Los viajeros que se dirigen á Salamanca en camino de hierro, tienen que esperar en la Estación de Medina (¡durante una hora!) la salida del tren que corre exclusivamente entre estas dos ínclitas ciudades.—Cargamos, pues, con todo nuestro ajuar, y echamos pie á tierra en el andén, acatando los altos é incomprensibles designios de las Empresas, que no han juzgado conveniente ahorrar á los viajeros esta hora de detención.
Como todavía era de noche, según queda indicado, y hacía todo el frío que nos dijeron en Sanchidrián, tuvimos que refugiarnos, lo mismo que el resto de los viajeros (unos treinta, naturales de aquellas cercanías), en el diminuto, descristalado y afortunadísimo cafetín (vulgo Fonda) de la Estación, donde nos vimos obligados á oir, á pesar nuestro, más de una conversación ajena, poco edificante y nada chistosa….., á las cuales conseguimos al cabo sustraernos, hablando entre nosotros y en voz baja de la ilustre ciudad á cuyas puertas vivaqueábamos tan desagradablemente.
Dicho se está, por tanto, que salió á relucir el funestísimo día 21 de Agosto de 1520, en que Medina del Campo fué quemada por el alcalde Ronquillo y por el capitán Fonseca, á consecuencia de haberse resistido sus moradores á entregarles la artillería para combatir á Segovia, alzada en favor de los Comuneros, y que recordamos también aquella hermosa carta, escrita con tal motivo por los Segovianos á los Medinenses, en que se leen estas sublimes frases dignas de la antigua Musa de la Historia:—«Nuestro Señor nos sea testigo, que si quemaron desa villa las casas, á nosotros abrasaron las entrañas, y que quisiéramos más perder las vidas que no se perdieran tantas haciendas. Pero tened, señores, por cierto, que pues Medina se perdió por Segovia, ó de Segovia no quedará memoria, ó Segovia vengará la su injuria á Medina….. Desde aquí decimos, y á la ley de cristianos juramos, y por esta escritura prometemos, que todos nosotros por cada uno de nosotros pornemos las haciendas y aventuraremos las vidas; y lo que menos es que todos los vecinos de Medina libremente se aprovechen de los pinares de Segovia, cortando, para hacer sus casas, madera. Porque no puede ser cosa más justa que, pues Medina fué ocasión de que no se destruyese con la artillería á Segovia, Segovia dé sus pinares con que se repare á Medina…..»
«Medina (añade el historiador Lafuente) había sido hasta entonces el emporio del comercio, el gran mercado del Reino, y el principal depósito de las mercancías extranjeras y nacionales, de paños, de sedas, de brocados, de joyería y tapicería: sus ferias anuales tenían fama en el mundo: todo pereció en aquel día de desolación: de setecientas á novecientas casas fueron consumidas por las llamas.»
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A todo esto había principiado á amanecer; visto lo cual, nos trasladamos al andén de la Estación, prefiriendo helarnos al aire libre viendo los rosicleres de la aurora, á los aires colados y á las crecientes vulgaridades del cafetín.
El andén de la estación estaba tan silencioso como solitario.—Nuestro primitivo tren había continuado su marcha hacia Irún, no bien nos bajamos de él, y después había partido otro con dirección á la insigne ciudad de Zamora.—¡El único que no daba ni señales de pensar en salir era el recién establecido tren de Salamanca!
En cambio, salió el sol.—Por cierto que su primer rayo no hirió directamente nuestras pupilas, sino que fué á besar con amoroso respeto un arrogantísimo torreón gótico, que ya habíamos divisado enfrente de la Estación, sobre las ruinas de una antigua fortaleza.—Era la famosa Torre del Homenaje del celebérrimo Castillo de la Mota.
Este castillo, distante de Medina algunos centenares de pasos, y separado hoy de ella por el tiránico ferrocarril, corona una especie de meseta que, en estas interminables planicies castellanas, pudo muy bien hacer el papel de altura cuando se la eligió para asiento de una ciudadela…..—Allí murió Isabel la Católica. Es decir, que tal vez en el interior de aquella torre, dorada por el sol naciente, se hallaba (y se halla) el aposento pintado por Rosales, con singular maestría, en el cuadro que dió principio á su reputación.—Allí estuvo preso, durante veinte años, Hernando Pizarro, hermano y compañero de glorias del Conquistador del Perú.—Allí vivió también encarcelado el abominable César Borgia…..
Pero como si el tren de Salamanca hubiera estado aguardando á que nos fuese grata la permanencia en la Estación de Medina para decir «¡Vámonos!», la campanilla, y el pito, y las voces de los empleados nos sacaron en esto de la contemplación de tan venerables ruinas y de sus grandes recuerdos históricos, obligándonos á correr más que aprisa hacia el andén, del cual nos habíamos alejado insensiblemente.
En aquel mismo instante brilló á nuestros ojos, no ya la luz refleja, sino el mismo disco del sol…..
Eran las seis.
