claro para ella, mas que ahora le parecían materia digna de atención.

«De lo que estaba convencida era de que en Vetusta se ahogaba; tal vez el mundo entero no fuese tan insoportable como decían los filósofos y los poetas tristes; pero lo que es de Vetusta con razón se podía asegurar que era el peor de los poblachones posibles». Un mes antes había pensado que el Magistral iba a sacarla de aquel hastío, llevándola consigo, sin salir de la catedral, a regiones superiores, llenas de luz. «Y capaz de hacerlo como lo decía debía de ser, porque tenía mucho talento y muchas cosas que explicar; pero ella, ella era la que caía de lo alto a lo mejor, la que volvía a aquel enojo, a la aridez que le secaba el alma en aquel instante».

Ya no pasaba nadie por la Plaza Nueva; ni lacayos, ni curas, ni chiquillos, ni mujeres de pueblo; todos debían de estar ya en el cementerio o en el Espolón….

Ana vio aparecer debajo del arco de la calle del Pan, que une la plaza de este nombre con la Nueva, la arrogante figura de don Álvaro Mesía, jinete en soberbio caballo blanco, de reluciente piel, crin abundante y ondeada, cuello grueso, poderosa cerviz, cola larga y espesa. Era el animal de pura raza española, y hacíale el jinete piafar, caracolear, revolverse, con gran maestría de la mano y la espuela; como si el caballo mostrase toda aquella impaciencia por su gusto, y no excitado por las ocultas maniobras del dueño. Saludó Mesía de lejos y no vaciló en acercarse a la Rinconada, hasta llegar debajo del balcón de la Regenta.

El estrépito de los cascos del animal sobre las piedras, sus graciosos movimientos, la hermosa figura del jinete llenaron la plaza de repente de vida y alegría, y la Regenta sintió un soplo de frescura en el alma. ¡Qué a tiempo aparecía el galán! Algo sospechó él de tal oportunidad al ver en los ojos y en los labios de Ana, dulce, franca y persistente sonrisa.

No le negó la delicia de anegarse en su mirada, y no trató de ocultar el efecto que en ella producía la de don Álvaro. Hablaron del caballo, del cementerio, de la tristeza del día, de la necedad de aburrirse todos de común acuerdo, de lo inhabitable que era Vetusta. Ana estaba locuaz, hasta se atrevió a decir lisonjas, que si directamente iban con el caballo también comprendían al jinete.

Don Álvaro estaba pasmado, y si no supiera ya por experiencia que aquella fortaleza tenía muchos órdenes de murallas, y que al día siguiente podría encontrarse con que era lo más inexpugnable lo que ahora se le antojaba brecha, hubiese creído llegada la ocasión de dar el ataque personal, como llamaba al más brutal y ejecutivo. Pero ni siquiera se atrevió a intentar acercarse, lo cual hubiera sido en todo caso muy difícil, pues no había de dejar el caballo en la plaza. Lo que hacía era aproximarse lo más que podía al balcón, ponerse en pie sobre los estribos, estirar el cuello y hablar bajo para que ella tuviese que inclinarse sobre la barandilla si quería oírle, que sí quería aquella tarde.

¡Cosa más rara! En todo estaban de acuerdo: después de tantas conversaciones se encontraba ahora con que tenían una porción de gustos idénticos. En un incidente del diálogo se acordaron del día en que Mesía dejó a Vetusta y encontró en la carretera de Castilla a Anita que volvía de paseo con sus tías. Se discutió la probabilidad de que fuese el mismo coche y el mismo asiento el que poco después ocupaba ella cuando salió para Granada con su esposo….

Ana se sentía caer en un pozo, según ahondaba, ahondaba en los ojos de aquel hombre que tenía allí debajo; le parecía que toda la sangre se le subía a la cabeza, que las ideas se mezclaban y confundían, que las nociones morales se deslucían, que los resortes de la voluntad se aflojaban; y viendo como veía un peligro, y desde luego una imprudencia en hablar así con don Álvaro, en mirarle con deleite que no se ocultaba, en alabarle y abrirle el arca secreta de los deseos y los gustos, no se arrepentía de nada de esto, y se dejaba resbalar, gozándose en caer, como si aquel placer fuese una venganza de antiguas injusticias sociales, de bromas pesadas de la suerte, y sobre todo de la estupidez vetustense que condenaba toda vida que no fuese la monótona, sosa y necia de los insípidos vecinos de la Encimada y la Colonia…. Ana sentía deshacerse el hielo, humedecerse la aridez; pasaba la crisis, pero no como otras veces, no se resolvería en lágrimas de ternura abstracta, ideal, en propósitos de vida santa, en anhelos de abnegación y sacrificios; no era la fortaleza, más o menos fantástica, de otras veces quien la sacaba del desierto de los pensamientos secos, fríos, desabridos, infecundos; era cosa nueva, era un relajamiento, algo que al dilacerar la voluntad, al vencerla, causaba en las entrañas placer, como un soplo fresco que recorriese las venas y la médula de los huesos.

«Si ese hombre no viniese a caballo, y pudiera subir, y se arrojara a mis pies, en este instante me vencía, me vencía». Pensaba esto y casi lo decía con los ojos. Se le secaba la boca y pasaba la lengua por los labios. Y como si al caballo le hiciese cosquillas aquel gesto de la señora del balcón, saltaba y azotaba las piedras con el hierro; mientras las miradas del jinete eran cohetes que se encaramaban a la barandilla en que descansaba el pecho fuerte y bien torneado de la Regenta.

Callaron, después de haber dicho tantas cosas. No se había hablado palabra de amor, es claro; ni don Álvaro se había permitido galantería alguna directa y sobrado significativa; mas no por eso dejaban de estar los dos convencidos de que por señas invisibles, por efluvios, por adivinación o como fuera, uno a otro se lo estaban diciendo todo; ella conocía que a don Álvaro le estaba quemando vivo la pasión allá abajo; que al sentirse admirado, tal vez amado en aquel momento, el agradecimiento tierno y dulce del amante y el amor irritado con el agradecimiento y con el señuelo de la ocasión le derretían; y Mesía comprendía y sentía lo que estaba pasando por Ana, aquel abandono, aquella flojedad del ánimo. «¡Lástima, pensaba el caballero, que me coja tan lejos, y a caballo, y sin poder apearme decorosamente, este momento crítico!…». Al cual momento groseramente llamaba él para sus adentros el cuarto de hora.

No había tal cuarto de hora, o por lo menos no era aquel cuarto de la hora a que aludía el materialista elegante.

Todo Vetusta se aburría aquella tarde, o tal se imaginaba Ana por lo menos; parecía que el mundo se iba a acabar aquel día, no por agua ni fuego sino por hastío, por la gran culpa de la estupidez humana, cuando Mesía apareciendo a caballo en la plaza, vistoso, alegre, venía a interrumpir tanta tristeza fría y cenicienta con una nota de color vivo, de gracia y fuerza. Era una especie de resurrección del ánimo, de la imaginación y del sentimiento la aparición de aquella arrogante figura de caballo y caballero en una pieza, inquietos, ruidosos, llenando la plaza de repente. Era un rayo de sol en una cerrazón de la niebla, era la viva reivindicación de sus derechos, una protesta alegre y estrepitosa contra la apatía convencional, contra el silencio de muerte de las calles y contra el ruido necio de los campanarios….

Ello era, que sin saber por qué, Ana, nerviosa, vio aparecer a don Álvaro como un náufrago puede ver el buque salvador que viene a sacarle de un peñón aislado en el océano. Ideas y sentimientos que ella tenía aprisionados como peligrosos enemigos rompieron las ligaduras; y fue un motín general del alma, que hubiera asustado al Magistral de haberlo visto, lo que la Regenta sintió con deleite dentro de sí.

Don Álvaro no recordaba siquiera que la Iglesia celebraba aquel día la fiesta de Todos los Santos; había salido a paseo porque le gustaba el campo de Vetusta en Otoño y porque sentía opresiones, ansiedades que se le quitaban a caballo, corriendo mucho, bañándose en el aire que le iba cortando el aliento en la carrera…

«¡Perfectamente! Mesía con aquella despreocupación, pensando en su placer, en la naturaleza, en el aire libre, era la realidad racional, la vida que se complace en sí misma; los otros, los que tocaban las campanas y conmemoraban maquinalmente a los muertos que tenían olvidados, eran las bestias de reata, la eterna Vetusta que había aplastado su existencia entera (la de Anita) con el peso de preocupaciones absurdas; la Vetusta que la había hecho infeliz…. ¡Oh, pero estaba aún a tiempo! Se sublevaba, se sublevaba; que lo supieran sus tías difuntas; que lo supiera su marido; que lo supiera la hipócrita aristocracia del pueblo, los Vegallana, los Corujedos… toda la clase… se sublevaba…». Así era el cuarto de hora de Anita, y no como se lo figuraba don Álvaro, que mientras hablaba sin propasarse, estaba pensando en dónde podría dejar un momento el caballo. No había modo; sin violencia, que podía echarlo todo a perder, no se podía buscar pretexto para subir a casa de la Regenta en aquel momento.

Gran satisfacción fue para don Víctor Quintanar, que volvía del Casino, encontrar a su mujer conversando alegremente con el simpático y caballeroso don Álvaro, a quien él iba cobrando una afición que, según frase suya, «no solía prodigar».

—Estoy por decir—aseguraba—que después de Frígilis, Ripamilán y Vegallana, ya es don Álvaro el vecino a quien más aprecio.

No pudiendo dar a su amigo los golpecitos en el hombro, con que solía saludarle, los aplicó a las ancas del caballo, que se dignó a mirar volviendo un poco la cabeza al humilde infante.

—Hola, hola, hipógrifo violento
que corriste parejas con el viento—

dijo don Víctor, que manifestaba a menudo su buen humor recitando versos del Príncipe de nuestros ingenios o de algún otro de los astros de primera magnitud.

—A propósito de teatro, don Álvaro ¿con que esta noche el buen Perales nos da por fin Don Juan Tenorio?… Algunos beatos habían intrigado para que hoy no hubiera función…. ¡Mayor absurdo!… El teatro es moral, cuando lo es, por supuesto; además la tradición… la costumbre…. Don Víctor habló largo y tendido de la moralidad en el arte, separándose a veces del hipógrifo violento que se impacientaba con aquella disertación académica.

Don Álvaro aprovechó la primera ocasión que tuvo para suplicar a Quintanar que obligase a su esposa a ver el Don Juan.

—Calle usted, hombre… vergüenza da decirlo… pero es la verdad…. Mi mujercita, por una de esas rarísimas casualidades que hay en la vida… ¡nunca ha visto ni leído el Tenorio! Sabe versos sueltos de él, como todos los españoles, pero no conoce el drama… o la comedia, lo que sea; porque, con perdón de Zorrilla, yo no sé si…. ¡Demonio de animal, me ha metido la cola por los ojos!…

—Sepárese usted un poco, porque este no sabe estarse quieto…. Pero dice usted que Anita no ha visto el Tenorio, ¡eso es imperdonable!

Aunque a don Álvaro el drama de Zorrilla le parecía inmoral, falso, absurdo, muy malo, y siempre decía que era mucho mejor el Don Juan de Molière (que no había leído), le convenía ahora alabar el poema popular y lo hizo con frases de gacetillero agradecido.

Quintanar no le perdonaba a Zorrilla la ocurrencia de atar a Mejía codo con codo, y le parecía indigna de un caballero la aventura de don Juan con doña Inés de Pantoja. «Así cualquiera es conquistador». Pero fuera de esto juzgaba hermosa creación la de Zorrilla… aunque las había mejores en nuestro teatro moderno. A don Álvaro se le antojaba muy verosímil y muy ingenioso y oportuno el expediente de sujetar a don Luis y meterse en casa de su novia en calidad de prometido….

Aventuras así las había él llevado a feliz término, y no por eso se creía deshonrado; pues el amor no se anda con libros de caballerías, y unas eran las empresas del placer, y otras las de la vanagloria; cuando se trataba de estas, lo mismo él que don Juan, sabían proceder con todos los requisitos del punto de honor.—Pero esta opinión también se la calló el jefe del partido liberal dinástico de Vetusta, y unió sus ruegos a los de don Víctor para obligar a doña Ana a ir al teatro aquella noche.

—Si es una perezosa; si ya no quiere salir; si ha vuelto a las andadas, a las encerronas… y… pero… ¡lo que es hoy no tienes escape!…

En fin, tanto insistieron, que Ana, puestos los ojos en los de Mesía, prometió solemnemente ir al teatro.

Y fue. Entró a las ocho y cuarto (la función comenzaba a las ocho) en el palco de los Vegallana en compañía de la Marquesa, Edelmira, Paco y Quintanar.

El teatro de Vetusta, o sea nuestro Coliseo de la plaza del Pan, según le llamaba en elegante perífrasis el gacetillero y crítico de El Lábaro, era un antiguo corral de comedias que amenazaba ruina y daba entrada gratis a todos los vientos de la rosa náutica. Si soplaba el Norte y nevaba, solían deslizarse algunos copos por la claraboya de la lucerna. Al levantarse el telón pensaban los espectadores sensatos en la pulmonía, y algunos de las butacas se embozaban prescindiendo de la buena crianza. Era un axioma vetustense que al teatro había que ir abrigado. Las más distinguidas señoritas, que en el Espolón y el Paseo Grande lucían todo el año vestidos de colores alegres, blancos, rojos, azules, no llevaban al coliseo de la Plaza del Pan más que gris y negro y matices infinitos del castaño, a no ser en los días de gran etiqueta. Los cómicos temblaban de frío en el escenario, dentro de la cota de malla, y las bailarinas aparecían azules y moradas dando diente con diente debajo de los polvos de arroz.

Las decoraciones se habían ido deteriorando, y el Ayuntamiento, donde predominaban los enemigos del arte, no pensaba en reemplazarlas. Como en la comedia que representan en el bosque los personajes del Sueño de una noche de verano, la fantasía tenía que suplir en el teatro de Vetusta las deficiencias del lienzo y del cartón. No había ya más bambalinas que las del salón regio, que figuraban en sabia perspectiva artesonado de oro y plata, y las de cielo azul y sereno. Pero como en la mayor parte de nuestros dramas modernos se exige sala decentemente amueblada, sin artesones ni cosa parecida, los directores de escena solían decidirse en tales casos por el cielo azul. A veces los telones y bastidores se hacían los remolones o precipitaban su caída, y en una ocasión, el buen Diego Marsilla, atado a un árbol codo con codo se encontró de repente en el camarín de doña Isabel de Segura, con lo que el drama se hizo inverosímil a todas luces. La decoración de bosque se había desplomado.

Ya estaban los vetustenses acostumbrados a estos que llamaba Ronzal anacronismos, y pasaban por todo, en particular las personas decentes de palcos principales y plateas, que no iban al teatro a ver la función, sino a mirarse y despellejarse de lejos. En Vetusta las señoras no quieren las butacas, que, en efecto, no son dignas de señoras, ni butacas siquiera; sólo se degradan tanto las cursis y alguna dama de aldea en tiempo de feria. Los pollos elegantes tampoco frecuentan la sala, o patio, como se llama todavía. Se reparten por palcos y plateas donde, apenas recatados, fuman, ríen, alborotan, interrumpen la representación, por ser todo esto de muy buen tono y fiel imitación de lo que muchos de ellos han visto en algunos teatros de Madrid. Las mamás desengañadas dormitan en el fondo de los palcos; las que son o se tienen por dignas de lucirse, comparten con las jóvenes la seria ocupación de ostentar sus encantos y sus vestidos obscuros mientras con los ojos y la lengua cortan los de las demás. En opinión de la dama vetustense, en general, el arte dramático es un pretexto para pasar tres horas cada dos noches observando los trapos y los trapicheos de sus vecinas y amigas. No oyen, ni ven ni entienden lo que pasa en el escenario; únicamente cuando los cómicos hacen mucho ruido, bien con armas de fuego, o con una de esas anagnórisis en que todos resultan padres e hijos de todos y enamorados de sus parientes más cercanos, con los consiguientes alaridos, sólo entonces vuelve la cabeza la buena dama de Vetusta, para ver si ha ocurrido allá dentro alguna catástrofe de verdad. No es mucho más atento ni impresionable el resto del público ilustrado de la culta capital. En lo que están casi todos de acuerdo es en que la zarzuela es superior al verso, y la estadística demuestra que todas las compañías de verso truenan en Vetusta y se disuelven. Las partes de por medio suelen quedarse en el pueblo y se les conoce porque les coge el invierno con ropa de verano, muy ajustada por lo general. Unos se hacen vecinos y se dedican a coristas endémicos para todas las óperas y zarzuelas que haya que cantar, y otros consiguen un beneficio en que ellos pasan a primeros papeles y, ayudados por varios jóvenes aficionados de la población representan alguna obra de empeño, ganan diez o doce duros y se van a otra provincia a tronar otra vez. Estos artistas de verso también paran a veces en la cárcel, según el gobierno que rige los destinos de la Nación. Suele tener la culpa el empresario que no paga y además insulta el hambre de los actores. Al considerar esta mala suerte de las compañías dramáticas en Vetusta, podría creerse que el vecindario no amaba la escena, y así es en general: pero no faltan clases enteras, la de mancebos de tienda, la de los cajistas, por ejemplo, que cultivan en teatros caseros el difícil arte de Talía, y con grandes resultados según El Lábaro y otros periódicos locales.

Cuando Ana Ozores se sentó en el palco de Vegallana, en el sitio de preferencia, que la Marquesa no quería ocupar nunca, en las plateas y principales hubo cuchicheos y movimiento. La fama de hermosa que gozaba y el verla en el teatro de tarde en tarde, explicaba, en parte, la curiosidad general. Pero además hacía algunas semanas que se hablaba mucho de la Regenta, se comentaba su cambio de confesor, que por cierto coincidía con el afán del señor Quintanar, de llevar a su mujer a todas partes. Se discutía si el Magistral haría de su partido a la de Ozores, si llegaría a dominar a don Víctor por medio de su esposa, como había hecho en casa de Carraspique. Algunos más audaces, más maliciosos, y que se creían más enterados, decían al oído de sus íntimos que no faltaba quien procurase contrarrestar la influencia del Provisor. Visitación y Paco Vegallana, que eran los que podían hablar con fundamento, guardaban prudente reserva; era Obdulia quien se daba aires de saber muchas cosas que no había.

—«¡La Regenta, bah! la Regenta será como todas….

Las demás somos tan buenas como ella… pero su temperamento frío, su poco trato, su orgullo de mujer intachable, le hacen ser menos expansiva y por eso nadie se atreve a murmurar…. Pero tan buena como ella son muchas…».

Las reticencias de la Fandiño eran todavía recibidas con desconfianza, en casi todas partes. Pero con motivo de condenar su mala lengua, corría de boca en boca, el asunto de sus murmuraciones vagas y cobardes. Obdulia meditaba poco lo que decía, hablaba siempre aturdida, por máquina, pensando en otra cosa; iba sacándole filo a la calumnia sin sospecharlo. Además el mayor crimen que podía haber en la Regenta, y no creía ella que a tanto llegase, era seguir la corriente. «En Madrid y en el extranjero, esto es el pan nuestro de cada día; pero en Vetusta fingen que se escandalizan de ciertas libertades de la moda, las mismas que se las toman de tapadillo, entre sustos y miedos, sin gracia, del modo cursi como aquí se hace todo. ¡Pero qué se puede esperar de unas mujeres que no se bañan, ni usan las esponjas más que para lavar a los bebés!». Obdulia, cuando hablaba con algún forastero, desahogaba su desprecio describiendo la hipocresía anticuada y la suciedad de las mujeres de Vetusta.

—«Créame usted, repetía, no sabe su cuerpo lo que es una esponja, se lavan como gatas y se la pegan al marido como en tiempo del rey que rabió. ¡Cuánta porquería y cuánta ignorancia!».

Ana, acostumbrada muchos años hacía, a la mirada curiosa, insistente y fría del público, no reparaba casi nunca en el efecto que producía su entrada en la iglesia, en el paseo, en el teatro. Pero la noche de aquel día de Todos los Santos, recibió como agradable incienso el tributo espontáneo de admiración; y no vio en él como otras veces, curiosidad estúpida, ni envidia ni malicia. Desde la aparición de don Álvaro en la plaza, el humor de Ana había cambiado, pasando de la aridez y el hastío negro y frío, a una región de luz y calor que bañaban y penetraban todas las cosas: aquellas bruscas transformaciones del ánimo, las atribuía supersticiosamente a una voluntad superior, que regía la marcha de los sucesos preparándolos, como experto autor de comedias, según convenía al destino de los seres. Esta idea que no aplicaba con entera fe a los demás, la creía evidente en lo que a ella misma le importaba; estaba segura de que Dios le daba de cuando en cuando avisos, le presentaba coincidencias para que ella aprovechase ocasiones, oyese lecciones y consejos. Tal vez era esto lo más profundo en la fe religiosa de Ana; creía en una atención directa, ostensible y singular de Dios a los actos de su vida, a su destino, a sus dolores y placeres; sin esta creencia no hubiera sabido resistir las contrariedades de una existencia triste, sosa, descaminada, inútil. Aquellos ocho años vividos al lado de un hombre que ella creía vulgar, bueno de la manera más molesta del mundo, maniático, insustancial; aquellos ocho años de juventud sin amor, sin fuego de pasión alguna, sin más atractivo que tentaciones efímeras, rechazadas al aparecer, creía que no hubiera podido sufrirlos a no pensar que Dios se los había mandado para probar el temple de su alma y tener en qué fundar la predilección con que la miraba. Se creía en sus momentos de fe egoísta, admirada por el Ojo invisible de la Providencia. El que todo lo ve y la veía a ella, estaba satisfecho, y la vanidad de la Regenta necesitaba esta convicción para no dejarse llevar de otros instintos, de otras voces que arrancándola de sus abstracciones, le presentaban imágenes plásticas de objetos del mundo, amables, llenas de vida y de calor.

Cuando descubrió en el confesonario del Magistral un alma hermana, un espíritu supra-vetustense capaz de llevarla por un camino de flores y de estrellas a la región luciente de la virtud, también creyó Ana que el hallazgo se lo debía a Dios, y como aviso celestial pensaba aprovecharlo.

Ahora, al sentir revolución repentina en las entrañas en presencia de un gallardo jinete, que venía a turbar con las corvetas de su caballo, el silencio triste de un día de marasmo, la Regenta no vaciló en creer lo que le decían voces interiores de independencia, amor, alegría, voluptuosidad pura, bella, digna de las almas grandes. Sus horas de rebelión nunca habían sido tan seguidas. Desde aquella tarde ningún momento había dejado de pensar lo mismo; que era absurdo que la vida pasase como una muerte, que el amor era un derecho de la juventud, que Vetusta era un lodazal de vulgaridades, que su marido era una especie de tutor muy respetable, a quien ella sólo debía la honra del cuerpo, no el fondo de su espíritu que era una especie de subsuelo, que él no sospechaba siquiera que existiese; de aquello que don Víctor llamaba los nervios, asesorado por el doctor don Robustiano Somoza, y que era el fondo de su ser, lo más suyo, lo que ella era, en suma, de aquello no tenía que darle cuenta. «Amaré, lo amaré todo, lloraré de amor, soñaré como quiera y con quien quiera; no pecará mi cuerpo, pero el alma la tendré anegada en el placer de sentir esas cosas prohibidas por quien no es capaz de comprenderlas». Estos pensamientos, que sentía Ana volar por su cerebro como un torbellino, sin poder contenerlos, como si fuesen voces de otro que retumbaban allí, la llenaban de un terror que la encantaba. Si algo en ella temía el engaño, veía el sofisma debajo de aquella gárrula turba de ideas sublevadas, que reclamaban supuestos derechos, Ana procuraba ahogarlo, y como engañándose a sí misma, la voluntad tomaba la resolución cobarde, egoísta, de «dejarse ir».

Así llegó al teatro. Había cedido a los ruegos de D. Álvaro y de D. Víctor sin saber cómo; temiendo que aquello era una cita y una promesa; y sin embargo iba. Cuando se vio sola delante del espejo en su tocador, se le figuró que la Ana de enfrente le pedía cuentas; y formulando su pensamiento en períodos completos dentro del cerebro, se dijo:

—«Bueno, voy; pero es claro que si voy me comprometo con mi honra a no dejar que ese hombre adquiera sobre mí derecho alguno; no sé lo que pasará allí, no sé hasta qué punto alcanza este aliento de libertad que ha venido de repente a inundar la sequedad de dentro; pero el ir yo al teatro es prueba de que allí no ha de haber pacto alguno que ofenda al decoro; no saldré de allí con menos honor que tengo».

Y después de pensar y resolver esto, se vistió y se peinó lo mejor que supo, y no volvió a poner en tela de juicio puntos de honra, peligros, ni compromisos de los que D. Víctor tanto gustaba ver en versos de Calderón y de Moreto.

El palco de Vegallana era una platea contigua a la del proscenio, que en Vetusta llamaban bolsa, porque la separa un tabique de las otras y queda aparte, algo escondida. La bolsa de enfrente—izquierda del actor—, era la de Mesía y otros elegantes del Casino; algunos banqueros, un título y dos americanos, de los cuales el principal era D. Frutos Redondo, sin duda alguna. Don Frutos no perdía función; a este le gustaba el verso, «el verso y tente tieso» como él decía, y se declaraba a sí mismo, con la autoridad de sus millones de pesos, inteligente de primera fuerza, en achaques de comedias y dramas. «¡No veo la tostada!» decía D. Frutos, que había aprendido esta frase poco culta y poco inteligible en los artículos de fondo de un periódico serio. «No veo la tostada», decía, refiriéndose a cualquier comedia en que no había una lección moral, o por lo menos no la había al alcance de Redondo; y en no viendo él la tostada, condenaba al autor y hasta decía que defraudaba a los espectadores, haciéndoles perder un tiempo precioso. De todas partes quería sacar provecho don Frutos, y prueba de ello es que decía, por ejemplo:

«Que Manrique se enamora de Leonor, y que el conde también se enamora, y se la disputan hasta que ella y el perdulario del poeta amén de la gitana, se van al otro barrio, ¿y qué? ¿qué enseña eso? ¿qué vamos aprendiendo? ¿qué voy yo ganando con eso? Nada».

A pesar de D. Frutos y sus altercados de crítica dramática, la bolsa de D. Álvaro, que así se llamaba en todas partes, era la más distinguida, la que más atraía las miradas de las mamás y de las niñas y también las de los pollos vetustenses que no podían aspirar a la honra de ser abonados en aquel rincón aristocrático, elegante, donde se reunían los hombres de mundo (en Vetusta el mundo se andaba pronto) presididos por el jefe del partido liberal dinástico. La mayor parte de los allí congregados, habían vivido en Madrid algún tiempo y todavía imitaban costumbres, modales y gestos que habían observado allá. Así es que a semejanza de los socios de un club madrileño, hablaban a gritos en su palco, conversaban con los cómicos a veces, decían galanterías o desvergüenzas a coristas y bailarinas, y se burlaban de los grandes ideales románticos que pasaban por la escena, mal vestidos, pero llenos de poesía. Todos eran escépticos en materia de moral doméstica, no creían en virtud de mujer nacida—salvo D. Frutos, que conservaba frescas sus creencias—, y despreciaban el amor consagrándose con toda el alma, o mejor, con todo el cuerpo, a los amoríos; creían que un hombre de mundo no puede vivir sin querida, y todos la tenían, más o menos barata; las cómicas eran la carnaza que preferían para tragar el anzuelo de la lujuria rebozado con la vanidad de imitar costumbres corrompidas de pueblos grandes. Bailarinas de desecho, cantatrices inválidas, matronas del género serio demasiado sentimentales en su juventud pretérita, eran perseguidas, obsequiadas, regaladas y hasta aburridas por aquellos seductores de campanario, incapaces los más de intentar una aventura sin el amparo de su bolsillo o sin contar con los humores herpéticos de la dama perseguida, o cualquier otra enfermedad física o moral que la hiciesen fácil, traída y llevada.

El único conquistador serio del bando era D. Álvaro y todos le envidiaban tanto como admiraban su fortuna y hermosa estampa. Pero nadie como Pepe Ronzal, alias Trabuco y antes El Estudiante, abonado de la bolsa de enfrente, la vecina al palco de Vegallana. Trabuco era el núcleo de la que se llamaba la otra bolsa y había procurado rivalizar en elegancia, sans façon y mundo con los de Mesía. Pero a su palco concurrían elementos heterogéneos, muchos de los cuales lo echaban todo a perder; y no eran escépticos sino cínicos, ni seductores más o menos auténticos, sino compradores de carne humana. Los abonados de esta otra bolsa eran Ronzal, Foja, Páez (que además tenía palco para su hija), Bedoya, un escribano famoso por su lujuria que le costaba mucho dinero, por su arte para descubrir vírgenes en las aldeas y por sus buenas relaciones con todas las Celestinas del pueblo; un escultor no comprendido, que no colocaba sus estatuas y se dedicaba a especulaciones de arqueólogo embustero; el juez de primera instancia, que se dividía a sí mismo en dos entidades, 1.º el juez, incorruptible, intratable, puerco-espín sin pizca de educación, y 2.º el hombre de sociedad, perseguidor de casadas de mala fama, consuelo de todas las que lloraban desengaños de amores desgraciados; y tres o cuatro vejetes verdes del partido conservador, concejales, que todo lo convertían en política. Pero si estos eran los que pagaban el palco, a él concurrían cuantos socios del Casino tenían amistad con cualquiera de ellos. Ronzal había protestado varias veces.—¡Señores, parece esto la cazuela! había dicho a menudo, pero en balde. Allí iba Joaquinito Orgaz, y cuantos sietemesinos madrileños pasaban por Vetusta, y hasta los que habían nacido y crecido en el pueblo y no lucían más que un barniz de la corte. Y como la bolsa del otro era respetada y sólo se atrevían a visitarla personas de posición, a Ronzal le llevaban los diablos. Desde su bolsa hasta se arrojaban perros-chicos a la escena, para exagerar la falta de compostura de los de enfrente. Algunos insolentes fumaban allí a vista del público y dejaban caer bolas de papel sobre alguna respetable calva de la orquesta. De vez en cuando les llamaban al orden desde el paraíso o desde las butacas, pero ellos despreciaban a la multitud y la miraban con aires de desafío. Hablaban con los amigos que ocupaban las bolsas de los palcos principales, y hacían señas ostentosas y nada pulcras a ciertas señoritas cursis que no se casaban nunca y vivían una juventud eterna, siempre alegres, siempre estrepitosas y siempre desdeñando las preocupaciones del recato. Estas damas eran pocas; la mayoría pecaban por el extremo de la seriedad insulsa, y en cuanto se veían expuestas a la contemplación del público, tomaban gestos y posturas de estatuas egipcias de la primera época.

Cuando había estreno de algún drama o comedia muy aplaudidos en Madrid, en el palco de Ronzal se discutía a grito pelado y solía predominar el criterio de un acendrado provincialismo, que parecía allí lo más natural tratándose de arte. No había salido de Vetusta ningún dramaturgo ilustre, y por lo mismo se miraba con ojeriza a los de fuera. Eso de que Madrid se quisiera imponer en todo, no lo toleraban en la bolsa de Ronzal. Se llegó en alguna ocasión a declarar que se despreciaba la comedia porque los madrileños la habían aplaudido mucho, y «en Vetusta no se admitían imposiciones de nadie», no se seguía un juicio hecho. La ópera, la ópera era el delirio de aquellos escribanos y concejales: pagaban un dineral por oír un cuarteto que a ellos se les antojaba contratado en el cielo y que sonaba como sillas y mesas arrastradas por el suelo con motivo de un desestero.

—¡Se acuerdan ustedes de la Pallavicini! ¡Qué voz de arcángel!—decía Foja, socarrón, escéptico en todo, pero creyente fanático en la música de los cuartetos de ópera de lance.

—¡Oh, como el barítono Battistini, yo no he oído nada!—respondía el escribano, que estimaba la voz de barítono, por lo varonil, más que la del tenor y la del bajo.

—Pues más varonil es la del bajo—decía Foja.

—No lo crea usted. ¿Y usted qué dice, Ronzal?

—Yo… distingo… si el bajo es cantante…. Pero a mí no me vengan ustedes con música… ¿saben ustedes lo que yo digo? «Que la música es el ruido que menos me incomoda…. ¡Ja! ¡ja! ¡ja! Además, para tenor ahí tenemos a Castelar… ¡ja! ¡ja! ¡ja!».

El escribano reía también el chiste y los concejales sonreían, no por la gracia, si no por la intención.

Aunque el palco de los Marqueses tocaba con el de Ronzal, pocas veces los abonados del último se atrevían a entablar conversación con los Vegallana o quien allí estuviera convidado. Además de que el tabique intermedio dificultaba la conversación, los más no se atrevían, de hecho, a dar por no existente una diferencia de clases de que en teoría muchos se burlaban.

«Todos somos iguale, decían muchos burgueses de Vetusta, la nobleza ya no es nadie, ahora todo lo puede el dinero, el talento, el valor, etc., etc.»; pero a pesar de tanta alharaca, a los más se les conocía hasta en su falso desprecio que participaban desde abajo de las preocupaciones que mantenían los nobles desde arriba.

En cambio los de la bolsa de don Álvaro saludaban a los Vegallana; sonreían a la Marquesa, asestaban los gemelos a Edelmira y hacían señas al Marqués, y a Paco, que solían visitar aquel rincón comm’il faut.

También esto lo envidiaba Ronzal, que era amigo político de Vegallana; pero trataba poco a la Marquesa.

—¡Es demasiado borrico!—decía doña Rufina cuando le hablaban de Trabuco; y procuraba tenerle alejado tratándole con frialdad ceremoniosa.

Ronzal se vengaba diciendo que la Marquesa era republicana y que escribía en La Flaca de Barcelona, y que había sido una cualquier cosa en su juventud. Estas calumnias le servían de desahogo y si le preguntaban el motivo de su inquina, contestaba: «Señores, yo me debo a la causa que defiendo, y veo con tristeza, con grande, con profunda tristeza que esa señora, la Marquesa, doña Rufina, en una palabra, desacredita el partido conservador-dinástico de Vetusta».

Después de saborear el tributo de admiración del público, Ana miró a la bolsa de Mesía. Allí estaba él, reluciente, armado de aquella pechera blanquísima y tersa, la envidia de las envidias de Trabuco. En aquel momento don Juan Tenorio arrancaba la careta del rostro de su venerable padre; Ana tuvo que mirar entonces a la escena, porque la inaudita demasía de don Juan había producido buen efecto en el público del paraíso que aplaudía entusiasmado. Perales, el imitador de Calvo, saludaba con modesto ademán algo sorprendido de que se le aplaudiese en escena que no era de empeño.

—¡Mire usted el pueblo!—dijo un concejal de la otra bolsa, volviéndose a Foja, el ex-alcalde liberal.

—¿Qué tiene el pueblo?

—¡Que es un majadero! Aplaude la gran felonía de arrancar la careta a un enmascarado….

—Que resulta padre—añadió Ronzal—; circunstancia agravante.

—El hombre abandonado a sus instintos es naturalmente inmoral, y como el pueblo no tiene educación….

El juez aprobó con la cabeza, sin separar los ojos de los gemelos con que apuntaba a Obdulia, vestida de negro y rojo y sentada sobre tres almohadones en un palco contiguo al de Mesía.

Ana empezó a hacerse cargo del drama en el momento en que Perales decía con un desdén gracioso y elegante:

Son pláticas de familia
de las que nunca hice caso…

Era el cómico alto, rubio—aquella noche—flexible, elegante y suelto, lucía buena pierna, y le sentaba de perlas el traje fantástico, con pretensiones de arqueológico, que ceñía su figura esbelta. Don Víctor estaba enamorado de Perales; él no había visto a Calvo y el imitador le parecía excelente intérprete de las comedias de capa y espada. Le había oído decir con énfasis musical las décimas de La vida es sueño, le había admirado en El desdén con el desdén, declamando con soltura y gran meneo de brazos y piernas las sutiles razones que comienzan así:

Y porque veáis que es error
que haya en el mundo quien crea
que el que quiere lisonjea,
escuchad lo que es amor.

y concluyen:

A su propia conveniencia
dirige amor su fatiga,
luego es clara consecuencia
que ni con amor se obliga
ni con su correspondencia.

Y don Víctor le reputaba excelentísimo cómico. No paró hasta que se lo presentaron; y a su casa le hubiera hecho ir si su mujer fuera otra. En general don Víctor envidiaba a todo el que dejaba ver la contera de una espada debajo de una capa de grana, aunque fuese en las tablas y sólo de noche. Conoció que Anita contemplaba con gusto los ademanes y la figura de don Juan y se acercó a ella el buen Quintanar diciéndole al oído con voz trémula por la emoción:

—¿Verdad, hijita, que es un buen mozo? ¡Y qué movimientos tan artísticos de brazo y pierna!… Dicen que eso es falso, que los hombres no andamos así… ¡Pero debiéramos andar! y así seguramente andaríamos y gesticularíamos los españoles en el siglo de oro, cuando éramos dueños del mundo; esto ya lo decía más alto para que lo oyeran todos los presentes. Bueno estaría que ahora que vamos a perder a Cuba, resto de nuestras grandezas, nos diéramos esos aires de señores y midiéramos el paso….

La Regenta no oía a su marido; el drama empezaba a interesarla de veras; cuando cayó el telón, quedó con gran curiosidad y deseó saber en qué paraba la apuesta de don Juan y Mejía.

En el primer entreacto D. Álvaro no se movió de su asiento; de cuando en cuando miraba a la Regenta, pero con suma discreción y prudencia, que ella notó y le agradeció. Dos o tres veces se sonrieron y sólo la última vez que tal osaron, sorprendió aquella correspondencia Pepe Ronzal, que, como siempre, seguía la pista a los telégrafos de su aborrecido y admirado modelo.

Trabuco se propuso redoblar su atención, observar mucho y ser una tumba, callar como un muerto. «¡Pero aquello era grave, muy grave!». Y la envidia se lo comía.

Empezó el segundo acto y D. Álvaro notó que por aquella noche tenía un poderoso rival: el drama. Anita comenzó a comprender y sentir el valor artístico del D. Juan emprendedor, loco, valiente y trapacero de Zorrilla; a ella también la fascinaba como a la doncella de doña Ana de Pantoja, y a la Trotaconventos que ofrecía el amor de Sor Inés como una mercancía…. La calle obscura, estrecha, la esquina, la reja de doña Ana… los desvelos de Ciutti, las trazas de D. Juan; la arrogancia de Mejía; la traición interina del Burlador, que no necesitaba, por una sola vez, dar pruebas de valor; los preparativos diabólicos de la gran aventura, del asalto del convento, llegaron al alma de la Regenta con todo el vigor y frescura dramáticos que tienen y que muchos no saben apreciar o porque conocen el drama desde antes de tener criterio para saborearle y ya no les impresiona, o porque tienen el gusto de madera de tinteros; Ana estaba admirada de la poesía que andaba por aquellas callejas de lienzo, que ella transformaba en sólidos edificios de otra edad; y admiraba no menos el desdén con que se veía y oía todo aquello desde palcos y butacas; aquella noche el paraíso, alegre, entusiasmado, le parecía mucho más inteligente y culto que el señorío vetustense.

Ana se sentía transportada a la época de D. Juan, que se figuraba como el vago romanticismo arqueológico quiere que haya sido; y entonces volviendo al egoísmo de sus sentimientos, deploraba no haber nacido cuatro o cinco siglos antes…. «Tal vez en aquella época fuera divertida la existencia en Vetusta; habría entonces conventos poblados de nobles y hermosas damas, amantes atrevidos, serenatas de Trovadores en las callejas y postigos; aquellas tristes, sucias y estrechas plazas y calles tendrían, como ahora, aspecto feo, pero las llenaría la poesía del tiempo, y las fachadas ennegrecidas por la humedad, las rejas de hierro, los soportales sombríos, las tinieblas de las rinconadas en las noches sin luna, el fanatismo de los habitantes, las venganzas de vecindad, todo sería dramático, digno del verso de un Zorrilla; y no como ahora suciedad, prosa, fealdad desnuda». Comparar aquella Edad media soñada—ella colocaba a D. Juan Tenorio en la Edad media por culpa de Perales—con los espectadores que la rodeaban a ella en aquel instante, era un triste despertar. Capas negras y pardas, sombreros de copa alta absurdos, horrorosos… todo triste, todo negro, todo desmañado, sin expresión… frío… hasta D. Álvaro parecíale entonces mezclado con la prosa común. ¡Cuánto más le hubiera admirado con el ferreruelo, la gorra y el jubón y el calzón de punto de Perales!… Desde aquel momento vistió a su adorador con los arreos del cómico, y a este en cuanto volvió a la escena le dio el gesto y las facciones de Mesía, sin quitarle el propio andar, la voz dulce y melódica y demás cualidades artísticas.

El tercer acto fue una revelación de poesía apasionada para doña Ana. Al ver a doña Inés en su celda, sintió la Regenta escalofríos; la novicia se parecía a ella; Ana lo conoció al mismo tiempo que el público; hubo un murmullo de admiración y muchos espectadores se atrevieron a volver el rostro al palco de Vegallana con disimulo. La González era cómica por amor; se había enamorado de Perales, que la había robado; casados en secreto, recorrían después todas las provincias, y para ayuda del presupuesto conyugal la enamorada joven, que era hija de padres ricos, se decidió a pisar las tablas; imitaba a quien Perales la había mandado imitar, pero en algunas ocasiones se atrevía a ser original y hacía excelentes papeles de virgen amante. Era muy guapa, y con el hábito blanco de novicia, la cabeza prisionera de la rígida toca, muy coloradas las mejillas, lucientes los ojos, los labios hechos fuego, las manos en postura hierática y la modestia y castidad más límpida en toda la figura, interesaba profundamente. Decía los versos de doña Inés con voz cristalina y trémula, y en los momentos de ceguera amorosa se dejaba llevar por la pasión cierta—porque se trataba de su marido—y llegaba a un realismo poético que ni Perales ni la mayor parte del público eran capaces de apreciar en lo mucho que valía.

Doña Ana sí; clavados los ojos en la hija del Comendador, olvidada de todo lo que estaba fuera de la escena, bebió con ansiedad toda la poesía de aquella celda casta en que se estaba filtrando el amor por las paredes. «¡Pero esto es divino!» dijo volviéndose hacia su marido, mientras pasaba la lengua por los labios secos. La carta de don Juan escondida en el libro devoto, leída con voz temblorosa primero, con terror supersticioso después, por doña Inés, mientras Brígida acercaba su bujía al papel; la proximidad casi sobrenatural de Tenorio, el espanto que sus hechizos supuestos producen en la novicia que ya cree sentirlos, todo, todo lo que pasaba allí y lo que ella adivinaba, producía en Ana un efecto de magia poética, y le costaba trabajo contener las lágrimas que se le agolpaban a los ojos.

«¡Ay! sí, el amor era aquello, un filtro, una atmósfera de fuego, una locura mística; huir de él era imposible; imposible gozar mayor ventura que saborearle con todos sus venenos. Ana se comparaba con la hija del Comendador; el caserón de los Ozores era su convento, su marido la regla estrecha de hastío y frialdad en que ya había profesado ocho años hacía… y don Juan… ¡don Juan aquel Mesía que también se filtraba por las paredes, aparecía por milagro y llenaba el aire con su presencia!».

Entre el acto tercero y el cuarto don Álvaro vino al palco de los marqueses.

Ana al darle la mano tuvo miedo de que él se atreviera a apretarla un poco, pero no hubo tal; dio aquel tirón enérgico que él siempre daba, siguiendo la moda que en Madrid empezaba entonces; pero no apretó. Se sentó a su lado, eso sí, y al poco rato hablaban aislados de la conversación general.

Don Víctor había salido a los pasillos a fumar y disputar con los pollastres vetustenses que despreciaban el romanticismo y citaban a Dumas y Sardou, repitiendo lo que habían oído en la corte.

Ana, sin dar tiempo a don Álvaro para buscar buena embocadura a la conversación, dejó caer sobre la prosaica imaginación del petimetre, el chorro abundante de poesía que había bebido en el poema gallardo, fresco, exuberante de hermosura y color del maestro Zorrilla.

La pobre Regenta estuvo elocuente; se figuró que el jefe del partido liberal dinástico la entendía, que no era como aquellos vetustenses de cal y canto que hasta se sonreían con lástima al oír tantos versos «bonitos, sonorosos, pero sin miga», según aseguró don Frutos en el palco de la marquesa.

A Mesía le extrañó y hasta disgustó el entusiasmo de Ana. ¡Hablar del Don Juan Tenorio como si se tratase de un estreno! ¡Si el Don Juan de Zorrilla ya sólo servía para hacer parodias!… No fue posible tratar cosa de provecho, y el tenorio vetustense procuró ponerse en la cuerda de su amiga y hacerse el sentimental disimulado, como los hay en las comedias y en las novelas de Feuillet: mucho sprit que oculta un corazón de oro que se esconde por miedo a las espinas de la realidad… esto era el colmo de la distinción según lo entendía don Álvaro, y así procuró aquella noche presentarse a la Regenta, a quien «estaba visto que había que enamorar por todo lo alto».

Ana que se dejaba devorar por los ojos grises del seductor y le enseñaba sin pestañear los suyos, dulces y apasionados, no pudo en su exaltación notar el amaneramiento, la falsedad del idealismo copiado de su interlocutor; apenas le oía, hablaba ella sin cesar, creía que lo que estaba diciendo él coincidía con las propias ideas; este espejismo del entusiasmo vidente, que suele aparecer en tales casos, fue lo que valió a don Álvaro aquella noche. También le sirvió mucho su hermosura varonil y noble, ayudada por la expresión de su pasioncilla, en aquel momento irritada. Además el rostro del buen mozo, sobre ser correcto, tenía una expresión espiritual y melancólica, que era puramente de apariencia; combinación de líneas y sombras, algo también las huellas de una vida malgastada en el vicio y el amor.—Cuando comenzó el cuarto acto, Ana puso un dedo en la boca y sonriendo a don Álvaro le dijo:

—¡Ahora, silencio! Bastante hemos charlado… déjeme usted oír.

—Es que… no sé… si debo despedirme….

—No… no… ¿por qué?—respondió ella, arrepentida al instante de haberlo dicho.

—No sé si estorbaré, si habrá sitio….

—Sitio sí, porque Quintanar está en la bolsa de ustedes… mírele usted.

Era verdad; estaba allí disputando con don Frutos, que insistía en que el Don Juan Tenorio carecía de la miga suficiente.

Don Álvaro permaneció junto a la Regenta.

Ella le dejaba ver el cuello vigoroso y mórbido, blanco y tentador con su vello negro algo rizado y el nacimiento provocador del moño que subía por la nuca arriba con graciosa tensión y convergencia del cabello. Dudaba don Álvaro si debía en aquella situación atreverse a acercarse un poco más de lo acostumbrado. Sentía en las rodillas el roce de la falda de Ana, más abajo adivinaba su pie, lo tocaba a veces un instante. «Ella estaba aquella noche… en punto de caramelo» (frase simbólica en el pensamiento de Mesía), y con todo no se atrevió. No se acercó ni más ni menos; y eso que ya no tenía allí caballo que lo estorbase. «¡Pero la buena señora se había sublimizado tanto! y como él, por no perderla de vista, y por agradarla, se había hecho el romántico también, el espiritual, el místico… ¡quién diablos iba ahora a arriesgar un ataque personal y pedestre!… ¡Se había puesto aquello en una tessitura endemoniada!». Y lo peor era que no había probabilidades de hacer entrar, en mucho tiempo, a la Regenta por el aro; ¿quién iba a decirle: «bájese usted, amiga mía, que todo esto es volar por los espacios imaginarios»? Por estas consideraciones, que le estaban dando vergüenza, que le parecían ridículas al cabo, don Álvaro resistió el vehemente deseo de pisar un pie a la Regenta o tocarle la pierna con sus rodillas….

Que era lo que estaba haciendo Paquito con Edelmira, su prima. La robusta virgen de aldea parecía un carbón encendido, y mientras don Juan, de rodillas ante doña Inés, le preguntaba si no era verdad que en aquella apartada orilla se respiraba mejor, ella se ahogaba y tragaba saliva, sintiendo el pataleo de su primo y oyéndole, cerca de la oreja, palabras que parecían chispas de fragua. Edelmira, a pesar de no haber desmejorado, tenía los ojos rodeados de un ligero tinte obscuro. Se abanicaba sin punto de reposo y tapaba la boca con el abanico cuando en medio de una situación culminante del drama se le antojaba a ella reírse a carcajadas con las ocurrencias del Marquesito, que tenía unas cosas….

Para Ana el cuarto acto no ofrecía punto de comparación con los acontecimientos de su propia vida… ella aún no había llegado al cuarto acto. «¿Representaba aquello lo porvenir? ¿Sucumbiría ella como doña Inés, caería en los brazos de don Juan loca de amor? No lo esperaba; creía tener valor para no entregar jamás el cuerpo, aquel miserable cuerpo que era propiedad de don Víctor sin duda alguna. De todas suertes, ¡qué cuarto acto tan poético! El Guadalquivir allá abajo…. Sevilla a lo lejos…. La quinta de don Juan, la barca debajo del balcón… la declaración a la luz de la luna…. ¡Si aquello era romanticismo, el romanticismo era eterno!…». Doña Inés decía:

Don Juan, don Juan, yo lo imploro
de tu hidalga condición…

Estos versos que ha querido hacer ridículos y vulgares, manchándolos con su baba, la necedad prosaica, pasándolos mil y mil veces por sus labios viscosos como vientre de sapo, sonaron en los oídos de Ana aquella noche como frase sublime de un amor inocente y puro que se entrega con la fe en el objeto amado, natural en todo gran amor. Ana, entonces, no pudo evitarlo, lloró, lloró, sintiendo por aquella Inés una compasión infinita. No era ya una escena erótica lo que ella veía allí; era algo religioso; el alma saltaba a las ideas más altas, al sentimiento purísimo de la caridad universal… no sabía a qué; ello era que se sentía desfallecer de tanta emoción.

Las lágrimas de la Regenta nadie las notó. Don Álvaro sólo observó que el seno se le movía con más rapidez y se levantaba más al respirar. Se equivocó el hombre de mundo; creyó que la emoción acusada por aquel respirar violento la causaba su gallarda y próxima presencia, creyó en un influjo puramente fisiológico y por poco se pierde…. Buscó a tientas el pie de Ana… en el mismo instante en que ella, de una en otra, había llegado a pensar en Dios, en el amor ideal, puro, universal que abarcaba al Creador y a la criatura…. Por fortuna para él, Mesía no encontró, entre la hojarasca de las enaguas, ningún pie de Anita, que acababa de apoyar los dos en la silla de Edelmira.

El altercado de don Juan y el Comendador hizo a la Regenta volver a la realidad del drama y fijarse en la terquedad del buen Ulloa; como se había empeñado la imaginación exaltada en comparar lo que pasaba en Vetusta con lo que sucedía en Sevilla, sintió supersticioso miedo al ver el mal en que paraban aquellas aventuras del libertino andaluz; el pistoletazo con que don Juan saldaba sus cuentas con el Comendador le hizo temblar; fue un presentimiento terrible. Ana vio de repente, como a la luz de un relámpago, a don Víctor vestido de terciopelo negro, con jubón y ferreruelo, bañado en sangre, boca arriba, y a don Álvaro con una pistola en la mano, enfrente del cadáver.

La Marquesa dijo después de caer el telón que ella no aguantaba más Tenorio.

—Yo me voy, hijos míos; no me gusta ver cementerios ni esqueletos; demasiado tiempo le queda a uno para eso. Adiós. Vosotros quedaos si queréis…. ¡Jesús! las once y media, no se acaba esto a las dos….

Ana, a quien explicó su esposo el argumento de la segunda parte del drama, prefirió llevar la impresión de la primera que la tenía encantada, y salió con la Marquesa y Mesía.

Edelmira se quedó con don Víctor y Paco.

—Yo llevaré a la niña y usted déjeme a ésa en casa, señora Marquesa—dijo Quintanar.

Mesía se despidió al dejar dentro del coche a las damas. Entonces apretó un poco la mano de Anita que la retiró asustada.

Don Álvaro se volvió al palco del Marqués a dar conversación a don Víctor. Eran panes prestados: Paco necesitaba que le distrajeran a Quintanar para quedarse como a solas con Edelmira; Mesía, que tantas veces había utilizado servicios análogos del Marquesito, fue a cumplir con su deber.

Además, siempre que se le ofrecía, aprovechaba la ocasión de estrechar su amistad con el simpático aragonés que había de ser su víctima, andando el tiempo, o poco había de poder él.

Con mil amores acogió Quintanar al buen mozo y le expuso sus ideas en punto a literatura dramática, concluyendo como siempre con su teoría del honor según se entendía en el siglo de oro, cuando el sol no se ponía en nuestros dominios.

—Mire usted—decía don Víctor, a quien ya escuchaba con interés don Álvaro—mire usted, yo ordinariamente soy muy pacífico. Nadie dirá que yo, ex-regente de Audiencia, que me jubilé casi por no firmar más sentencias de muerte, nadie dirá, repito que tengo ese punto de honor quisquilloso de nuestros antepasados, que los pollastres de ahí abajo llaman inverosímil; pues bien, seguro estoy, me lo da el corazón, de que si mi mujer—hipótesis absurda—me faltase… se lo tengo dicho a Tomás Crespo muchas veces… le daba una sangría suelta.

(—¡Animal!—pensó don Álvaro.)

—Y en cuanto a su cómplice… ¡oh! en cuanto a su cómplice…. Por de pronto yo manejo la espada y la pistola como un maestro; cuando era aficionado a representar en los teatros caseros—es decir cuando mi edad y posición social me permitían trabajar, porque la afición aún me dura—comprendiendo que era muy ridículo batirse mal en las tablas, tomé maestro de esgrima y dio la casualidad de que demostré en seguida grandes facultades para el arma blanca. Yo soy pacífico, es verdad, nunca me ha dado nadie motivo para hacerle un rasguño… pero figúrese usted… el día que…. Pues lo mismo y mucho más puedo decir de la pistola. Donde pongo el ojo… pues bien, como decía, al cómplice lo traspasaba; sí, prefiero esto; la pistola es del drama moderno, es prosaica; de modo que le mataría con arma blanca…. Pero voy a mi tesis…. Mi tesis era… ¿qué?… ¿usted recuerda?

Don Álvaro no recordaba, pero lo de matar al cómplice con arma blanca le había alarmado un poco.

Cuando Mesía ya cerca de las tres, de vuelta del Casino, trataba de llamar al sueño imaginando voluptuosas escenas de amor que se prometía convertir en realidad bien pronto, al lado de la Regenta, protagonista de ellas, vio de repente, y ya casi dormido, la figura vulgar y bonachona de don Víctor. Pero le vio entre los primeros disparates del ensueño, vestido de toga y birrete, con una espada en la mano. Era la espada de Perales en el Tenorio, de enormes gavilanes.

Anita no recordaba haber soñado aquella noche con don Álvaro. Durmió profundamente.

Al despertar, cerca de las diez, vio a su lado a Petra, la doncella rubia y taimada, que sonreía discretamente.

—Mucho he dormido, ¿por qué no me has despertado antes?

—Como la señorita pasó mala noche….

—¿Mala noche?… ¿yo?—Sí, hablaba alto, soñaba a gritos….

—¿Yo?—Sí, alguna pesadilla.—¿Y tú… me has oído desde?…

—Sí, señora no me había acostado todavía; me quedé a esperar por el señor, porque Anselmo es tan bruto que se duerme…. Vino el amo a las dos.

—Y yo he hablado alto…—Poco después de llegar el señor. Él no oyó nada; no quiso entrar por no despertar a la señorita. Yo volví a ver si dormía… si quería algo… y creí que era una pesadilla… pero no me atreví a despertarla….

Ana se sentía fatigada. Le sabía mal la boca y temía los amagos de la jaqueca.

—¡Una pesadilla!… Pero si yo no recuerdo haber padecido….

—No, pesadilla mala… no sería… porque sonreía la señora… daba vueltas….

—Y… y… ¿qué decía?

—¡Oh… qué decía! no se entendía bien… palabras sueltas… nombres….

—¿Qué nombres?…—Ana preguntó esto encendido el rostro por el rubor—… ¿qué nombres?—repitió.

—Llamaba la señora… al amo.

—¿Al amo?—Sí… sí, señora… decía: ¡Víctor! ¡Víctor!

Ana comprendió que Petra mentía. Ella casi siempre llamaba a su marido Quintanar.

Además, la sonrisa no disimulada de la doncella aumentaba las sospechas de la señora.

Calló y procuró ocultar su confusión.

Entonces acercándose más a la cama y bajando la voz Petra dijo, ya seria:

—Han traído esto para la señora….

—¿Una carta? ¿De quién?—preguntó en voz trémula Ana, arrebatando el papel de manos de Petra.

«¡Si aquel loco se habría propasado!… Era absurdo».

Petra, después de observar la expresión de susto que se pintó en el rostro del ama, añadió:

—De parte del señor Magistral debe de ser, porque lo ha traído Teresina la doncella de doña Paula.

Ana afirmó con la cabeza mientras leía.

Petra salió sin ruido, como una gata. Sonreía a sus pensamientos.

La carta del Magistral, escrita en papel levemente perfumado, y con una cruz morada sobre la fecha, decía así:

«Señora y amiga mía: Esta tarde me tendrá usted en la capilla de cinco a
cinco y media. No necesitará usted esperar, porque será hoy la única
persona que confiese. Ya sabe que no me tocaba hoy sentarme, pero me ha
parecido preferible avisar a usted para esta tarde por razones que le
explicará su atento amigo y servidor,

FERMÍN DE PAS».

No decía capellán. «¡Cosa extraña! Ana se había olvidado del Magistral desde la tarde anterior; ¡ni una vez sola, desde la aparición de don Álvaro a caballo había pasado por su cerebro la imagen grave y airosa del respetado, estimado y admirado padre espiritual! Y ahora se presentaba de repente dándole un susto, como sorprendiéndola en pecado de infidelidad. Por la primera vez sintió Ana la vergüenza de su imprudente conducta. Lo que no había despertado en ella la presencia de don Víctor, lo despertaba la imagen de don Fermín…. Ahora se creía infiel de pensamiento, pero ¡cosa más rara! infiel a un hombre a quien no debía fidelidad ni podía debérsela».

«Es verdad, pensaba; habíamos quedado en que mañana temprano iría a confesar… ¡y se me había olvidado! y ahora él adelanta la confesión…. Quiere que vaya esta tarde. ¡Imposible! No estoy preparada…. Con estas ideas… con esta revolución del alma…. ¡Imposible!».

Se vistió deprisa, cogió papel que tenía el mismo olor que el del Magistral, pero más fuerte, y escribió a don Fermín una carta muy dulce con mano trémula, turbada, como si cometiera una felonía. Le engañaba; le decía que se sentía mal, que había tenido la jaqueca y le suplicaba que la dispensase; que ella le avisaría….

Entregó a Petra el papel embustero y la dio orden de llevarlo a su destino inmediatamente, y sin que el señor se enterase.

Don Víctor ya había manifestado varias veces su no conformidad, como él decía, con aquella frecuencia del sacramento de la confesión; como temía que se le tuviese por poco enérgico, y era muy poco enérgico en su casa en efecto, alborotaba mucho cuando se enfadaba.

Para evitar el ruido, molesto aunque sin consecuencias, Ana procuraba que su esposo no se enterase de aquellas frecuentes escapatorias a la catedral.

«¡No podía presumir el buen señor que por su bien eran!».

Petra había sido tomada por confidente y cómplice de estos inocentes tapadillos. Pero la criada, fingiendo creer los motivos que alegaba su ama para ocultar la devoción, sospechaba horrores.

Iba camino de la casa del Magistral con la misiva y pensaba:

«Lo que yo me temía, a pares; los tiene a pares; uno diablo y otro santo. ¡Así en la tierra como en el cielo!».

Ana estuvo todo el día inquieta, descontenta de sí misma; no se arrepentía de haber puesto en peligro su honor, dando alas (siquiera fuesen de sutil gasa espiritual) a la audacia amorosa de don Álvaro; no le pesaba de engañar al pobre don Víctor, porque le reservaba el cuerpo, su propiedad legítima… pero ¡pensar que no se había acordado del Magistral ni una vez en toda la noche anterior, a pesar de haber estado pensando y sintiendo tantas cosas sublimes!

«Y por contera, le engañaba, le decía que estaba enferma para excusar el verle… ¡le tenía miedo!… y hasta el estilo dulce, casi cariñoso de la carta era traidor… ¡aquello no era digno de ella! Para don Víctor había que guardar el cuerpo, pero al Magistral ¿no había que reservarle el alma?».

Tu brazo en el pesar me precipita,
me robas cuanto el alma me recrea,
y casi nada tengo: flor que orea
tu aliento de simún, se me marchita.

Pero crece mi fe junto a mi cuita,
y digo como el Justo de Idumea:
Así lo quiere Dios, ¡bendito sea!
El Señor me lo da, Él me lo quita.

Que medre tu furor, nada me importa:
puedo todo en AQUEL que me conforta,
y me resigno al duelo que me mata;

porque, roja visión en noche oscura,
Cristo va por mi vía de amargura
agitando su túnica escarlata.

20. febbraio 2012 · Write a comment · Categories: Nervo · Tags:

Tu cabellera es negra como el ala
del misterio; tan negra como un lóbrego
jamás, como un adiós, como un «¡quién sabe!»
Pero hay algo más negro aún: ¡tus ojos!

Tus ojos son dos magos pensativos,
dos esfinges que duermen en la sombra,
dos enigmas muy bellos… Pero hay algo,
pero hay algo más bello aún: tu boca.

Tu boca, ¡oh sí!; tu boca, hecha divinamente
para el amor, para la cálida
comunión del amor, tu boca joven;
pero hay algo mejor aún: ¡tu alma!

Tu alma recogida, silenciosa,
de piedades tan hondas como el piélago,
de ternuras tan hondas…
Pero hay algo,
pero hay algo más hondo aún: ¡tu ensueño!

19. febbraio 2012 · Write a comment · Categories: Nervo · Tags:

Ha muchos años que busco el yermo,
ha muchos años que vivo triste,
ha muchos años que estoy enfermo,
¡y es por el libro que tú escribiste!

¡Oh Kempis, antes de leerte amaba
la luz, las vegas, el mar Oceano;
mas tú dijiste que todo acaba,
que todo muere, que todo es vano!

Antes, llevado de mis antojos,
besé los labios que al beso invitan,
las rubias trenzas, los grande ojos,
¡sin acordarme que se marchitan!

Mas como afirman doctores graves,
que tú, maestro, citas y nombras,
que el hombre pasa como las naves,
como las nubes, como las sombras…

huyo de todo terreno lazo,
ningún cariño mi mente alegra,
y con tu libro bajo del brazo
voy recorriendo la noche negra…

¡Oh Kempis, Kempis, asceta yermo,
pálido asceta, qué mal me hiciste!
¡Ha muchos años que estoy enfermo,
y es por el libro que tú escribiste!

Ignoro qué corriente de ascetismo,
qué relación, qué afinidad impura
enlazó tu tristura y mi tristura
y adunó tu idealismo y mi idealismo.

Más sé por intuición que un astro mismo
ha presidido nuestra noche oscura,
y que en mí como en ti libra la altura
un combate fatal con el abismo.

¡Oh, rey; eres mi rey! Hosco y sañudo
también soy; en un mar de arcano duelo
mí luminoso espíritu se pierde,

y escondo como tú, soberbio y mudo,
bajo el negro jubón de terciopelo,
el cáncer implacable que me muerde.

17. febbraio 2012 · Write a comment · Categories: Clarín · Tags:

En lo alto de la escalera, en el descanso del primer piso, doña Paula, con una palmatoria en una mano y el cordel de la puerta de la calle en la otra, veía silenciosa, inmóvil, a su hijo subir lentamente con la cabeza inclinada, oculto el rostro por el sombrero de anchas alas.

Le había abierto ella misma, sin preguntar quién era, segura de que tenía que ser él. Ni una palabra al verle. El hijo subía y la madre no se movía, parecía dispuesta a estorbarle el paso, allí en medio, tiesa, como un fantasma negro, largo y anguloso.

Cuando De Pas llegaba a los últimos peldaños, doña Paula dejó el puesto y entró en el despacho. Don Fermín la miró entonces, sin que ella le viese.

Reparó que su madre traía parches untados con sebo sobre las sienes; unos parches grandes, ostentosos.

«Lo sabe todo» pensó el Provisor. Cuando su madre callaba y se ponía parches de sebo, daba a entender que no podía estar más enfadada, que estaba furiosa. Al pasar junto al comedor, De Pas vio la mesa puesta con dos cubiertos. Era temprano para cenar, otras noches no se extendía el mantel hasta las nueve y media; y acababan de dar las nueve.

Doña Paula encendió sobre la mesa del despacho el quinqué de aceite con que velaba su hijo.

Él se sentó en el sofá, dejó el sombrero a un lado y se limpió la frente con el pañuelo. Miró a doña Paula.

—¿Le duele la cabeza, madre?—Me ha dolido. ¡Teresina!—Señora.—¡La cena! Y salió del despacho. El Provisor hizo un gesto de paciencia y salió tras ella. «No era todavía hora de cenar, faltaban más de cuarenta minutos… pero ¿quién se lo decía a ella?».

Doña Paula se sentó junto a la mesa, de lado, como los cómicos malos en el teatro. Junto al cubierto de don Fermín había un palillero, un taller con sal, aceite y vinagre. Su servilleta tenía servilletero; la de su madre no.

Teresina, grave, con la mirada en el suelo, entró con el primer plato, que era una ensalada.

—¿No te sientas?—preguntó al Provisor su madre.

—No tengo apetito… pero tengo mucha sed….

—¿Estás malo?—No, señora… eso no.—¿Cenarás más tarde?

—No, señora, tampoco…. El Magistral ocupó su asiento enfrente de doña Paula, que se sirvió en silencio.

Con un codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano, De Pas contemplaba a su señora madre, que comía de prisa, distraída, más pálida que solía estar, con los grandes ojos azules, claros y fríos fijos en un pensamiento que debía de ver ella en el suelo.

Teresina entraba y salía sin hacer ruido, como un gato bien educado. Acercó la ensalada al señorito.

—Ya he dicho que no ceno.—Déjale, no cena. Ella no lo había oído, hombre.

Y acarició a la criada con los ojos.

Nuevo silencio. De Pas hubiera preferido una discusión inmediatamente. Todo, antes que los parches y el silencio. Estaba sintiendo náuseas y no se atrevía a pedir una taza de té. Se moría de sed, pero temía beber agua.

Doña Paula hablaba con Teresa más que de costumbre y con una amabilidad que usaba muy pocas veces.

La trataba como si hubiera que consolarla de alguna desgracia de que en parte tuviera la misma doña Paula la culpa. Esto al menos creyó notar el Magistral.

Faltaba algo que estaba en el aparador y el ama se levantaba y lo traía ella misma.

Pidió azúcar don Fermín para echarlo en el vaso de agua y su madre dijo:

—Está arriba la azucarera, en mi cuarto…. Deja, iré yo por ella.

—Pero, madre…—Déjame. Teresina quedó a solas con su amo y mientras le servía agua dejando caer el chorro desde muy alto, suspiró discretamente.

De Pas la miró, un poco sorprendido. Estaba muy guapa; parecía una virgen de cera. Ella no levantó los ojos. De todas maneras, le era antipática. Su madre la mimaba y a los criados no hay que darles alas.

Bajó doña Paula y cuando salió Teresina dijo, mientras miraba hacia la puerta:

—La pobre no sé cómo tiene cuerpo.

—¿Por qué?—preguntó don Fermín que acababa de oír el primer trueno.

Su madre, que estaba en pie junto a él revolviendo el azúcar en el vaso, le miró desde arriba con gesto de indignación.

—¿Por qué? Ha ido esta tarde dos veces a Palacio, una vez a casa del Arcipreste, otra a casa de Carraspique, otra a casa de Páez, otra a casa del Chato, dos a la Catedral, dos a la Santa Obra, una vez a las Paulinas, otra… ¡qué sé yo! Está muerta la pobre.

—¿Y a qué ha ido?—contestó De Pas al segundo trueno.

Pausa solemne. Doña Paula volvió a sentarse y haciendo alarde de una paciencia, que ni la de un santo, dijo, con mucha calma, pesando las sílabas:

—A buscarte, Fermo, a eso ha ido.—Mal hecho, madre. Yo no soy un chiquillo para que se me busque de casa en casa. ¿Qué diría Carraspique, qué diría Páez?… Todo eso es ridículo….

—Ella no tiene la culpa; hace lo que le mandan. Si está mal hecho, ríñeme a mí.

—Un hijo no riñe a su madre.—Pero la mata a disgustos; la compromete, compromete la casa… la fortuna, la honra… la posición… todo… por una… por una…. ¿Dónde ha comido usted?

Era inútil mentir, además de ser vergonzoso. Su madre lo sabía todo de fijo. El Chato se lo habría contado. El Chato que le habría visto apearse de la carretela en el Espolón.

—He comido con los marqueses de Vegallana; eran los días de Paquito; se empeñaron… no hubo remedio; y no mandé aviso… porque era ridículo, porque allí no tengo confianza para eso….

—¿Quién comió allí?

—Cincuenta, ¿qué sé yo?

—¡Basta, Fermo, basta de disimulos!—gritó con voz ronca la de los parches. Se levantó, cerró la puerta, y en pie y desde lejos prosiguió:

—Has ido allí a buscar a esa… señora… has comido a su lado… has paseado con ella en coche descubierto, te ha visto toda Vetusta, te has apeado en el Espolón; ya tenemos otra Brigadiera…. Parece que necesitas el escándalo, quieres perderme.

—¡Madre! ¡madre!—¡Si no hay madre que valga! ¿te has acordado de tu madre en todo el día? ¿No la has dejado comer sola, o mejor dicho, no comer? ¿te importó nada que tu madre se asustara, como era natural? ¿Y qué has hecho después hasta las diez de la noche?

—¡Madre, madre, por Dios! yo no soy un niño….

—No, no eres un niño; a ti no te duele que tu madre se consuma de impaciencia, se muera de incertidumbre…. La madre es un mueble que sirve para cuidar de la hacienda, como un perro; tu madre te da su sangre, se arranca los ojos por ti, se condena por ti… pero tú no eres un niño, y das tu sangre, y los ojos y la salvación… por una mujerota….

—¡Madre!—¡Por una mala mujer!—¡Señora!—Cien veces, mil veces peor, que esas que le tiran de la levita a don Saturno, porque esas cobran, y dejan en paz al que las ha buscado; pero las señoras chupan la vida, la honra… deshacen en un mes lo que yo hice en veinte años…. ¡Fermo… eres un ingrato!… ¡eres un loco!

Se sentó fatigada y con el pañuelo que traía a la cabeza improvisó una banda para las sienes.

—¡Va a estallarme la frente!—¡Madre, por Dios! sosiéguese usted. Nunca la he visto así… ¿Pero qué pasa? ¿qué pasa?… Todo es calumnia…. ¡Y qué pronto… qué pronto… la han urdido! ¡Qué Brigadiera ni qué señoronas… si no hay nada de eso… si yo le juro que no es eso… si no hay nada!

—No tienes corazón, Fermo, no tienes corazón.

—Señora, ve usted lo que no hay… yo le aseguro….

—¿Qué has hecho hasta las diez de la noche? Rondar la casa de esa gigantona… de fijo….

—¡Por Dios, señora! esto es indigno de usted. Está usted insultando a una mujer honrada, inocente, virtuosa; no he hablado con ella tres veces… es una santa….

—Es una como las otras.—¿Cómo qué otras?

—Como las otras.—¡Señora! ¡Si la oyeran a usted!

—¡Ta, ta, ta! Si me oyeran me callaría. Fermo… a buen entendedor…. Mira, Fermo… tú no te acuerdas, pero yo sí… yo soy la madre que te parió ¿sabes? y te conozco… y conozco el mundo… y sé tenerlo todo en cuenta… todo…. Pero de estas cosas no podemos hablar tú y yo… ni a solas… ya me entiendes… pero… bastante buena soy, bastante he callado, bastante he visto.

—No ha visto usted nada…—Tienes razón… no he visto… pero he comprendido y ya ves… nunca te hablé de estas… porquerías, pero ahora parece que te complaces en que te vean… tomas por el peor camino….

—Madre… usted lo ha dicho, es absurdo, es indecoroso que usted y yo hablemos, aunque sea en cifra, de ciertas cosas….

—Ya lo veo, Fermo, pero tú lo quieres. Lo de hoy ha sido un escándalo.

—Pero si yo le juro a usted que no hay nada; que esto no tiene nada que ver con todas esas otras calumnias de antaño….

—Peor; peor que peor…. Y sobre todo lo que yo temo es que el otro se entere, que Camoirán crea todo eso que ya dicen.

—¡Que ya dicen! ¡En dos días!

—Sí, en dos; en medio… en una hora…. ¿No ves que te tienen ganas? ¿que llueve sobre mojado?… ¿Hace dos días? Pues ellos dirán que hace dos meses, dos años, lo que quieran. ¿Empieza ahora? Pues dirán que ahora se ha descubierto. Conocen al Obispo, saben que sólo por ahí pueden atacarte…. Que le digan a Camoirán que has robado el copón… no lo cree… pero eso sí; ¡acuérdate de la Brigadiera!…

—¡Qué Brigadiera… madre… qué Brigadiera!… Es que no podemos hablar de estas cosas… pero… si yo le explicara a usted….

—No necesito saber nada… todo lo comprendo… todo lo sé… a mi modo. Fermo, ¿te fue bien toda la vida dejándote guiar por tu madre, en estas cosas miserables de tejas abajo? ¿Te fue bien?

—¡Sí, madre mía, sí!

—¿Te saqué yo o no de la pobreza?

—¡Sí, madre del alma!—¿No nos dejó tu pobre padre muertos de hambre y con el agua al cuello, todo embargado, todo perdido?

—Sí, señora, sí… y eternamente yo….

—Déjate de eternidades… yo no quiero palabras, quiero que sigas creyéndome a mí; yo sé lo que hago. Tú predicas, tú alucinas al mundo con tus buenas palabras y buenas formas… yo sigo mi juego. Fermo, si siempre ha sido así, ¿por qué te me tuerces? ¿Por qué te me escapas?

—Si no hay tal, madre.—Sí hay tal, Fermo. No eres un niño, dices… es verdad… pero peor si eres un tonto…. Sí, un tonto con toda tu sabiduría. ¿Sabes tú pegar puñaladas por la espalda, en la honra? Pues mira al Arcediano, torcido y todo, las da como un maestro… ahí tienes un ignorante que sabe más que tú.

Doña Paula se había arrancado los parches, las trenzas espesas de su pelo blanco cayeron sobre los hombros y la espalda; los ojos apagados casi siempre, echaban fuego ahora, y aquella mujer cortada a hachazos parecía una estatua rústica de la Elocuencia prudente y cargada de experiencia.

La tempestad se había deshecho en lluvia de palabras y consejos. Ya no se reñía, se discutía con calor, pero sin ira. Los recuerdos evocados, sin intención patética, por doña Paula, habían enternecido a Fermo. Ya había allí un hijo y una madre, y no había miedo de que las palabras fuesen rayos.

Doña Paula no se enternecía, tenía esa ventaja. Llamaba mojigangas a las caricias, y quería a su hijo mucho a su manera, desde lejos. Era el suyo un cariño opresor, un tirano. Fermo, además de su hijo, era su capital, una fábrica de dinero. Ella le había hecho hombre, a costa de sacrificios, de vergüenzas de que él no sabía ni la mitad, de vigilias, de sudores, de cálculos, de paciencia, de astucia, de energía y de pecados sórdidos; por consiguiente no pedía mucho si pedía intereses al resultado de sus esfuerzos, al Provisor de Vetusta. El mundo era de su hijo, porque él era el de más talento, el más elocuente, el más sagaz, el más sabio, el más hermoso; pero su hijo era de ella, debía cobrar los réditos de su capital, y si la fábrica se paraba o se descomponía, podía reclamar daños y perjuicios, tenía derecho a exigir que Fermo continuase produciendo.

En Matalerejo, en su tierra, Paula Raíces vivió muchos años al lado de las minas de carbón en que trabajaba su padre, un miserable labrador que ganaba la vida cultivando una mala tierra de maíz y patatas, y con la ayuda de un jornal. Aquellos hombres que salían de las cuevas negros, sudando carbón y con los ojos hinchados, adustos, blasfemos como demonios, manejaban más plata entre los dedos sucios que los campesinos que removían la tierra en la superficie de los campos y segaban y amontonaban la yerba de los prados frescos y floridos. El dinero estaba en las entrañas de la tierra; había que cavar hondo para sacar provecho. En Matalerejo, y en todo su valle, reina la codicia, y los niños rubios de tez amarillenta que pululan a orillas del río negro que serpea por las faldas de los altos montes de castaños y helechos, parecen hijos de sueños de avaricia. Paula era de niña rubia como una mazorca; tenía los ojos casi blancos de puro claros, y en el alma, desde que tuvo uso de razón, toda la codicia del pueblo junta. En las minas, y en las fábricas que las rodean, hay trabajo para los niños en cuanto pueden sostener en la cabeza un cesto con un poco de tierra. Los ochavos que ganan así los hijos de los pobres son en Matalerejo la semilla de la avaricia arrojada en aquellos corazones tiernos: semilla de metal que se incrusta en las entrañas y jamás se arranca de allí. Paula veía en su casa la miseria todos los días; o faltaba pan para cenar o para comer; el padre gastaba en la taberna y en el juego lo que ganaba en la mina.

La niña fue aprendiendo lo que valía el dinero, por la gran pena con que los suyos lo lloraban ausente. A los nueve años era Paula una espiga tostada por el sol, larga y seca; ya no se reía: pellizcaba a las amigas con mucha fuerza, trabajaba mucho y escondía cuartos en un agujero del corral. La codicia la hizo mujer antes de tiempo; tenía una seriedad prematura, un juicio firme y frío.

Hablaba poco y miraba mucho. Despreciaba la pobreza de su casa y vivía con la idea constante de volar… de volar sobre aquella miseria. Pero ¿cómo? Las alas tenían que ser de oro. ¿Dónde estaba el oro? Ella no podía bajar a la mina.

Su espíritu observador notó en la iglesia un filón menos obscuro y triste que el de las cuevas de allá abajo. «El cura no trabajaba y era más rico que su padre y los demás cavadores de las minas. Si ella fuera hombre no pararía hasta hacerse cura. Pero podía ser ama como la señora Rita». Comenzó a frecuentar la iglesia; no perdió novena, ni rogativas, ni misiones, ni rosario y siempre salía la última del templo. Los vecinos de Matalerejo habían enterrado la antigua piedad entre el carbón; eran indiferentes y tenían fama de herejes en los pueblos comarcanos. Por esto pudo notar la señorita Rita la piedad de Paula bien pronto. «La hija de Antón Raíces, le dijo al señor cura, tira para santa, no sale de la iglesia». El cura habló a la chicuela, y aseguró a Rita que era una Teresa de Jesús en ciernes. En una enfermedad del ama, el párroco pidió a Raíces su hija para reemplazar a Rita en su servicio. Rita sanó pero Paula no salió de la Rectoral. Se acabó el ir y venir con el cesto de tierra. Se vistió de negro, y por amor de Dios se olvidó de sus padres. A los dos años la señora Rita salía de la casa del cura enseñando los puños a Paula y llevándose en un cofre sus ahorros de veinte años. El cura murió de viejo y el nuevo párroco, de treinta años, admitió a la hija de Raíces como parte integrante de la casa Rectoral. Paula era entonces una joven alta, blanca, fresca, de carne dura y piel fina, pero mal hecha. Una noche, a las doce, a la luz de la luna salió de la Rectoral, que estaba en lo alto de una loma rodeada de castaños y acacias, cien pasos más abajo de la iglesia. Llevaba en los brazos un pañuelo negro que envolvía ropa blanca. Detrás de ella salió una sombra, con gorro de dormir y en mangas de camisa…. Al ver que la seguían, Paula corrió por la callejuela que bajaba al valle. El del gorro la alcanzó, la cogió por la saya de estameña y la obligó a detenerse; hablaron; él abría los brazos, ponía las manos sobre el corazón, besaba dos dedos en cruz; ella decía no con la cabeza. Después de media hora de lucha, los dos volvieron a la Rectoral; entró él, ella detrás y cerró por dentro después de decir a un perro que ladraba:

—¡Chito, Nay, que es el amo! Paula fue el tirano del cura desde aquella noche, sin mengua de su honor. Un momento de flaqueza en la soledad le costó al párroco, sin saciar el apetito, muchos años de esclavitud. Tenía fama de santo; era un joven que predicaba moralidad, castidad, sobre todo a los curas de la comarca, y predicaba con el ejemplo. Y una noche, reparando al cenar que Paula era mal formada, angulosa, sintió una lascivia de salvaje, irresistible, ciega, excitada por aquellos ángulos de carne y hueso, por aquellas caderas desairadas, por aquellas piernas largas, fuertes, que debían de ser como las de un hombre. A la primera insinuación amorosa, brusca, significada más por gestos que por palabras, el ama contestó con un gruñido, y fingiendo no comprender lo que le pedían; a la segunda intentona, que fue un ataque brutal, sin arte, de hombre casto que se vuelve loco de lujuria en un momento, Paula dio por respuesta un brinco, una patada; y sin decir palabra se fue a su cuarto, hizo un lío de ropa, símbolo de despedida, porque tenía allí muchos baúles cargados de trapos y otros artículos, y salió diciendo desde la escalera:

—¡Señor cura! yo me voy a dormir a casa de mi padre.

La transacción le costó al clérigo humillarse hasta el polvo, una abdicación absoluta. Vivieron en paz en adelante, pero él vio siempre en ella a su señor de horca y cuchillo; tenía su honor en las manos; podía perderle. No le perdió. Pero una noche, cuando el cura cenaba, tarde, después de estudiar, Paula se acercó a él y le pidió que la oyese en confesión.

—Hija mía ¿a estas horas?

—Sí, señor, ahora me atrevo… y no respondo de volver a atreverme jamás.

Le confesó que estaba encinta.

Francisco De Pas, un licenciado de artillería, que entraba mucho en casa del cura, de quien era algo pariente, la había requerido de amores y ella le había contestado a bofetadas—el cura se puso colorado; se acordó de la patada que había recibido él—pero el licenciado había sido terco, y había vuelto a requebrarla, y a prometerla casarse en cuanto sacaran el estanquillo que le tenían prometido los del Gobierno; ella se había tranquilizado y desde entonces admitía al habla aquel buque sospechoso. Según costumbre de la tierra, iba el de artillería a hablar con Paula a media noche, no por la reja, que no las hay en Matalerejo, sino en el corredor de la panera, una casa de tablas sostenida por anchos pilares a dos o tres varas del suelo. Allí dormía ella en el verano. Francisco faltó una noche a lo convenido, fue audaz, pasó del corredor al interior de la panera; luchó Paula, luchó hasta caer rendida—lo juraba ante un Cristo—, rendida por la fuerza del artillero. Desde aquella noche le tomó ojeriza, pero quería casarse con él. De aquella traición acaso nació Fermín a los dos meses de haber unido el buen párroco a Paula y Francisco con lazo inquebrantable. Todos los vecinos dijeron que Fermín era hijo del cura, quien dotó al ama con buenas peluconas. Francisco De Pas no era interesado; siempre había tenido intención de casarse con Paula, pero los vecinos le habían llenado el alma de sospechas y espinas, y él, creyendo que podía el cura estar riéndose de un licenciado, hizo lo que hizo. Pero aquella noche que fue como la de una batalla a obscuras, terrible, le convenció de la inocencia del párroco y de la virtud de Paula. Aquello no se fingía; mucho sabía el artillero de las trampas del mundo, de las doncellas falsas, pero él se fue a su casa al alba persuadido de que había vencido, bien o mal, una honra verdadera. Y volvió a su proyecto de casarse con el ama del cura. Así se lo juró a ella, de rodillas, como él había visto a los galanes en los teatros, allá por el mundo adelante.—«Yo te pediré a tus padres y al cura mañana mismo.—No—dijo ella—, ahora no». Y siguieron viéndose. Cuando Paula estuvo segura de que había fruto de aquella traición, o de las concesiones subsiguientes, dijo a su novio: «Ahora se lo digo al amo y tú, cuando él te llame, te niegas a casarte, dices que dicen que no eres tú solo… que en fin…—Sí, sí, ya entiendo.—¡Lo que sospechabas, animal!—Sí, ya sé.—Pues eso.—¿Y después?—Después deja que el cura te ofrezca… y no digas que bueno a la primer promesa; deja que suba el precio… ni a la segunda. A la tercera date por vencido…».

Y así fue. Paula arrancó de una vez al pobre párroco de Matalerejo, el más casto del Arciprestazgo, el resto del precio que ella había puesto al silencio. ¡Con qué fervor predicaba el buen hombre después la castidad firme! «¡Un momento de debilidad te pierde, pecador; basta un momento! Un deseo, un deseo que no sacias siquiera, te cuesta la salvación» (y todos tus ahorros, y la paz del hogar, y la tranquilidad de toda la vida, añadía para sus adentros.)

Paula compró grandes partidas de vino y lo vendía al por mayor a los taberneros de Matalerejo; empezó bien el comercio gracias a su inteligencia, a su actividad. Ella trabajaba por los dos. Francisco era muy fantástico, según su mujer. Le gustaba contar sus hazañas, y hasta sus aventuras, esto en secreto, después de colocar unos cuantos pellejos de Toro, al beber en compañía del parroquiano. Era rumboso y en el calor de la amistad improvisada en la taberna, abría créditos exorbitantes a los taberneros, sus consumidores. Esto originó reyertas trágicas; hubo sillas por el aire, cuchillos que acababan por clavarse en una mesa de pino, amenazas sordas y reconciliaciones expresivas por parte del artillero; secas, frías, nada sinceras por parte de su mujer. La manía de dar al fiado llegó a ser un vicio, una pasión del manirroto licenciado. Le gustaba darse tono de rico y despreciaba el dinero con gran prosopopeya. «¡Los países que él había visto! ¡las mujeres que él había seducido, allá muy lejos!». Sus amigos los taberneros que no habían visto más río que el de su patria, le engañaban al segundo vaso. Mientras él se perdía en sus recuerdos y en sus sueños pretéritos, que daba por realizados, sus compadres interrumpiéndole, entre alabanzas y admiraciones, le sacaban pellejos y más pellejos de vino pagaderos…. «De eso no había que hablar». «El hombre es honrado» decía el artillero y añadía: «Si yo tengo un duro pongo por ejemplo, y un amigo, por una comparación, necesita ese duro… y quien dice un duro dice veinte arrobas de vino, pongo por caso…». Pocos años necesitó, a pesar de la prosperidad con que el comercio había empezado, para tocar en la bancarrota. Se atrevió un parroquiano a no pagar y tras él fueron otros, y al fin no le pagaba casi nadie. Paula que había dominado a dos curas, y estaba dispuesta a dominar el mundo, no podía con su marido. «Lo que tú quieras, tienes razón», decía él, y a la media hora volvía a las andadas. Si ella se irritaba, se le acababa a él lo que llamaba la paciencia, y una vez en el terreno de la fuerza el artillero vencía siempre; fuerte era como un roble Paula, pero Francisco había sido el más arrogante mozo de nuestro ejército, y tenía músculos de oso. Había nacido en lo más alto de la montaña y hasta los veinte años había servido en los Puertos, cuidando ganado. Cuando la pobreza llamó a las puertas, y Paula se decidió a dejar su comercio, De Pas decretó dedicar los pocos cuartos que sacaron libres a la industria ganadera. Tomó vacas en parcería y se fue con su mujer y su hijo a su pueblo, a vivir del pastoreo, en los más empinados vericuetos. Allí pasó la niñez y llegó a la adolescencia Fermín, a quien su madre había deseado hacer clérigo.—«Pastor y vaquero ha de ser, como su abuelo y como su padre», gritaba el licenciado cada vez que la madre hablaba de mandar al niño a aprender latín con el cura de Matalerejo. El comercio de ganado no fue mejor que el de vino. A Francisco se le ocurrió que él había sido siempre un gran tirador; se consagró a la caza y perseguía corzos, jabalíes, y hasta con el oso, las pocas veces que se le presentaba, se atrevía. Una tarde de invierno vio Paula llegar a la aldea cuatro hombres que conducían a hombros el cuerpo destrozado de su marido en unas angarillas improvisadas con ramas de roble. Había caído de lo alto de una peña abrazado a la osa mal herida que perseguían los vaqueros hacía una semana. Murió con gloria el artillero, pero su viuda se encontró abrumada de trampas, de deudas y para sarcasmo de la suerte, dueña de créditos sin fin que no se cobrarían jamás. Volvió a Matalerejo, después de perder por embargo cuanto tenía. Llevaba aquellos papeles inútiles y el hijo que había de ser clérigo. Era Fermín ya un mozalbete como un castillo; sus 15 años parecían veinte; pero Paula hacía de él cuanto quería, le manejaba mejor que a su padre. Le hizo estudiar latín con el cura, el mismo que había dado la dote perdida por el difunto. Había que adelantar tiempo y Fermín lo adelantó; estudiaba por cuatro y trabajaba en los quehaceres domésticos de la Rectoral; cuidaba la huerta además y así ganaba comida y enseñanza. Iba a dormir a la cabaña de su madre, que a la boca de una mina había levantado cuatro tablas, para instalar una taberna. Los gastos del nuevo comercio, que no subieron a mucho, corrieron aún por cuenta del párroco, quien hizo el desinteresado más por caridad que por miedo. Ya no temía lo que pudiera decir Paula ni ella creía tampoco en la fuerza del arma con que en un tiempo había amenazado terrible, cruel y fría.

La taberna prosperaba. Los mineros la encontraban al salir a la claridad y allí, sin dar otro paso, apagaban la sed y el hambre, y la pasión del juego que dominaba a casi todos. Detrás de unas tablas, que dejaban pasar las blasfemias y el ruido del dinero, estudiaba en las noches de invierno interminables el hijo del cura, como le llamaban cínicamente los obreros, delante de su madre, no en presencia de Fermín, que había probado a muchos que el estudio no le había debilitado los brazos. El espectáculo de la ignorancia, del vicio y del embrutecimiento le repugnaba hasta darle náuseas y se arrojaba con fervor en la sincera piedad, y devoraba los libros y ansiaba lo mismo que para él quería su madre: el seminario, la sotana, que era la toga del hombre libre, la que le podría arrancar de la esclavitud a que se vería condenado con todos aquellos miserables si no le llevaban sus esfuerzos a otra vida mejor, una digna del vuelo de su ambición y de los instintos que despertaban en su espíritu. Paula padeció mucho en esta época; la ganancia era segura y muy superior a lo que pudieran pensar los que no la veían a ella explotar los brutales apetitos, ciegos, y nada escogidos de aquella turba de las minas; pero su oficio tenía los peligros del domador de fieras; todos los días, todas las noches había en la taberna pendencias, brillaban las navajas, volaban por el aire los bancos. La energía de Paula se ejercitaba en calmar aquel oleaje de pasiones brutales, y con más ahínco en obligar al que rompía algo a pagarlo y a buen precio. También ponía en la cuenta, a su modo, el perjuicio del escándalo. A veces quería Fermín ayudarla, intervenir con sus puños en las escenas trágicas de la taberna, pero su madre se lo prohibía:

—Tú a estudiar, tú vas a ser cura y no debes ver sangre. Si te ven entre estos ladrones, creerán que eres uno de ellos.

Fermín, por respeto y por asco obedecía, y cuando el estrépito era horrísono, tapaba los oídos y procuraba enfrascarse en el trabajo hasta olvidar lo que pasaba detrás de aquellas tablas, en la taberna. Algo más que las reyertas entre los parroquianos ocultaba Paula a su hijo. Aunque ya no era joven, su cuerpo fuerte, su piel tersa y blanca, sus brazos fornidos, sus caderas exuberantes excitaban la lujuria de aquellos miserables que vivían en tinieblas. «La Muerta es un buen bocado», se decía en las minas. La llamaban la Muerta por su blancura pálida; y creyendo fácil aquella conquista, muchos borrachos se arrojaban sobre ella como sobre una presa; pero Paula los recibía a puñadas, a patadas, a palos; más de un vaso rompió en la cabeza de una fiera de las cuevas y tuvo el valor de cobrárselo. Estos ataques de la lujuria animal solían ser a las altas horas de la noche, cuando el enamorado salvaje se eternizaba sobre su banco, para esperar la soledad. Fermín estudiaba o dormía. Paula cerraba la puerta de la calle, porque la autoridad le obligaba a ello. No despedía al borracho, aunque conocía su propósito, porque mientras estaba allí hacía consumo, suprema aspiración de Paula. Y entonces empezaba la lucha. Ella se defendía en silencio. Aunque él gritase, Fermín no acudía; pensaba que era una riña entre mineros. Además, le temían unos por fuerte, otros por hijo, y procuraban vencer sin que él se enterase. Pero nunca vencían. A lo sumo un abrazo furtivo, un beso como un rasguño. Nada. Paula despreciaba aquella baba. Más asco le daba barrer las inmundicias que dejaban allí aquellos osos de la cueva.

Todo por su hijo; por ganar para pagarle la carrera, lo quería teólogo, nada de misa y olla. Allí estaba ella para barrer hacia la calle aquel lodo que entraba todos los días por la puerta de la taberna; a ella la manchaba, pero a él no; él allá dentro con Dios y los santos, bebiendo en los libros de la ciencia que le había de hacer señor; y su madre allí fuera, manejando inmundicia entre la que iba recogiendo ochavo a ochavo el porvenir de su hijo; el de ella, también, pues estaba segura de que llegaría a ser una señora. Allá en la Montaña, en cuanto Fermín había aprendido a leer y escribir, le había obligado a enseñarle a ella su ciencia. Leía y escribía. En la taberna, entre tantas blasfemias, entre los aullidos de borrachos y jugadores, ella devoraba libros, que pedía al cura.

Más de una vez la guardia civil tuvo que visitarla y cada poco tiempo iba a la cabeza del partido a declarar en causa por lesiones o hurto.

El cura, Fermín, y hasta los guardias, que estimaban su honradez, la habían aconsejado en muchas ocasiones que dejase aquel tráfico repugnante; ¿no la aburría pasar la vida entre borrachos y jugadores que se convertían tan a menudo en asesinos?

«¡No, no y no!». Que la dejasen a ella. Estaba haciendo bolsón sin que nadie lo sospechase…. En cualquier otra industria que emprendiese, con sus pocos recursos, no podría ganar la décima parte de lo que iba ganando allí. Los mineros salían de la obscuridad con el bolsillo repleto, la sed y el hambre excitadas; pagaban bien, derrochaban y comían y bebían veneno barato en calidad de vino y manjares buenos y caros. En la taberna de Paula todo era falsificado; ella compraba lo peor de lo peor y los borrachos lo comían y bebían sin saber lo que tragaban, y los jugadores sin mirarlo siquiera, fija el alma en los naipes.

El consumo era mucho, la ganancia en cada artículo considerable. Por eso no había prendido ya fuego a la taberna con todos los ladrones dentro.

No dejó el tráfico hasta que los estudios y la edad de Fermín lo exigieron. Hubo que dejar el país y por recomendaciones del párroco de Matalerejo, Paula fue a servir de ama de llaves al cura de La Virgen del Camino, a una legua de León, en un páramo. Fermín, también por influencia de Matalerejo (el cura), y del párroco de la Virgen del Camino, entró en San Marcos de León en el colegio de los Jesuitas, que pocos años antes se habían instalado en las orillas del Bernesga. El muchacho resistió todas las pruebas a que los PP. le sometieron; demostró bien pronto gran talento, sagacidad, vocación, y el P. Rector llegó a decir que aquel chico había nacido jesuita. Paula callaba, pero estaba resuelta a sacar de allí a su hijo en tiempo oportuno, cuando ella pudiera asegurarle un porvenir fuera de aquella santa casa. No le quería jesuita. Le quería canónigo, obispo, quién sabe cuántas cosas más. Él hablaba de misiones en el Oriente, de tribus, de los mártires del Japón, de imitar su ejemplo; leía a su madre, con los ojos brillantes de entusiasmo, los periódicos que hablaban de los peligros del P. Sevillano, de la compañía, allá en tierra de salvajes. Paula sonreía y callaba. ¡Bueno estaría que después de tantos sacrificios el hijo se le convirtiera en mártir! Nada, nada de locuras; ni siquiera la locura de la cruz. En el Santuario de la Virgen del Camino se maneja mucha plata el día que se abre el tesoro de la Virgen, en presencia de la Autoridad civil; pero el cura es pobre.

Paula veía pasar por sus manos los duros y las pesetas, pero aquello era como agua del mar para el sediento; no sacaba nada en limpio de revolver trigo y plata de la milagrosa Imagen. Su fama de perfecta ama de cura corrió por toda la provincia; el párroco de la Virgen tenía la imprudencia de alabar su talento culinario, su despacho, su integridad, su pulcritud, su piedad y demás cualidades delante de otros clérigos, a la mesa, después de comer bien y beber mejor. Cundió la fama de Paula, y un canónigo de Astorga se la arrebató al cura de la Virgen. Fue una traición y Paula una ingrata. Sin embargo, el canónigo era un santo, la traición no había sido suya. Don Fortunato Camoirán no era capaz de traiciones. Le propusieron un ama de llaves y la aceptó, sin sospechar que a los pocos meses sería él su esclavo.

Nada convenía a Paula como un amo santo. Al año de servir al canónigo Camoirán se vanagloriaba de haberle salvado varias veces de la bancarrota: sin ella hubiera tirado la casa por la ventana: todo hubiera sido de los pobres y de los tunantes y holgazanes que le saqueaban con la ganzúa de la caridad. Paula puso en orden todo aquello. Camoirán se lo agradeció y siguió dando limosna a hurtadillas, pero poca; lo que podía sisar al ama. Era el canónigo incapaz de gobernarse en las necesidades premiosas de la vida, no entendía palabra de los intereses del mundo, y al poco tiempo llegó a comprender que Paula era sus ojos, sus manos, sus oídos, hasta su sentido común. Sin Paula acaso, acaso le hubieran llevado a un hospital por loco y pobre.

Aquel imperio fue el más tiránico que ejerció en su vida el ama de llaves. Lo aprovechó para la carrera de Fermín: el canónigo comprendió que debía mirar al estudiante como a cosa suya; si Paula le consagraba la vida a él, él debía consagrar sus cuidados y su dinero y su influencia al hijo de Paula. Además, el mozo le enamoraba también; era tan discreto, tan sagaz como su madre y más amable, más suave en el trato. Pero había que sacarle de San Marcos; lo aseguraba Paula, el mozo lo deseaba, y sobre todo la salud quebrantada del aprendiz de jesuita lo exigía. Se le sacó y entró en el Seminario, a terminar la teología. Fue presbítero, y obtuvo un economato de los buenos, y fue llamado a predicar en San Isidro de León, y en Astorga, y en Villafranca y donde quiera que el canónigo Camoirán, famoso ya por su piedad, tenía influencia. Cuando a Fortunato le ofrecieron el obispado de Vetusta, él vaciló; mejor dicho, se propuso pedir de rodillas que le dejaran en paz: pero Paula le amenazó con abandonarle.—«¡Eso era absurdo!». Solo ya no podría vivir. «No por usted, señor; por el chico es necesario aceptar». —«Acaso tenía razón». Camoirán aceptó por el chico… y fueron todos a Vetusta. Pero allí se le buscó al Obispo una ama de llaves y Paula siguió ejerciendo desde su casa sus funciones de suprema inspección. Fermín fue medrando, medrando; el muchacho valía, pero más valía su madre. Ella le había hecho hombre, es decir, cura; ella le había hecho niño mimado de un Obispo, ella le había empujado para llegar adonde había subido, y ella ganaba lo que ganaba, podía lo que podía… ¡y él era un ingrato!

A esta conclusión llegaba el Magistral aquella noche, en que, después de larga conversación con su madre, se encerró en su despacho a repasar en la memoria todo lo que él sabía de los sacrificios que aquella mujer fuerte había emprendido y realizado por él, porque él subiera, porque dominase y ganara riquezas y honores.

—«¡Sí, era un ingrato! ¡un ingrato!» y el amor filial le arrancaba dos lágrimas de fuego que enjugaba, sorprendido de sentir humedad en aquellas fuentes secas por tantos años.

«¿Cómo lloraba él? ¡Cosa más rara! ¿Sería el alcohol la causa de aquel llanto? Acaso. ¿Sería… lo que había sucedido aquel día? Tal vez todo mezclado. Oh, pero también, también el amor que él tenía a su madre era cosa tierna, grande, digna, que le elevaba a sus propios ojos».

Abrió el balcón del despacho de par en par. Ya había salido la luna, que parecía ir rodando sobre el tejado de enfrente. La calle estaba desierta, la noche fresca; se respiraba bien; los rayos pálidos de la luna y los soplos suaves del aire le parecieron caricias. «¡Qué cosas tan nuevas, o mejor tan antiguas, tan antiguas y tan olvidadas estaba sintiendo! Oh, para él no era nuevo, no, sentir oprimido el pecho al mirar la luna, al escuchar los silencios de la noche; así había él empezado a ponerse enfermucho, allá en los Jesuitas: pero entonces sus anhelos eran vagos y ahora no; ahora anhelaba… tampoco se atrevía a pedir claridad y precisión a sus deseos…. Pero ya no eran tristezas místicas, ansiedades de filósofo atado a un teólogo lo que le angustiaba y producía aquel dulce dolor que parecía una perezosa dilatación de las fibras más hondas…». La sonrisa de la Regenta se le presentó unida a la boca, a las mejillas, a los ojos que la dieran vida… y recordó una a una todas las veces que le había sonreído. En los libros aquello se llamaba estar enamorado platónicamente; pero él no creía en palabras. No; estaba seguro que aquello no era amor. El mundo entero, y su madre con todo el mundo, pensaban groseramente al calificar de pecaminosa aquella amistad inocente. ¡Si sabría él lo que era bueno y lo que era malo! Su madre le quería mucho, a ella se lo debía todo, ya se sabe, pero… no sabía ella sentir con suavidad, no entendía de afectos finos, sublimes… había que perdonarla. Sí, pero él necesitaba amor más blando que el de doña Paula… más íntimo, de más fácil comunión por razón de la edad, de la educación, de los gustos… Él, aunque viviera con su madre querida, no tenía hogar, hogar suyo, y eso debía ser la dicha suprema de las almas serias, de las almas que pretendían merecer el nombre de grandes. Le faltaba compañía en el mundo; era indudable.

De una casa de la misma calle, por un balcón abierto, salían las notas dulces, lánguidas, perezosas de un violín que tocaban manos expertas. Se trataba de motivos del tercer acto del Fausto. El Magistral no conocía la música, no podía asociarla a las escenas a que correspondía, pero comprendía que se hablaba de amor. El oír con deleite, como oía, aquella música insinuante, ya era molicie, ya era placer sensual, peligroso: pero… ¡decía tan bien aquel violín las cosas raras que estaba sintiendo él!

De repente se acordó de sus treinta y cinco años, de la vida estéril que había tenido, fecunda sólo en sobresaltos y remordimientos, cada vez menos punzantes, pero más soporíferos para el espíritu. Se tuvo una lástima tiernísima; y mientras el violín gemía diciendo a su modo:

Al palido chiaror
che vien degli astri d’or
dami ancor contemplar il tuo viso…

el Magistral lloraba para dentro, mirando a la luna a través de unas telarañas de hilos de lágrimas que le inundaban los ojos…. Mirábala ni más ni menos como decía Trifón Cármenes en El Lábaro que la contemplaba él, todos los jueves y domingos, los días de folletín literario.

«¡Medrados estamos!» pensó don Fermín al dar en idea tan extravagante. Y entonces volvió a ocurrírsele que en aquel sentimentalismo de última hora debía de tener gran parte la copa de cognac, o lo que fuese.

Abajo era día de cuentas. Muy a menudo se las tomaba doña Paula al buen Froilán Zapico, el propietario de La Cruz Roja ante el público y el derecho mercantil. Froilán era un esclavo blanco de doña Paula; a ella se lo debía todo, hasta el no haber ido a presidio; le tenía agarrado, como ella decía, por todas partes y por eso le dejaba figurar como dueño del comercio, sin miedo de una traición. Le llamaba de tú y muchas veces animal y pillastre. Él sonreía, fumaba su pipa, siempre pegada a la boca, y decía con una calma de filósofo cínico: «Cosas del alma». Vestía de levita, y hasta usaba guantes negros en las procesiones. Tenía que parecer un señor para dar aire de verosimilitud a su propiedad de La Cruz Roja, el comercio más próspero de Vetusta, el único en su género, desde que el mísero de don Santos Barinaga se había ido arruinando.

Doña Paula había casado a Froilán con una criada de las que ella tomaba en la aldea, una de las que habían precedido a Teresa en sus funciones de doncella cerca del señorito. Había dormido como Teresa ahora, a cuatro pasos del Magistral.

Este matrimonio era una recompensa para Juana, la mujer de Froilán. Zapico oyó la proposición de su ama con aire socarrón. Creía comprender. Pero él era muy filósofo: no se paraba en ciertos requisitos que otros miran mucho. El ama, al proponerle el matrimonio, había pensado: «Esto es algo fuerte; pero ¡ay de él si se subleva!». Froilán no se sublevó. Juana era muy buena moza y sabía cuidar a un hombre. Se casó Zapico, y al día siguiente de la boda, doña Paula, que le miraba de soslayo, con un gesto de desconfianza, tal vez algo arrepentida «de haber estirado mucho la cuerda» observó que el novio estaba muy contento, muy amable con ella, y hecho un almíbar con su mujer.

«Gordas las tragas, Froilán, eres un valiente», pensaba ella admirándole y despreciándole al mismo tiempo.

Y él sonreía con más socarronería que nunca.

«Buen chasco se había llevado la señora; si ella supiera…» pensaba él fumando su pipa. Pero es claro que jamás dijo a doña Paula el secreto de aquella noche en que hubo sorpresas muy diferentes de las que suponía la señora.

Era el único secreto que había entre ama y esclavo; la única mala pasada que ella le había querido jugar…. Y como tampoco había tenido mal resultado, sino muy beneficioso para Zapico, este seguía estimando a doña Paula. Ella, al verle tan contento, nada resentido, rabiaba por atreverse a preguntar; y él, muy satisfecho con el engaño del ama que había sido en su provecho, rabiaba por decir algo; pero los dos callaban. No había más que ciertas miradas mutuas que ambos sorprendían a veces. Se encontraban a menudo cavando cada cual con los ojos en el rostro del otro para encontrar el secreto…. Pero nada de palabras. Doña Paula encogía los hombros y Froilán reía pasando la mano por las barbas de puerco-espín que tenía debajo del mentón afeitado.

Allí lo serio era el dinero. Las cuentas siempre ajustadas, limpias. Froilán era fiel por conveniencia y por miedo. En aquella casa el recuento de la moneda era un culto. Desde niño se había acostumbrado don Fermín a la seriedad religiosa con que se trataban los asuntos de dinero, y al respeto supersticioso con que se manejaba el oro y la plata. Allá abajo, en la trastienda de La Cruz Roja, a la que no se pasaba, desde la casa del Magistral por sótanos, como suponía la maledicencia, sino por ancha puerta abierta en la medianería en el piso terreno, doña Paula, subida a una plataforma, ante un pupitre verde, repasaba los libros del comercio y en serones de esparto y bolsas grasientas contaba y recontaba el oro, la plata y el cobre o el bronce que Froilán iba entregándole, en pie, en una grada de la plataforma, más baja que la mesa en que el ama repasaba los libros. Parecía ella una sacerdotisa y él un acólito de aquel culto platónico. El mismo don Fermín, las veces que presenciaba aquellas ceremonias, sentía un vago respeto supersticioso, sobre todo si contemplaba el rostro de su madre, más pálido entonces, algo parecido a una estatua de marfil, la de una Minerva amarilla, la Palas Atenea de la Crusología.

Aquella noche el Magistral no quiso complacer a su madre bajando a la trastienda, le daba asco; imaginaba que abajo había un gran foco de podredumbre, aguas sucias estancadas. Oía vagos rumores lejanos del chocar de los cuartos viejos, de la plata y del oro, de cristalino timbre. Aquellos ruidos apagados por la distancia subían por el hueco de la escalera, en el silencio profundo de toda la casa. El violín volvió a rasgar el silencio de fuera con notas temblorosas, que parecían titilar como las estrellas. Ya no se trataba de las ansias amorosas de Fausto en la mirada casta y pura de Margarita; ahora el instrumentista arrastraba perezosamente por las cuerdas del violín los quejidos de la Traviata momentos antes de morir.

El Magistral vio aparecer por una esquina de la calle un bulto que se acercaba con paso vacilante, y que caminaba ya por la acera, ya por el arroyo. Era don Santos Barinaga, que volvía a su casa,—tres puertas más arriba de la del Magistral, en la acera de enfrente—. De Pas no le conoció hasta que le vio debajo de su balcón. Pero antes, al pasar junto a la casa donde sonaba el violín, Barinaga, que venía hablando solo, se detuvo y calló. Se quitó el sombrero, que era verde, de figura de cono truncado, y alzando la cabeza escuchó con aire de inteligente. De vez en cuando hacía signos de aprobación…. «Conocía aquello; era la Traviata o el Miserere del Trovador, pero en fin cosa buena».

«Perfecta… mente», dijo en voz alta; que sea muy enhorabuena, Agustinito… eso… eso… el cultivo de las artes… nada de comercio… en esta tierra de ladrones. ¿Eh…?

«Es el hijo del cerero», añadió mirando a un lado, hacia el suelo; como contándoselo a otro que estuviese junto a él y más bajo. El violín calló y don Santos dio media vuelta, como buscando las notas que se habían extinguido. Entonces vio frente por frente, iluminado por un farol, un rótulo de letras doradas que decía: «La Cruz Roja».

Barinaga se cubrió, dio una palmada en la copa del sombrero verde y extendiendo un brazo, mientras se tambaleaba en mitad del arroyo, gritó:—¡Ladrones! Sí, señor—dijo en voz más baja—, no retiro una sola palabra… ladrones; usted y su madre señor Provisor… ¡ladrones!

Barinaga hablaba con el letrero de la tienda, pero el Magistral sintió brasas en las mejillas, y antes que pudiera notar su presencia el vecino, se retiró del balcón y sin el menor ruido, poco a poco, entornó las vidrieras hasta no dejar más que un intersticio por donde ver y oír sin ser visto. Para mayor seguridad bajó la luz del quinqué y lo metió en la alcoba. Volvió al balcón, a espiar las palabras y los movimientos de aquel borracho a quien despreciaba todo el año y que aquella noche, sin que él supiera por qué, le asustaba y le irritaba. Otras veces, a la misma hora, le había sentido en la calle murmurar imprecaciones, mientras él velaba trabajando; pero nunca había querido levantarse para oír las necedades de aquel perdido. Bien sabía que les atribuía a él y a su madre la ruina del comercio de quincalla de que vivía; pero ¿quién hacía caso de un miserable, víctima del aguardiente?

Barinaga seguía diciendo:—Sí, señor Provisor, es usted un ladrón, y un simoniaco, como le llama a usted el señor Foja… que es un liberal… eso es, un liberal probado….

Y como «La Cruz Roja» no respondía, don Santos dirigiéndose a su propia sombra que se le iba subiendo a las barbas, según se acercaba a la puerta cerrada del comercio, tomándola por el mismísimo señor De Pas, le dijo:

—¡Señor obscurantista! ¡apaga luces!… usted ha arruinado a mi familia… usted me ha hecho a mí hereje… masón, sí, señor, ahora soy masón… por vengarme… por… ¡abajo la clerigalla!

Esto lo dijo bastante alto para que lo oyese el sereno, que daba vuelta a la esquina. El borracho sintió en los ojos la claridad viva y desvergonzada de un ángulo de luz que brotaba de la linterna de Pepe, su buen amigo.

El sereno, aquel Pepe, conoció a don Santos y se acercó sin acelerar el paso.

—Buenas noches, amigo; tú eres un hombre honrado… y te aprecio… pero este carcunda, este comehostias, este rapa-velas, este maldito tirano de la Iglesia, este Provisor… es un ladrón, y lo sostengo…. Toma un pitillo.

Tomó el pitillo Pepe, escondió la linterna, arrimó a la pared el chuzo y dijo con voz grave:

—Don Santos, ya es hora de acostarse; ¿quiere que abra la puerta?

—¿Qué puerta?—La de su casa…—Yo no tengo ya casa… yo soy un pordiosero… ¿no lo ves? ¿no ves qué pantalones, qué levita?… Y mi hija… es una mala pécora… también me la han robado los curas, pero no ha sido este…. Este me ha robado la parroquia… me ha arruinado… y don Custodio me roba el amor de mi hija…. Yo no tengo familia…. Yo no tengo hogar… ni tengo puchero a la lumbre…. ¡Y dicen que bebo!… ¿qué he de hacer, Pepe?… Si no fuera por ti… por ti y por el aguardiente… ¿qué sería de este anciano?…

—Vamos, don Santos, vamos a casa…—Te digo que no tengo casa… déjame… hoy tengo que hacer aquí… Vete, vete tú… Es un secreto… ellos creen… que no se sabe… pero yo lo sé… yo les espío… yo les oigo…. Vete… no me preguntes… vete….

—Pero no hay que alborotar, don Santos; porque ya se han quejado de usted los vecinos… y yo… qué quiere usted….

—Sí, tú… es claro, como soy un pobre…. Vete, déjame con esta ralea de bandidos… o te rompo el chuzo en la cabeza.

El sereno cantó la hora y siguió adelante.

Don Santos le convidaba a veces a echar una copa… ¿qué había de hacer? Además, no solía alborotar demasiado.

Quedó solo Barinaga en la calle, y el Magistral arriba, detrás de las vidrieras entreabiertas, sin perder de vista al que ya llamaba para sus adentros su víctima….

Don Santos volvió a su monólogo, interrumpido por entorpecimientos del estómago y por las dificultades de la lengua.

—¡Miserables!—decía con voz patética, de bajo profundo—¡miserables!… ¡Ministro de Dios!… ¡ministro de un cuerno!… El ministro soy yo, yo, Santos Barinaga, honrado comerciante… que no hago la forzosa a nadie… que no robo el pan a nadie… que no obligo a los curas de toda la diócesis… eso, eso, a comprar en mi tienda cálices, patenas, vinajeras, casullas, lámparas (iba contando por los dedos, que encontraba con dificultad), y demás, con otros artículos… como aras; sí señor ¡que nos oigan los sordos, señor Magistral! usted ha hecho renovar las aras de todas las iglesias del obispado… y yo que lo supe… adquirí una gran partida de ellas…, porque creí que era usted… una persona decente… un cristiano…. ¡Buen cristiano te dé Dios! ¡Jesús… que era un gran liberal, como el señor Foja… eso es… un republicano… no vendía aras… y arrojaba a los mercaderes del templo!… Total, que estoy empeñado, embargado, desvalijado… y usted ha vendido cientos de aras al precio que ha querido… ¡se sabe todo, todo, señor apaga-luces… don Simón el Mago…. Torquemada…. Calomarde!… ¿Ven ustedes este santurrón? pues hasta vende hostias… y cera… ha arruinado también al cerero…. Y papel pintado… Él mismo ha hecho empapelar el Santuario de Palomares… que lo diga la sociedad de Mareantes de aquel puerto… si es un ladrón… si lo tengo dicho… un ladrón, un Felipe segundo… Óigalo usted, ¡so pillo! yo no tengo esta noche qué cenar… no habrá lumbre en mi cocina… pediré una taza de té… y mi hija me dará un rosario…. ¡Sois unos miserables!… (Pausa.) ¡Vaya un siglo de las luces! (señalando al farol) me río yo… de las luces… ¿para qué quiero yo faroles si no cuelgan de ellos a los ladrones?… ¡Rayos y truenos! ¿y esa revolución?… ¡el petróleo!… ¡venga petróleo!…

Calló un momento el borracho, y a tropezones llegó a la puerta de La Cruz Roja. Aplicó el oído al agujero de una cerradura, y después de escuchar con atención, rió con lo que llaman en las comedias risa sardónica.

—¡Ja, ja, ja!—venía a decir, con la garganta y las narices—… ¡Ya están dándole vueltas!… Allá dentro, bien os oigo, miserables, no os ocultéis… bien os oigo repartiros mi dinero, ladrones; ese oro es mío; esa plata es del cerero…. ¡Venga mi dinero, señora doña Paula… venga mi dinero, caballero De Pas, o somos caballeros o no… mi dinero es mío! ¿Digo, me parece? ¡Pues venga!

Volvió a callar y a aplicar el oído a la cerradura.

El Magistral abrió el balcón sin ruido y se inclinó sobre la barandilla para ver a don Santos.

—¿Oirá algo? Parece imposible….

Y volviendo la cabeza hacia el interior obscuro y silencioso de la casa escuchó también con atención profunda…. Sí, él oía algo… era el choque de las monedas, pero el ruido era confuso, podía conocerse sabiendo antes que estaban contando dinero… pero desde la calle no debía de oírse nada… era imposible…. Mas la idea de que la alucinación del borracho coincidiese con la realidad le disgustaba más todavía, le asustaba, con un miedo supersticioso….

—¡Esos miserables tienen ahí toda la moneda de la diócesis!… Y todo eso es mío y del cerero…. ¡Ladrones!… Caballero Magistral, entendámonos; usted predica una religión de paz… pues bien, ese dinero es mío….

Se irguió don Santos; volvió a descargar una palmada sobre el sombrero verde, y extendiendo una mano y dando un paso atrás, exclamó:

—Nada de violencias… ¡Ábrase a la justicia! ¡En nombre de la ley, abajo esa puerta!

—¡Señor don Santos, a la cama!—dijo el sereno, ya de vuelta—. No puedo consentir que usted siga escandalizando….

—Abra usted esa puerta, derríbela usted, señor Pepe. Usted representa la ley… pues bien… ahí están contando mi dinero.

—Ea, ea, don Santos basta de desatinos.

Y le cogió por un brazo, para llevárselo por fuerza.

—Porque soy pobre… ¡ingrato!—dijo Barinaga cayendo en profundo desaliento.

Se dejó arrastrar. El Magistral, desde su balcón, escondido en la obscuridad, los siguió con la mirada, sin alentar, olvidado del mundo entero menos de aquel don Santos Barinaga que le había estado arrojando lodo al rostro, desde el charco de su embriaguez lastimosa.

Don Fermín estaba como aterrado, pendiente el alma de los vaivenes de aquel borracho, de las palabras que más eructaba que decía: «¿Podía una copa de cognac, una comida algo fuerte, un poco de Burdeos, producir aquella irritación en la conciencia, en el cerebro o donde fuera?». No lo sabía, pero jamás la presencia de una de sus víctimas le había causado aquellos escalofríos trágicos que se le paseaban ahora por el cuerpo. Se figuraba la tienda vacía, los anaqueles desiertos, mostrando su fondo de color de chocolate, como nichos preparados para sus muertos…. Y veía el hogar frío, sin una chispa entre la ceniza…. ¡Quién pudiera enviarle a aquel pobre viejo la taza de té por que suspiraba en su extravío; o caldo caliente… algo de lo que sirve a los enfermos y a los ancianos en sus desfallecimientos!

Don Santos y el sereno llegaron, después de buen rato, a la puerta de la tienda de Barinaga, que era también entrada de la casa. El Magistral oyó retumbar los golpes del chuzo contra la madera. No abrían. Al Provisor le consumía la impaciencia. «¿Se habrá dormido esa beatuela?», pensó.

A sus oídos llegaban confusas y con resonancia metálica las palabras del sereno y de Barinaga; parecía que hablaban un idioma extraño.

Repitió Pepe los golpes, y al cabo de dos minutos se abrió un balcón y una voz agria dijo desde arriba.

—¡Ahí va la llave! El balcón se cerró con estrépito. Entró don Santos en la tienda, que era como el Magistral se la había representado, y dejándose alumbrar por el sereno atravesó el triste almacén donde retumbaban los pasos como bajo una bóveda, y subió la escalera lentamente, respirando con fatiga. El sereno salió, después de entregar la llave al amo de la casa. Cerró de un golpe y se fue calle arriba. Obscuridad y silencio. El Magistral abrió entonces su balcón de par en par y tendió el cuerpo sobre la barandilla, hacia la casa de Barinaga, pretendiendo oír algo.

Al principio parecía aprensión lo que oía, como si sonara dentro del cerebro… pero después, cuando se vio luz detrás de los cristales, el Magistral pudo asegurar que allí dentro reñían, arrojaban algo sobre el piso de madera….

Celestina, la hija de Barinaga, era una beata ofidiana, confesaba con don Custodio y trataba a su padre como a un leproso que causa horror. El bando del Arcediano y del beneficiado había querido sacar gran partido de la situación del infeliz don Santos para combatir al Magistral; para ello conquistaron a Celestina; pero Celestina no pudo conquistar a su padre. Bebía el señor Barinaga y en esto ya no se podía culpar de su miseria al Provisor. «Es claro, dirían los partidarios de don Fermín, todo lo gasta en aguardiente, está siempre borracho y espanta la parroquia ¿cómo se quiere que el clero consuma los géneros de un perdido… que además es un hereje? Esta era otra triste gracia. A pesar de las amonestaciones y malos tratos de su hija, Barinaga no había querido pasarse al partido contrario; se había hecho libre-pensador y renegaba de todo el culto y de todo el clero.—Nada, nada; repetía, todos son iguales; lo que dice don Pompeyo Guimarán; el mal está en la raíz; ¡fuego en la raíz! ¡abajo la clerigalla!». Y cuanto más borracho, más de raíz quería cortar. En vano su hija le daba tormento doméstico para convertirle. Sólo conseguía hacerle llorar desesperado, como el infeliz rey Lear, o que montase en cólera y le arrojase a la cabeza algún trasto. Ella pasaba plaza de mártir, pero el mártir era él.

Como don Santos había sospechado, Celestina no quiso darle té, ni tila, ni nada; no había nada. No había fuego, ni eran aquellas horas…. Hubo gritos, llantos y trastos por el aire. El Magistral, gracias al silencio de la noche, oía vagos rumores de la reyerta, que se alargaba, como si no hubiera sueño en el mundo. A él se le cerraban los ojos, pero no sabía qué fuerza le clavaba al balcón….

Aborrecía en aquel momento a Celestina. Recordó que era la joven que había visto días antes a los pies de don Custodio junto a un confesonario del trasaltar. Aquella tarde no la había reconocido. Tenía facha de sabandija de sacristía… de cualquier cosa.

Los rumores continuaban. De vez en cuando se oía el ruido de un golpe seco. Detrás de la vidriera iluminada pasaba de tarde en tarde un cuerpo obscuro.

El sereno cantó las doce a lo lejos.

Poco después cesó el ruido apagado y confuso de voces.

El Magistral esperó. No volvió el rumor. «Ya no reñían».

La claridad de la vidriera desapareció de repente.

El Magistral siguió espiando el silencio. Nada; ni voces ni luz.

El sereno volvió a cantar las doce… más lejos.

De Pas respiró con fuerza y dijo entre dientes:

—¡Ya estará durmiéndola!

Y se oyó el ruido discreto de un balcón que se cierra con miedo de turbar el silencio de la noche.

Pisando quedo, entró don Fermín en su alcoba.

Detrás del tabique oyó el crujir de las hojas de maíz del jergón en que dormía Teresa, y después un suspiro estrepitoso.

El Magistral encogió los hombros y se sentó en el lecho.

«Las doce, había dicho el sereno, ¡ya era mañana! es decir, ya era hoy; dentro de ocho horas la Regenta estaría a sus pies confesando culpas que había olvidado el otro día».

—¡Sus pecados!—dijo a media voz el Provisor, con los ojos clavados en la llama del quinqué—¡si yo tuviese que confesarle los míos!… ¡Qué asco le darían!

Y dentro del cerebro, como martillazos, oía aquellos gritos de don Santos:

«¡Ladrón… ladrón… rapavelas!».

16. febbraio 2012 · Write a comment · Categories: Clarín · Tags:

Era el Espolón un paseo estrecho, sin árboles, abrigado de los vientos del Nordeste, que son los más fríos en Vetusta, por una muralla no muy alta, pero gruesa y bien conservada, a cuyos extremos ostentaban su arquitectura achaparrada sendas fuentes monumentales de piedra obscura, revelando su origen en el ablativo absoluto Rege Carolo III, grabado en medio de cada mole como por obra del agua resbalando por la caliza años y más años. Del otro lado limitaban el paseo largos bancos de piedra también; y no tenía el Espolón más adorno, ni atractivo, a no ser el sol, que, como lo hubiera toda la tarde, calentaba aquella muralla triste. Al abrigo de ella paseaban desde tiempo inmemorial los muchos clérigos que son principal ornamento de la antigua corte vetustense; por invierno de dos a cuatro o cinco de la tarde, y en verano poco antes de ponerse el sol hasta la noche. Era aquel un lugar, a más de abrigado, solitario y lo que llamaban allí recogido, pero esto cuando la Colonia no existía. Ahora lo mejor de la población, el ensanche de Vetusta iba por aquel lado, y si bien el Espolón y sus inmediaciones se respetaron, a pocos pasos comenzaba el ruido, el movimiento y la animación de los hoteles que se construían, de la barriada colonial que se levantaba como por encanto, según El Lábaro, para el cual diez o doce años eran un soplo por lo visto.

Preciso es declarar que el clero vetustense, aunque famoso por su intransigencia en cuestiones dogmáticas, morales y hasta disciplinarias, y si se quiere políticas, no había puesto nunca malos ojos a la proximidad del progreso urbano, y antes se felicitaba de que Vetusta se transformase de día en día, de modo que a la vuelta de veinte años no hubiera quien la conociese. Lo cual demuestra que la civilización bien entendida no la rechazaba el clero, así parroquial como catedral de la Vetusta católica de Bermúdez.

Hubo más; aunque tradicionalmente el Espolón venía siendo patrimonio de sacerdotes, magistrados melancólicos y familias de luto, como algunas señoras notasen que el Paseo de los curas era más caliente que todos los demás, comenzaron en tertulias y cofradías a tratar la cuestión de si debía trasladarse el paseo de invierno al Espolón. Don Robustiano Somoza, que ante todo era higienista público, gritaba en todas partes:

—¡Pues es claro! Pues si es lo que yo vengo diciendo hace un siglo; pero aquí no se puede luchar con las preocupaciones, con el fanatismo. Esos curas, que son listos, con pretexto de la soledad y el retiro han cogido, allá en tiempo de la sopa boba, han cogido para sí el mejor sitio de recreo, el más abrigado, el más higiénico….

En fin, que algunas señoras de las más encopetadas se atrevieron a romper la tradición, y desde Octubre en adelante, hasta que volvía Pascua florida, se pasearon con gran descoco en el Espolón. Tras aquéllas fueron atreviéndose otras; los pollos advirtieron que el Paseo de los curas era más corto y más estrecho que el Paseo Grande, y esto les convenía. Y en un año se transformó en Paseo de invierno el apetecible Espolón, secularizándose en parte.

Algunos clérigos, viejos o pobres casi todos, protestaron y acabaron por abandonar su Espolón desparramándose por las carreteras.

—«¡El mundo, la locura, los arrojaba de su solitario recreo! ¡El siglo lo invadía todo!». Y la emprendían por el camino de Castilla y otras calzadas polvorosas entre las filas interminables de álamos y robles.

Pero el elemento joven, los más de los canónigos y beneficiados, los que vestían con más pulcritud y elegancia, los que usaban el sombrero de canal suelta el ala, ancho y corto, se resignaron, y toleraron la invasión de la Vetusta elegante. No tuvieron inconveniente, o lo disimularon, en codearse con damas y caballeros; después de todo, ellos no habían ido a buscar el gentío, el bullicio mundanal; ellos seguían en su casa, en sus dominios, haciendo como que no notaban la presencia de los intrusos.

Tal vez a esta nueva costumbre de la vida vetustense debíase en parte el gran esmero que se echaba de ver de poco acá en el traje de muchos sacerdotes. Lo que se puede bien llamar juventud dorada del clero de la capital, tan envidiada por sus colegas de la montaña, que según ellos mismos se embrutecían a ojos vistas, la juventud dorada acudía sin falta todas las tardes de otoño y de invierno que hacía bueno al Espolón; iba lo que se llama reluciente; parecían diamantes negros, y sin que nadie tuviera nada que decir, presenciaban las idas y venidas de las jóvenes elegantes; y los que eran observadores podían notar las señales del amor, de la coquetería, en gestos, movimientos, risas, miradas y rubores. Pero nada más.

Sin embargo, el Rector del Seminario, hombre excesivamente timorato, según frase de la marquesa de Vegallana, no pasaba por aquellas mescolanzas de curas y mujeres paseando todos revueltos, en un recinto que no tenía un tiro de piedra de largo, y que tendría cinco varas escasas de ancho.

—«No señor—le decía al Obispo—; yo no comprendo que pueda ser cosa inocente e inofensiva que un sacerdote tropiece con los codos de todas las señoritas majas del pueblo…». El Obispo creía que las señoritas eran incapaces de tales tropezones. «Si fuesen aquellas empecatadas del boulevard, las chalequeras…».

Pronto se olvidó la protesta del Rector del Seminario.

—¿Quién hace caso de ese señor?—decía Visitación la del Banco—un hombre cerril; santo, eso sí, pero montaraz. En fin, ¡un hombre que me echó a mí de la sacristía de Santo Domingo siendo yo tesorera del Corazón de Jesús!

—Un hombre así—aseveraba Obdulia—debía pasar la vida sobre una columna….

—Como San Simón Estilista—acudió Trabuco, que estaba presente.

Desde Pascua florida hasta el equinoccio de otoño próximamente, los curas se quedaban casi solos en el Espolón; pero en Octubre volvían algunas señoras que tenían miedo a la humedad y a la influencia del arbolado allá arriba en el paseo de Verano. La tarde en que el carruaje de los Vegallana dejó al Magistral a la entrada del Espolón, paseaban allí muchos clérigos y no pocos legos de edad y respetabilidad, pero pocas señoras. Sin embargo, las que había bastaron para comentar con abundancia de escolios y notas el hecho extraordinario de apearse el Magistral de la carretela de los Vegallana donde todas con sus propios ojos—cada cual—le acababan de ver al lado de la Regenta. «En nombrando el ruin de Roma…», habían dicho muchos al ver aparecer la carretela. Los curas, valga la verdad, también hablaban del suceso inopinado, como lo llamaba Mourelo. El ex-alcalde Foja se paseaba en medio del Arcediano, el ilustre Glocester, y del beneficiado don Custodio, el más almibarado presbítero de Vetusta. No solía el liberal usurero acompañarse de sotanas, pero aquella tarde había juntado a los tres enemigos del Magistral la importancia de los acontecimientos.

—¡Qué desfachatez!—decía Foja.

—Es un insensato; no sabe lo que es diplomacia, lo que es disimulo—advertía Mourelo.

—Y yo que no quería creer a usted cuando me decía que se había quedado a comer con ellos….

—¡Ya ve usted!—exclamó Glocester triunfante.

—¿Y a dónde van los otros?

—Al Vivero, de fijo; ya sabe usted… a brincar y saltar como potros….

—¡Esas son las clases conservadoras!

—No, señor; esa es la excepción….

—Y mire usted que venir en carruaje descubierto….

—Y junto a ella…—Y apearse aquí—se atrevió a decir el beneficiado.

—Justo; tiene razón este… apearse aquí…

—Señor Arcediano, permítame usted decirle que su colega de usted está dejado de la mano de Dios.

—¡Ya lo creo! ¡ya lo creo! y lo siento…. Pero ese Obispo, ese bendito señor…. En fin, ¿qué quiere usted?—indicó Glocester sonriendo con malicia.

En aquel momento se le ocurrió una frase y para exponerla a su auditorio con toda solemnidad se detuvo, extendió la mano, como separando a los otros dos, y echando el cuerpo del lado de Foja le dijo al oído, a voces:

—¡Amigo mío, de todo ha de haber en la Iglesia de Dios!

Rieron los otros el chiste, y no cesaron las carcajadas, hasta que el Magistral pasó al lado de los murmuradores. Los dos clérigos le saludaron muy cortésmente y Glocester dando un paso hacia él, le acarició con una palmadita familiar sobre el hombro.

La envidia se lo comía, pero Glocester no era hombre que gastase menos disimulo. O era diplomático o no lo era.

El Magistral se contentó con escupirle para sus adentros.

Dio algunas vueltas solo, saludando a diestro y siniestro con la amabilidad de costumbre, por máquina, sin ver apenas a quien saludaba. Llevaba el manteo terciado sobre la panza, que comenzaba a indicarse; y mano sobre mano—ya se sabe que eran muy hermosas—a paso lento (que buen trabajo le costaba, muy de buen grado hubiera echado a correr… detrás de los coches del Marqués) anduvo por allí un cuarto de hora desafiando humildemente las miradas de todos, seguro de que todos o los más hablaban de él; y de la confesión de dos horas o tres o cuatro. «¡Sabría Dios cuántas serían ya!—Aquel Glocester y su don Custodio habrían tenido buen cuidado de hacer rodar la bola…. ¡Las cosas que dirían ya los enemigos! Pero ¿qué le importaba a él? Lo que ahora le pesaba era no haber seguido al Vivero; ¡de todos modos habían de murmurar los miserables! y en cuanto a las personas decentes, las que a él le importaban, esas no habían de creer nada malo porque él, como hacía Ripamilán, como habían hecho otros sacerdotes, fuese a las posesiones de Vegallana».

Algunos amigos verdaderos, o por lo menos partidarios declarados del Magistral, paseaban por el Espolón; pero no se atrevían a acercarse al ilustre Vicario general; llevaba cara de pocos amigos, a pesar de su sonrisita dulce, clavada allí desde que se veía en la calle. Así como a los delicados de la vista la claridad les hace arrugar los párpados, a don Fermín le hacía sonreír; parecía aquella sonrisa con que siempre le veía el público, un efecto extraño de la luz en los músculos de su rostro.

Pero esto no engañaba a los que le conocían bien—los más muy a su costa—. El primero que se atrevió a acercarse fue el Deán que llegaba entonces al paseo. El mismo De Pas le salió al encuentro. El Deán no hablaba casi nunca, y paseando menos. Se emparejaron y don Fermín siguió como si estuviera solo. Se acercó después el canónigo pariente del ministro y hubo que hablar y en seguida se agregó un obispo de levita (frase que hacía fortuna por aquella época) y la conversación se animó; se habló de política y de intrigas palaciegas; de mil cosas que le parecían al Magistral necedades, dicharachos indignos de sacerdotes. «¿Pero y él? ¿en qué iba pensando él? Aquello sí que era pueril, ridículo y hasta pecaminoso. ¿Pues no se había puesto a fijarse, porque iba con la cabeza gacha, en los manteos y sotanas de sus colegas, y en los suyos, y no estaba pensando que el traje talar era absurdo, que no parecían hombres, que había afeminamiento carnavalesco en aquella indumentaria…? ¡mil locuras! lo cierto era que le estaba dando vergüenza en aquel momento llevar traje largo y aquella sotana que él otras veces ostentaba con majestuoso talante. Si a lo menos tuviera una abertura lateral, como algunas túnicas… pero entonces se verían las piernas—¡qué horror!—, los pantalones negros, el varón vergonzante que lleva debajo el cura».

—¿Qué opina usted?—le preguntó el obispo laico en aquel instante, deteniéndose, poniéndosele delante para intimarle la respuesta.

No sabía de qué hablaban, se le había ido el santo al cielo con los cortes de la sotana.

—La verdad es que la cuestión—dijo—la cuestión… merece pensarse.

—¡Pues eso digo yo!—gritó el otro, triunfante, y le dejó seguir andando.

—¿Ven ustedes? el señor Provisor opina lo mismo que yo; dice que merece estudiarse la cuestión, que es ardua… ¡yo lo creo!

El Magistral respiró; pero antes de exponerse a otra pregunta inopinada, como diría Mourelo, se despidió de aquellos señores asegurando que tenía que hacer en Palacio.

No podía más; aquella tarde la compañía de sus colegas le asfixiaba; toda aquella tela negra colgando le abrumaba; podía decir cualquier desatino si continuaba allí. Y se marchó a paso largo. Su última mirada fue para la lontananza del camino del Vivero por donde había visto desaparecer entre nubes de polvo los coches.

«¡Estamos buenos!» iba pensando por las calles. Era enemigo de dar nombres a las cosas, sobre todo a las difíciles de bautizar. ¿Qué era aquello que a él le pasaba?

No tenía nombre. Amor no era; el Magistral no creía en una pasión especial, en un sentimiento puro y noble que se pudiera llamar amor; esto era cosa de novelistas y poetas, y la hipocresía del pecado había recurrido a esa palabra santificante para disfrazar muchas de las mil formas de la lujuria. Lo que él sentía no era lujuria; no le remordía la conciencia. Tenía la convicción de que aquello era nuevo. ¿Estaría malo? ¿Serían los nervios? Somoza le diría de fijo que sí».

«De todas maneras, había sido una necedad, y tal vez una grosería, haber desairado a aquellas señoras. ¿Qué estarían diciendo de él en el Vivero?».

Subía el Magistral por las primeras calles de la Encimada, pasó por la puerta del Gobierno civil y allá dentro, en medio del patio, vio un pozo que él sabía que estaba ciego. Se acordó de que Ripamilán le había hablado varias veces de un pozo seco que había en el Vivero. Paco Vegallana, Obdulia, Visita y demás gente loca—había dicho el Arcipreste—se entretienen en cortar helechos, yerbas, ramas de árboles y arrojarlo todo al pozo, y cuando ya llega la hojarasca cerca de la boca… ¡zas! se tiran ellos dentro, primero uno, después otro y a veces dos o tres a un tiempo…. Al mismo Ripamilán, con toda su respetabilidad, le habían hecho descender a aquel agujero, y por cierto que para sacarlo se había necesitado una cuerda…. El Magistral tenía aquel pozo, que no había visto, delante de los ojos, y se figuraba a Mesía dentro de él, sobre las ramas y la yerba con los brazos extendidos ¡esperando la dulce carga del cuerpo mortal de Anita!… ¿Tendría ella tan reprensible condescendencia? ¿Se dejaría echar al pozo? Don Fermín estaba en ascuas. ¿Qué le importaba a él? Pues estaba en ascuas.

Andaba a la ventura, sin saber a dónde ir. Se encontró a la puerta de su casa. Dio media vuelta y, seguro de que nadie le había visto, apretó el paso bajando por un callejón que conducía a la plazuela de Palacio, a la Corralada.

«¡Mi madre! pensó. No se había acordado de ella en toda la tarde».

¡Había comido fuera de casa sin avisar! doña Paula consideraba esta falta de disciplina doméstica como pecado de calibre. Pocas veces los cometía su hijo, y por lo mismo la impresionaban más.

«¡Cómo no se me ocurrió mandarle un recado! pero… ¿por quién? ¿no era ridículo decirle a la Marquesa: señora necesito que mi madre sepa que no como hoy con ella? Aquella esclavitud en que vivía… contento, sí, contento, no le humillaba… pero no convenía que la conociese el mundo. Y ahora, ¿por qué no se había quedado en casa? Bastante tiempo había pasado fuera… ¿volvería pie atrás, desafiaría el mal humor de su madre? No, no se atrevía; no estaba el suyo para escenas fuertes, le horrorizaba la idea de una filípica embozada, como solían ser las de su madre, de un discurso de moral utilitaria…. De fijo le hablaría de las necedades que le habían contado por la mañana…. Y si le decía: he comido… con la Regenta, en casa del Marqués, ¡bueno iba a estar aquello! Pero, Señor ¡qué luego, qué luego había empezado la gentuza, la miserable gentuza vetustense a murmurar de aquella amistad! ¡en dos días todo aquel run run, su madre con los oídos llenos de calumnias, de malicias, y el alma de sospechas, de miedos y aprensiones!… ¿y qué había? nada; absolutamente nada; una señora que había hecho confesión general y que probablemente a estas horas estaría metida en un pozo cargado de yerba seca en compañía del mejor mozo del pueblo. ¿Y él qué tenía que ver con todo aquello? ¡Él, el Vicario general de la diócesis! ¡Oh, sí! volvería a casa, se impondría a su madre, le diría que era indecoroso insistir en sospechar, procurar disimulos, borrar apariencias, ¿para qué? él no tenía nada que tapar en aquel asunto; no era un niño, despreciaba la calumnia, etc».

Entró en palacio. La sombra de la catedral, prolongándose sobre los tejados del caserón triste y achacoso del Obispo, lo obscurecía todo; mientras los rayos del sol poniente teñían de púrpura los términos lejanos, y prendían fuego a muchas casas de la Encimada, reflejando llamaradas en los cristales.

El Magistral llegó hasta el gabinete en que el Obispo corregía las pruebas de una pastoral.

Fortunato levantó la cabeza y sonrió.

—Hola, ¿eres tú? Don Fermín se sentó en un sofá. Estaba un poco mareado; le dolía la cabeza y sentía en las fauces ardor y una sequedad pegajosa; se ahogaba en aquel recinto cerrado y estrecho; el alcohol le había perturbado. Nunca bebía licores y aquella tarde, distraído, sin saber lo que estaba haciendo, había apurado la copa de chartreuse o no sabía qué, servida por la Marquesa.

Fortunato leía las pruebas y seguía sonriendo. No parecía temer ya al Magistral. Horas antes esquivaba quedarse a solas con él de miedo a que le reprendiese por su condescendencia con las señoras protectrices de la Libre Hermandad. De Pas notó el cambio.

—¿Me haces el favor de leer lo que dicen estas letras borradas?… yo no veo bien.

De Pas se acercó y leyó.

—¡Chico apestas!… ¿qué has bebido?

Don Fermín irguió la cabeza y miró al Obispo sorprendido y ceñudo.

—¿Que apesto? ¿por qué?

—A bebida hueles… no sé a qué… a ron… qué sé yo.

De Pas encogió los hombros dando a entender que la observación era impertinente y baladí. Se apartó de la mesa.

—A propósito. ¿Por qué no has avisado a tu madre?

—¿De qué?—De que comías fuera…—¿Pero usted sabe?…—Ya lo creo, hijo mío. Dos veces estuvo aquí Teresina de parte de Paula; que dónde estaba el señorito, que si había comido aquí. No, hija, no; tuve que salir yo mismo a decírselo. Y a la media hora, vuelta. Que si le había pasado algo al señorito, que la señora estaba asustada; que yo debía de saber algo….

El Magistral se paseaba por el gabinete y pisaba muy fuerte; disimulaba mal su impaciencia, su mal humor, tal vez no pretendía siquiera disimularlos.

—Yo—continuó Fortunato—les dije que no se apurasen; que habrías comido en casa de Carraspique, o en casa de Páez; como los dos están de días…. Y eso habrá sido, ¿verdad? ¿Con Carraspique habrás comido?

—¡No, señor!—¿Con Páez?—¡No, señor! ¡Mi madre… mi madre me trata como a un niño!

—Te quiere tanto, la pobrecita…—Pero esto es demasiado….

—Oye—exclamó el Obispo dejando de leer pruebas—¿de modo que aún no has vuelto a casa?

El Magistral no contestó; ya estaba en el pasillo. De lejos había dicho:

—Hasta mañana;—y había cerrado detrás de sí la puerta del gabinete con más fuerza de la necesaria.

—Tiene razón el muchacho—se quedó pensando el Obispo que trataba al Magistral como un padre débil a un hijo mimado—. Esa Paula nos maneja a todos como muñecos.

Y continuó corrigiendo la Pastoral.

De Pas tomó por el callejón arriba, desandando el camino; pero al llegar cerca de su casa se detuvo. No sabía qué hacer. La chartreuse o lo que fuera—¿¡si sería cognac!?—seguía molestándole y conocía ya él mismo que le olía mal la boca.

«Si se me acercase Glocester ahora, mañana todo Vetusta sabría que yo era un borracho…».

«¡No subo, no subo. Buena estará mi madre! Y yo no estoy para oír sermones ni aguantar pullas ni traducir reticencias…. ¡Hasta Teresa anda en ello! ¡Dos veces a palacio!… ¡El niño perdido…. Esto es insufrible!…».

El reloj de la catedral dio la hora con golpes lentos; primero, cuatro agudos, después otros graves, roncos, vibrantes.

De Pas, como si su voluntad dependiese de la máquina del reloj, se decidió de repente y tomó por la calle de la derecha, cuesta abajo; por la que más pronto podría volver al Espolón.

Se olvidó de su madre, de Teresina, del cognac, del Obispo; no pensó más que en los coches del Marqués que debían de estar de vuelta.

El Vicario general de Vetusta, a buen paso tomó el camino del Vivero, después de dejar las calles torcidas de la Encimada y llegó al Espolón cuando ya estaban encendidos los faroles y desierto el paseo. No pensaba en que estaba haciendo locuras, en que tantas idas y venidas eran indignas del Provisor del Obispado; esto lo pensó después; ahora sólo tenía esta idea. «¿Habrán pasado ya? No, no debían de haber pasado; apenas había tiempo; ahora, ahora es cuando deben de estar cerca…».

«Así como así, la brisa que ya empieza a soplar, me quitará este calor, este aturdimiento, esta sed…». El agua de las fuentes monumentales murmuraba a lo lejos con melancólica monotonía en medio del silencio en que yacía el paseo triste, solitario. Al acercarse al pilón de la fuente de Oeste, De Pas tuvo tentaciones de aplicar sus labios al tubo de hierro que apretaba con sus dientes un león de piedra, y saciar sus ansias en el chorro bullicioso, incitante…. No se atrevió y dio la vuelta, continuando su paseo en la soledad. Al llegar a la otra fuente, iguales ansias, iguales tentaciones…. Media vuelta y atrás. Así estuvo paseando media hora. La sed le abrasaba… ¿por qué no se iba? porque no quería dejarlos pasar sin verlos; sin ver los coches, se entiende. Ana volvería, era natural, en la carretela, y al pasar junto a un farol podría verla, sin ser visto, o por lo menos sin ser conocido. La sed que esperase. El reloj de la Universidad dio tres campanadas. ¡Tres cuartos de hora! Andaría adelantado…. No…. La catedral, que era la autoridad cronométrica, ratificó la afirmación de la Universidad; por lo que pudiera valer el reloj del Ayuntamiento, que no había podido secularizar el tiempo, vino a confirmar lo dicho lacónicamente por sus colegas, exponiendo su opinión con una voz aguda de esquilón cursi.

—«¿Pero qué hace allá esa gente?»—se preguntó el Magistral, aunque añadiendo para satisfacción de su conciencia que a él, por supuesto, no le importaba nada.

Hasta entonces no había reparado en unos chiquillos, de diez a doce años, pillos de la calle, que jugaban allí cerca, alrededor de un farol, de los que señalaban el límite del paseo y de la carretera en los espacios que dejaban libres los bancos de piedra. Entre los pillastres había una niña, que hacía de madre. Se trataba del zurriágame la melunga, juego popular al alcance de todas las fortunas. La madre estaba sentada al pie del farol, en el pedestal de la columna de hierro; un pañuelo muy sucio en forma de látigo, atado con un soberbio nudo por el medio, era el zurriago que representaba allí el poder coercitivo. La niña haraposa empuñaba el lienzo por un extremo y el otro iba pasando de mano en mano por el corro de chiquillos.

—¡Na!…—decía la madre.

—Narigudo…—contestó un pillo rubio, el más fuerte de la compañía, que siempre se colocaba el primero por derecho de conquista.

El pañuelo pasó a otro.

—¿Na?—Narices.—Otro. ¿Na?—Napoleón.—¡Ay qué mainate! ¿qué es Napoleón?—gritó el Sansón del corro acercándose a su afectísimo amigo y poniéndole un codo delante de las narices.

—Napoleón… ¡ay que rediós! es un duro.

—¡Qué ha de ser!—¡No hay más cera!

—Te rompo… si no fueses tan mandria… te inflaba el morro… por farolero.

—¿Qué más da, si no es eso?—dijo la niña poniendo paces—. A ver el otro. ¿Na? ¿na?

—Natalia…. Tampoco. No acertó ninguno.

—Otra rueda.—¡Da señas, tísica!—escupió más que dijo el dictador.

Y abriendo las piernas y agachándose como dispuesto a correr detrás de los compañeros a latigazos, dio una vuelta al pañuelo alrededor de la mano y añadió:

—¡Da señas que se entiendan o te rompo el alma!

Y tiraba por el látigo como queriendo arrancarlo del poder de la madre.

—Señas… señas… ¿a que no aciertas?

—¿A que sí?…—No tires…—Pues da señas…—¡Es una cosa muy rica! ¡muy rica! ¡muy rica!

—¿Que se come?—Pues claro… siendo muy rica…—¿Dónde la hay?—La comen los señores…—Eso no vale, ¡so tísica! ¿qué sé yo lo que comen los señores?

—Pues alguna vez puede ser que la hayas visto.

—¿De qué color?—Amarilla, amarilla…—¡Naranjas, rediós!—aulló el pillastre y dio un tirón al pañuelo, preparándose a emprenderla a latigazos con sus compañeros.

—¡Que me arrancas el brazo, bruto, y que no es eso!…

Los demás pilletes ya se habían puesto en salvo y corrían por la carretera y el Espolón.

—¡Venir! ¡venir! que no es eso…—gritó la madre.

—¡Que sí es! ¡bacalao! te rompo… ¿pues no son amarillas las naranjas?… ¿y no son cosa rica?

—Pero naranjas las comes tú también.

—Claro, si se las robo a la señoa Jeroma en el puesto….

—Pues no es eso. Otro.—¿Na? ¿na? Un niño flaco, pálido, casi desnudo, tomó la punta del pañuelo; le brillaban los ojos… le temblaba la voz… y mirando con miedo al de las naranjas, dijo muy quedo:

—¡Natillas!…—¡Zurriágame la melunga!—gritó entusiasmada la madre—, ¡castañas de catalunga! Y todos corrieron, mientras el vencedor iba detrás con piernas vacilantes, sin gran deseo de azotar a sus amigos, contento con el triunfo, pero sin deseos de venganza.

El Rojo no quería correr: protestaba.

—¡Rediós! ¿qué son natillas?—gritaba poniendo la mano delante de la cara, mientras tímidamente el Ratón le castigaba con simulacros de azotes.

Y añadía furioso el Rojo:

—¡Di: a la oreja! ¡tísica o te baldo!

—¡A la oreja! ¡a la oreja!

El Ratón se vio acosado por todos sus colegas que se le colgaron de las orejas.

¡Zurriágame la melunga!—volvió a gritar la madre, y los pillos se dispersaron otra vez.

En aquel momento el Magistral se acercó a la niña.

La madre dio un grito de espantada. Creía que era su padre que venía a recogerla a bofetadas y a puntapiés como solía.

—Dime, hija mía… ¿has visto pasar dos coches?

—¿Para dónde?—contestó ella poniéndose en pie.

—Para arriba… uno con dos caballos y otro con cuatro con cascabeles… hace poco….

—No señor, me parece que no…. Espere usted, señor cura, a ver si esos… ¡A la oreja madre! ¡a la oreja madre!—gritó, y la bandada de mochuelos acudió al farol delante del Ratón. Al ver al Provisor, todos, menos el Rojo, le rodearon, descubriendo la cabeza, los que tenían gorra, y le besaron la mano por turno nada pacífico. Unos se limpiaron primeramente las narices y la boca; otros no.

—¿Habéis visto pasar dos coches para arriba?

—Sí.—No.—Dos.—Tres.—Para abajo.—Mentira, mainate… ¡si te inflo!… Para arriba, señor cura.

—Era una galera.—¡Un coche, farol!—Dos carros eran, mainate.—¡Te rompo!…—¡Te inflo!… El Magistral no pudo averiguar nada. Se inclinó a creer que habían pasado. Pero no dejó el paseo; continuó dando vueltas y limpiándose la mano besada por la chusma. Le molestaba mucho el pringue, y en el pilón de una de las fuentes se lavó un poco los dedos.

Los pilletes se dispersaron. Quedó solo don Fermín con un murciélago que volaba yendo y viniendo sobre su cabeza, casi tocándole con las alas diabólicas. También el murciélago llegó a molestarle, apenas pasaba volvíase, cada vez era más reducida la órbita de su vuelo.

«Deben de ser dos», pensó el Magistral, que cada vez que veía al animalucho encima sentía un poco de frío en las raíces del pelo.

La noche estaba hermosa, acababan de desvanecerse las últimas claridades pálidas del crepúsculo. Sobre la sierra, cuyo perfil señalaba una faja de vapor tenue y luminoso, brillaban las estrellas del carro, la Osa mayor, y Aldebarán, por la parte del Corfín, casi rozando la cresta más alta de la cordillera obscura, lucía solitario en una región desierta del cielo. La brisa se dormía y el silbido de los sapos llenaba el campo de perezosa tristeza, como cántico de un culto fatalista y resignado. Los ruidos de la ciudad alta llegaban apagados y con intermitencias de silencio profundo. En la Colonia, más cercana, todo callaba.

Don Fermín no era aficionado a contemplar la noche serena; lo había sido mucho tiempo hacía, en el Seminario, en los Jesuitas y en los primeros años de su vida de sacerdote… cuando estaba delicado y tenía aquellas tristezas y aquellos escrúpulos que le comían el alma. Después la vida le había hecho hombre, había seguido la escuela de su madre… una aldeana que no veía en el campo más que la explotación de la tierra. Aquello que se llamaba en los libros la poesía, se le había muerto a él años atrás; ya lo creo, hacía muchos años…. ¡Las estrellas! ¡qué pocas veces las había mirado con atención desde que era canónigo!… De Pas se detuvo, se descubrió, limpió el sudor de la frente y se quedó mirando a los astros que brillaban sobre su cabeza sumidos en el abismo de lo alto. «Tenía razón Pitágoras; parecía que cantaban». En aquel silencio oía los latidos de la sangre de su cabeza… y también se le figuró oír otro ruido… así como de campanillas que sonasen muy lejos…. ¿Eran ellos? ¿Eran los coches que volvían? La carretela no llevaba cascabeles, pero los caballos de la Góndola sí… ¿O serían cigarras, grillos… ranas… cualquier cosa de las que cantan en el campo acompañando el silencio de la noche?… No… no; eran cascabeles, ahora estaba seguro… ya sonaban más cerca, con cierto compás… cada vez más cerca.

—¡Deben de ser ellos! ¡qué tarde!—dijo en voz alta, acercándose a la cuneta de la carretera, a la sombra de un farol de los del paseo.

Esperó algunos minutos, con la cabeza tendida en dirección del Vivero, espiando todos los ruidos…. Vio dos luces entre la obscuridad lejana, después cuatro… eran ellos, los dos coches…. El ruido rítmico de los cascabeles se hizo claro, estridente; a veces se mezclaban con él otros que parecían gritos, fragmentos de canciones.

—«¡Qué locos, vienen cantando!».

Ya se oía el rumor sordo y como subterráneo de las ruedas… el aliento fogoso de los caballos cansados… y, por fin, la voz chillona de Ripamilán…. Ahora callaban los del coche grande. La carretela iba a pasar junto al Magistral, que se apretó a la columna de hierro, para no ser visto. Pasó la carretela a trote largo. De Pas se hizo todo ojos. En el lugar de Ripamilán vio a don Víctor de Quintanar, y en el de la Regenta a Ripamilán; sí, los vio perfectamente. ¡No venía la Regenta en el coche abierto! ¡Venía con los otros! ¡Y al marido le habían echado a la carretela con el canónigo, la Marquesa y doña Petronila!… Luego don Álvaro y ella venían juntos… ¡y acaso venían todos borrachos, por lo menos alegres!

«¡Qué indecencia!» pensó, sintiendo el despecho atravesado en la garganta.

Y sin saber que parodiaba a Glocester, añadió:

—«¡Se la quieren echar en los brazos! ¡Esa Marquesa es una Celestina de afición!».

«¡Y venían cantando!».

Los coches se alejaban; subían por la calle principal de la Colonia, sin algazara; las luces de los faroles se bamboleaban, se ocultaban y volvían a aparecer, cada vez más pequeñas…

«¡Ahora callan!» pensó don Fermín. «¡Peor, mucho peor!».

Los cascabeles volvieron a sonar como canto lejano de grillos y cigarras en noche de estío….

El Magistral olvidado de las estrellas dejó el Espolón y subió a buen paso por la calle principal de la Colonia, en pos de los coches de Vegallana.

Si no fuera por vergüenza hubiera echado a correr por la cuesta arriba. «¿Para qué? Para nada. Por desahogar el mal humor, por emplear en algo aquella fuerza que sentía en sus músculos, en su alma ociosa, molesta como un hormigueo…».

Al pasar junto al jardín de Páez, la luz de gas que brillaba entre las filigranas de hierro de la verja, en un globo de cristal opaco, le hizo ver su sombra de cura dibujada fantásticamente sobre la polvorienta carretera.

Se avergonzó, testigo él mismo de sus locuras; y contuvo el paso.

«Debo de estar borracho. Esto tiene que pasar. ¡Bah! no faltaba más, siempre he sido dueño de mí… y ahora había de empezar a ser… un majadero…».

Se acordó de su cita con la Regenta. Sintió un alivio su furor sordo. «Pronto es mañana…. A las ocho ya sabré yo…. Sí lo sabré… porque se lo preguntaré todo. ¿Por qué no? A mi manera…. Tengo derecho…».

Llegó al boulevard, estaba solitario: ya había terminado el paseo de los Obreros: subió por la calle del Comercio, por la plaza del Pan, y al llegar a la plaza Nueva miró a la Rinconada. En el caserón de los Ozores no vio más luz que la del portal.

—«¿No los habrán dejado en casa? ¿Están juntos todavía?». Y sin pensar lo que hacía, siguió hasta la calle de la Rúa, por el mismo camino que había andado a mediodía. Los balcones de casa del Marqués estaban también ahora abiertos; pero la luz no entraba por ellos, salía a cortar las tinieblas de la calle estrecha, apenas alumbrada por lejanos faroles de gas macilento. De Pas oyó gritos, carcajadas y las voces roncas y metálicas del piano desafinado.

—«¡Sigue la broma!—se dijo mordiéndose los labios—. Pero yo ¿qué hago aquí? ¿Qué me importa todo esto?… Si ella es como todas… mañana lo sabré. ¡Estoy loco! ¡estoy borracho!… ¡Si me viera mi madre!». En la pared de la casa de enfrente la luz que salía por los balcones interrumpía con grandes rectángulos la sombra, y por aquella claridad descarada y chillona pasaban figuras negras, como dibujos de linterna mágica. Unas veces era un talle de mujer, otras una mano enorme, luego un bigote como una manga de riego; esto vio De Pas frente al balcón del gabinete; frente a los del salón las sombras de la pared eran más pequeñas, pero muchas y confusas; y se movían y mezclaban hasta marear al canónigo.

«No bailan», pensó. Pero esta idea no le consolaba.

Más allá del balcón del gabinete había otro cerrado. Era el de la habitación en que había muerto la hija de los Marqueses. El Magistral recordaba haber estado allí, de rodillas, con un hacha de cera en la mano, mientras le daban a la pobre joven el Señor. Hacía mucho tiempo. Aquel balcón se abrió de repente. De Pas vio una figura de mujer que se apretaba a las rejas de hierro y se inclinaba sobre la barandilla, como si fuera a arrojarse a la calle. Confusamente pudo columbrar unos brazos que oprimían a la dama la cintura; ella forcejeaba por desasirse. «¿Quién era?». Imposible distinguirlo; parecía alta, bien formada; lo mismo podía ser Obdulia que la Regenta. «¡Es decir, la Regenta no podía ser; no faltaba más! ¿Y el de los brazos? ¿quién era? ¿por qué no salía al balcón?». De Pas estaba seguro de no ser visto, en completa obscuridad, en un portal de enfrente. No pasaba nadie; pero podían pasar… y ¿qué se pensaría si le veían allí, espiando a los convidados del Marqués?… Debía marcharse… sí; pero hasta que aquellos bultos se retirasen del balcón no podía moverse. La dama desconocida, de espalda a la calle, ahora, inclinando la cabeza hacia el interlocutor invisible, hablaba tranquilamente y se defendía como por máquina, con leves manotadas felinas, de unas manos que de vez en cuando intentaban cogerla por los hombros.

«¡Están a obscuras! no hay luz en esa habitación… ¡qué escándalo!», pensó don Fermín, que seguía inmóvil.

La del balcón hablaba, pero tan quedo que no era posible conocerla por la voz; era un murmullo cargado de eses, completamente anónimo.

«Por supuesto que ella no es», meditaba el del portal.

A pesar de estas reflexiones que no podían ser más racionales, no estaba tranquilo. La obscuridad del balcón le sofocaba, como si fuese falta de aire. La cabeza de la sombra de mujer desapareció un momento; hubo un silencio solemne y en medio de él sonó claro, casi estridente, el chasquido de un beso bilateral, después un chillido como el de Rosina en el primer acto del Barbero.

El Magistral respiró. «No era ella, era Obdulia». En el balcón no quedaba nadie; Don Fermín salió del portal arrimado a la pared y se alejó a buen paso. «No era ella, de fijo no era ella, iba pensando. Era la otra».