07. gennaio 2012 · Write a comment · Categories: Clarín · Tags: ,

Emma Valcárcel fue una hija única mimada. A los quince años se enamoró del escribiente de su padre, abogado. El escribiente, llamado Bonifacio Reyes, pertenecía a una honrada familia, distinguida un siglo atrás, pero, hacía dos o tres generaciones, pobre y desgraciada. Bonifacio era un hombre pacífico, suave, moroso, muy sentimental, muy tierno de corazón, maniático de la música y de las historias maravillosas, buen parroquiano del gabinete de lectura de alquiler que había en el pueblo. Era guapo a lo romántico, de estatura regular, rostro ovalado pálido, de hermosa cabellera castaña, fina y con bucles, pie pequeño, buena pierna, esbelto, delgado, y vestía bien, sin afectación, su ropa humilde, no del todo mal cortada. No servía para ninguna clase de trabajo serio y constante; tenía preciosa letra, muy delicada en los perfiles, pero tardaba mucho en llenar una hoja de papel, y su ortografía era extremadamente caprichosa y fantástica; es decir, no era ortografía. Escribía con mayúscula las palabras a que él daba mucha importancia, como eran: amor, caridad, dulzura, perdón, época, otoño, erudito, suave, música, novia, apetito y otras varias. El mismo día en que al padre de Emma, don Diego Valcárcel, de noble linaje y abogado famoso, se le ocurrió despedir al pobre Reyes, porque «en suma no sabía escribir y le ponía en ridículo ante el Juzgado y la Audiencia», se le ocurrió a la niña escapar de casa con su novio. En vano Bonifacio, que se había dejado querer, no quiso dejarse robar; Emma le arrastró a la fuerza, a la fuerza del amor, y la Guardia civil, que empezaba a ser benemérita, sorprendió a los fugitivos en su primera etapa. Emma fue encerrada en un convento y el escribiente desapareció del pueblo, que era una melancólica y aburrida capital de tercer orden, sin que se supiera de él en mucho tiempo. Emma estuvo en su cárcel religiosa algunos años, y volvió al mundo, como si nada hubiera pasado, a la muerte de su padre; rica, arrogante, en poder de un curador, su tío, que era como un mayordomo. Segura ella de su pureza material, todo el empeño de su orgullo era mostrarse inmaculada y obligar a tener fe en su inocencia al mundo entero. Quería casarse o morir; casarse para demostrar la pureza de su honor. Pero los pretendientes aceptables no parecían. La de Valcárcel seguía enamorada, con la imaginación, de su escribiente de los quince años; pero no procuró averiguar su paradero, ni aunque hubiese venido le hubiera entregado su mano, porque esto sería dar la razón a la maledicencia. Quería antes otro marido. Sí, Emma pensaba así, sin darse cuenta de lo que hacía: «Antes otro marido». El después que vagamente esperaba y que entreveía, no era el adulterio, era… tal vez la muerte del primer esposo, una segunda boda a que se creía con derecho. El primer marido pareció a los dos años de vivir libre Emma. Fue un americano nada joven, tosco, enfermizo, taciturno, beato. Se casó con Emma por egoísmo, por tener unas blandas manos que le cuidasen en sus achaques. Emma fue una enfermera excelente; se figuraba a sí misma convertida en una monja de la Caridad. El marido duró un año. Al siguiente, la de Valcárcel dejó el luto, y su tío, el curador-mayordomo, y una multitud de primos, todos Valcárcel, enamorados los más en secreto de Emma, tuvieron por ocupación, en virtud de un ukase de la tirana de la familia, buscar por mar y tierra al fugitivo, al pobre Bonifacio Reyes. Pareció en Méjico, en Puebla. Había ido a buscar fortuna; no la había encontrado. Vivía de administrar mal un periódico, que llamaba chapucero y guanajo a todo el mundo. Vivía triste y pobre, pero callado, tranquilo, resignado con su suerte, mejor, sin pensar en ella. Por un corresponsal de un comerciante amigo de los Valcárcel, se pusieron estos en comunicación con Bonifacio. ¿Cómo traerle? ¿De qué modo decente se podía abordar la cuestión? Se le ofreció un destino en un pueblo de la provincia, a tres leguas de la capital, un destino humilde, pero mejor que la administración del periódico mejicano. Bonifacio aceptó, se volvió a su tierra; quiso saber a quién debía tal favor y se le condujo a presencia de un primo de Emma, rival algún día de Reyes. A la semana siguiente Emma y Bonifacio se vieron, y a los tres meses se casaron. A los ocho días la de Valcárcel comprendió que no era aquel el Bonifacio que ella había soñado. Era, aunque muy pacífico, más molesto que el curador-mayordomo, y menos poético que el primo Sebastián, que la había amado sin esperanza desde los veinte años hasta la mayor edad.

EText-No. 17341
Title: Su único hijo
Author: Alas, Leopoldo, 1852-1901
Language: Spanish
Link: 1/7/3/4/17341/17341-h/17341-h.htm

07. gennaio 2012 · Write a comment · Categories: Clarín · Tags: ,

Con Octubre muere en Vetusta el buen tiempo. Al mediar Noviembre suele lucir el sol una semana, pero como si fuera ya otro sol, que tiene prisa y hace sus visitas de despedida preocupado con los preparativos del viaje del invierno. Puede decirse que es una ironía de buen tiempo lo que se llama el veranillo de San Martín. Los vetustenses no se fían de aquellos halagos de luz y calor y se abrigan y buscan su manera peculiar de pasar la vida a nado durante la estación odiosa que se prolonga hasta fines de Abril próximamente. Son anfibios que se preparan a vivir debajo del agua la temporada que su destino les condena a este elemento. Unos protestan todos los años haciéndose de nuevas y diciendo: «¡Pero ve usted qué tiempo!». Otros, más filósofos, se consuelan pensando que a las muchas lluvias se debe la fertilidad y hermosura del suelo. «O el cielo o el suelo, todo no puede ser».

Ana Ozores no era de los que se resignaban. Todos los años, al oír las campanas doblar tristemente el día de los Santos, por la tarde, sentía una angustia nerviosa que encontraba pábulo en los objetos exteriores, y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno, de otro invierno húmedo, monótono, interminable, que empezaba con el clamor de aquellos bronces.

Aquel año la tristeza había aparecido a la hora de siempre.

Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de estaño, la taza y la copa en que había tomado café y anís don Víctor, que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había servido para uno y que ya no podía servir para otro.

EText-No. 17073
Title: La Regenta
Author: Alas, Leopoldo, 1852-1901
Language: Spanish
Link: 1/7/0/7/17073/17073-h/la_regenta_tomo_dos.html
Link: 1/7/0/7/17073/17073-h/la_regenta_tomo_uno.html

Con los pelos de punta leo en un periódico la siguiente nota relativa al pleito del matrimonio sostenido entre T. Guerrero y R. Sepúlveda:
«Felicitamos afectuosamente a nuestros dos amigos Sepúlveda y Guerrero por la conclusión de un pleito que tanto preocupaba a los que tenían el placer de leerle. ¡Dichosa manera de terminarle!… ¡Ganando los dos!
¡Deseamos una eterna dicha a los nuevos esposos!
¡Deseamos una eterna dicha a los nuevos esposos!».
¡Es decir, que Guerrero se ha casado con Sepúlveda!
O de otro modo, que Sepúlveda… ¡se ha casado con Guerrero!
La naturaleza sólo aprueba las justas nupcias entre macho y hembra…
* * *
Al fin respiro. Ya decía yo que eso no podía ser. No una inteligencia mía, sino la mala, pésima redacción de la nota que dejo copiada me hizo tomar el rábano por las hojas. Lo que hay es que el simpático escritor Sepúlveda ha contraído matrimonio… con una señorita. (Deseamos a los esposos una larga luna de miel, como dicen los versos, etcétera.)
¿Ve usted, señor Guerrero, lo que tiene escribir mal? Le ponen ustedes a uno en tales compromisos. Lo peor es que para enterarme de lo sucedido he necesitado leer unos versos del Teodoro Guerrero susodicho, y francamente, yo que ya los he leído voy a vengarme en el inocente lector haciéndole partícipe de este disgusto.
Sirvan estas notas de sifón-estomacal, que diría un autor realista.
«Y al contemplarte rendido
amante, al pie del altar,
tenaz dejé deslizar
estos versos en su oído».

Veamos esos versos tenaces:
«Yo sé que el lazo sagrado
que funde dos en un ser
del hombre y de la mujer
es el más perfecto estado».

Obra de un autor tenaz parecen esos versos hechos con tenazas.
«Rebosaba en ti el placer
la esperanza de los dos
puestos los ojos en Dios
y el alma en una mujer».

Eso es, Dios que se contante con los ojos.

II
«Tú sueñas con una esposa,
ves a tu lado un vacío».

Un vacío que se ve ya pasa a la categoría de vacido.
«Pues sentiste dicha tanta
y confiesas la mentira

(usted dispense; Sepúlveda es incapaz de mentir)
poeta, coge la lira,
y con entusiasmo canta…»

No haga usted caso; no cante usted, disfrute como dejo dicho una larga luna de miel, y deje usted a Guerrero seguir cantando a la susodicha luna.
«Al ver que ya no denostas»
Y aquí otra nota que dice: «La fuerza del consonante me obliga a hacer regular el verbo».
Pues muy mal hecho. ¿En qué mesa ha comido usted, señor Guerrero, con la gramática para tratarla con esa confianza? Haber dicho denuestas, y si el consonante apuraba pudo usted escribir en vez de costas cuestas; y si no vendaba, que es consonante de velas y de denuestas y de todo, como demostró don Clemente Díaz.
* * *
Y escribe en prosa Guerrero: «No puedo ni quiero decir con Víctor Hugo, que Sepúlveda, como Febo, ha tenido un fin trágico».
Pero que ¿también Víctor Hugo ha hablado de la boda de Sepúlveda? Y yo que le creía tan recogido.
N. D. El señor Sepúlveda comprenderá que con él no va nada de lo dicho (como no sea lo de desearle una larga luna de miel) -¡Pero ese Teodoro!